El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Karin fue a verle al hotel. Incluso subió a su habitación, acompañada por su novio para protegerla. Sin ninguna razón en especial, Daniel Riegel, un hombre muy amable, hizo sentirse incómodo a Weber. Un malestar espontáneo, oculto en alguna asociación: la perilla, la camisa sin cuello y holgada, el aura de serena aceptación de sí mismo. Era comprensible que Karin mostrara cierta ansiedad. Él la había herido la primera vez con su brusca partida, y la había desconcertado al acceder a un segundo encuentro. Sus labios se movían mientras Weber hablaba, debatiéndose contra la esperanza de que todavía pudiera ayudarla. Weber solo podía imaginar vagamente cómo había podido seguir alimentando esa esperanza. No tenía ningún indicio de cómo, en el transcurso de las eras, se llevaba a cabo la selección de la esperanza en sí.
Había ordenado su habitación antes de que llegaran, metiendo sus pertenencias en armarios y cajones. No le había dado tiempo de ocultar un par de calcetines, la taza de un batido de leche y el libro que leía por la noche, Los siete pilares de la sabiduría, y ahora no podía retirar aquello sin llamar la atención de sus visitantes. En la habitación no había sitio donde sentarse, y Weber no encontraba el ritmo de una verdadera visita en el consultorio. Por su parte, Karin y Daniel entraron en la estancia como si lo hicieran en un tribunal de justicia. Y Weber aún no les había presentado ninguna opción.
Les contó la visita de seguimiento que le había hecho a Mark. Era evidente que el estado del paciente se había agudizado. La mejoría espontánea ya no parecía probable. La terapia conductual había fracasado.
– Sigo creyendo que Mark no corre peligro de hacer daño a nadie -afirmó. Karin ahogó un grito, cosa que le irritó-. Creo que es hora de probar con algo más agresivo. Recomiendo que se le someta a un régimen de olanzapina a bajas dosis.
Karin parpadeó al escuchar la palabra.
– ¿Se trata de un fármaco nuevo?
¿Nuevo desde junio?
Daniel cuestionó la propuesta.
– ¿Qué clase de sustancia es exactamente? -Weber sintió deseos de hacer valer su autoridad, pero se limitó a enarcar las cejas-. Quiero decir… ¿es un… qué categoría? ¿Es un antidepresivo?
– Es un antipsicótico.
Weber encontró el tono exacto de seguridad profesional, pero un temor reflejo embargó a sus dos oyentes. Karin enrojeció.
– Mark no es psicótico. Ni siquiera es…
Weber estaba preparado para responder de la manera más tranquilizadora.
– Mark no es esquizofrénico, pero ha desarrollado unos síntomas complicados. Este medicamento es eficaz para contrarrestar esos síntomas. Ha tenido éxito en un caso similar… en otro lugar.
Daniel torció el gesto.
– No queremos drogarlo ni inmovilizