Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Acusé el golpe. Manon no había sido trasladada a un hospital de Besançon. El helicóptero había cruzado la frontera suiza y se había dirigido directamente a Lausana. ¿Por qué allí? ¿Por qué un servicio de cirugía cardiovascular para acoger a una niña ahogada?
Las conexiones de mi cerebro funcionaban a la velocidad del sonido. Tenía que encontrar a la persona que había realizado el traslado de Manon Simonis. Solo de ella podía provenir la idea de llevarla a ese sitio.
– ¿Qué coño hace aquí?
Una sombra entró en mi campo de visión, por la izquierda.
– Permítame que se lo explique -dije, con una amplia sonrisa.
– Será difícil.
El hombre apretó los puños. Un metro noventa; al menos cien kilos. Piloto o técnico. Un coloso capaz de mover un helicóptero solo con las manos.
– Soy policía.
– Más vale que te inventes algo mejor, tío.
– Permítame que le enseñe mi identificación.
– Un movimiento y te destrozo. ¿Qué coño haces en nuestro despacho?
A pesar de la tensión solo pensaba en mi hallazgo. El CHUV de Lausana, cirugía cardiovascular. ¿Por qué ese destino? ¿Había en ese servicio un mago que pudiera reanimar a Manon?
El tipo se acercó al escritorio y cogió el teléfono.
– Si es cierto que eres madero, llamaremos a tus colegas de la gendarmería.
– No tengo inconveniente.
Pensé en la pérdida de tiempo: las explicaciones al cuartel general de Morteau, las llamadas a París, la noticia de la muerte de Sarrazin, que contribuiría aún más a la confusión. Por lo menos tres horas perdidas. Me tragué la rabia y sonreí.
Antes de que el tipo lo descolgara, sonó el teléfono. Se puso el auricular en la oreja. Su expresión cambió. Cogió un bloc, apuntó unas señas y luego masculló:
– Ahora vamos.
Colgó y posó sus ojos en mí.
– Me parece que tienes mucha potra. -Me señaló la puerta-. Piérdete.
Salvado por la campana. Una emergencia que me venía como anillo al dedo. Salí retrocediendo hacia el umbral y me metí en la escalera. A mitad de camino, el tipo se me adelantó. Dio un salto, luego se abalanzó hacia la pista con una hoja en la mano y moviendo el otro brazo sobre la cabeza. Inmediatamente, los otros tipos salieron corriendo hacia el helicóptero. Cuando las aspas empezaron a girar, yo ya estaba fuera del helipuerto.
El armatoste despegó mientras yo seguía caminando. Rozó las copas de los árboles, arrancándoles las últimas hojas coloradas. Alcé la vista; me pareció que el piloto, el coloso del despacho, me observaba a través del cristal de la cabina.
Arranqué, a mi vez, en medio del torbellino de hojas y pequeñas ramas propulsadas al aire.
Lausana.
Allí estaba la clave del caso.
79
El anejo de Champs-Pierres, una dependencia del Centro Hospitalario Universitario Vaudois, se situaba en los altos de Lausana, cerca de la rue Bugnon, no lejos del mismo CHUV. Era un pequeño inmueble de tres plantas, que se alzaba en medio de jardines japoneses. Piedras grises e hilera tupida de pinos.
Subí a pie la calle principal. Las coníferas estaban podadas como formando un seto y los globos de luz parecían suspendidos a ras de la grava. El conjunto era a la vez sereno, como un verdadero jardín zen, e inquietante, como el laberinto de El resplandor. El cielo estaba cubierto. La bruma que flotaba evocaba el polen de las flores de cerezo.
El servicio de cirugía cardiovascular se encontraba en el segundo piso. El nombre del médico que había recibido el cuerpo de Manon estaba grabado en mi memoria: Moritz Beltreïn. ¿Operaba todavía allí, catorce años más tarde? En la entrada del departamento encontré una minúscula zona de recepción. Detrás del mostrador, una joven, sin bata ni teléfono, se destacaba sobre el fondo de un póster de los valles suizos.
En tono amable, pedí ver al médico.
Me sonrió. Era bonita y su belleza hizo mella en mí, a pesar de todo. Ella me observaba bajo sus cabellos negros recogidos en una trenza, mientras mordisqueaba un Tic-Tac. Insistí:
– ¿Ya no trabaja aquí?
– Es el gran jefe -dijo, por fin-. Todavía no ha llegado pero pasará por aquí. Viene cada día, fines de semana incluidos. Durante el día.
– ¿Puedo esperarlo?
– Sólo si me da conversación.
Fingí seguirle el juego y adopté una expresión divertida. No sabía qué cara debía de poner, pero mis esfuerzos la hicieron estallar en carcajadas.
– Me llamo Julie. -Me dio un fuerte apretón de manos-. Julie Deleuze. Estoy aquí solo los fines de semana. Un trabajo de estudiante. En cuanto a la conversación, no está obligado…
Me senté y sonreí abiertamente. Le hice algunas preguntas personales: estudios, vida cotidiana, diversiones en Lausana. Tenía puesto el piloto automático. Cada pregunta me exigía tanto esfuerzo que no escuchaba las respuestas.
Un teléfono invisible sonó. Julie metió la mano bajo el mostrador y respondió. Me guiñó el ojo mientras cogía otro Tic-Tac. Llevaba su tez mate muy maquillada, como los pieles rojas de los westerns alemanes de los años sesenta.
– Era él -anunció al colgar-. Está en su despacho. Ya puede pasar.
– ¿No le ha dicho que estoy aquí?
– No merece la pena. Llame a la puerta. Entre. Es muy simpático. Buena suerte.
Retrocedí.
– ¿Volverá? -me preguntó.
Sus ojos se entrecerraron bajo las mechas sedosas y negras. Eran verdes, de un verde anisado y suave.
– Lo dudo mucho -dije-. Pero llevaré conmigo su sonrisa.
Era la única respuesta correcta. Lúcida y optimista. Ella rió, y luego precisó:
– Detrás de usted. El pasillo. La puerta del fondo.
Di media vuelta. Después de dar unos pasos ya había olvidado a la muchacha, sus ojos, todo. No era más que un puente hacia una nueva etapa.
Llamé a la puerta y enseguida obtuve respuesta. Al girar el pomo, recé una breve oración por Manon.
Una Manon viva.
El hombre estaba de pie en la habitación blanca, clasificando los expedientes de un armario metálico. Fornido, medía apenas un metro sesenta y cinco. Gafas gruesas, flequillo largo. El parecido con Elton John era impresionante, salvo que sus cabellos eran grises. Debía de tener unos cincuenta años, pero por su vestimenta -vaqueros desteñidos y jersey de lana- recordaba más bien a un estudiante de Berkeley. Calzaba unas Adidas Stan Smith.
– ¿Es usted Moritz Beltreïn? -pregunté.
Asintió y luego me indicó un asiento delante de su escritorio.
– Siéntese -ordenó sin dejar de mirar el expediente que tenía en la mano.
No me moví. Pasaron unos segundos. Seguí observándolo. Su silueta daba la sensación de una masa de una pesadez poco habitual. Como si su estructura ósea fuera particularmente densa, compacta. Por fin alzó la vista.
– ¿En qué puedo ayudarlo?
Me presenté. Nombre. Origen. Actividad. La expresión del cirujano, partida por la mitad por el flequillo y las gafas, era indescifrable.
– Le repito mi pregunta. ¿En qué puedo ayudarlo?
– Quiero información sobre Manon Simonis.
Apareció una sonrisa. Sus anchos pómulos tocaron la enorme montura. Sus gafas brillaban pero los cristales eran opacos.
– ¿He dicho algo gracioso?
– Hace catorce años que espero a alguien como usted.
– ¿Como yo?
– Alguien ajeno al caso, que por fin hubiera comprendido la verdad. No sé qué camino ha tomado, pero ha llegado a su destino.
– Está viva, ¿verdad?
Hubo un silencio. Fue como un cambio de rumbo cósmico. Un eje sobre el que, lo presentía, iba a orientarse toda mi vida a partir de entonces. Según la respuesta que obtuviera, mi existencia y en cierto modo todo el universo tomarían una dirección decisiva.
– Está viva, ¿sí o no?
– Cuando conocí a Manon, estaba muerta. Pero no tanto como para que yo no pudiera reanimarla.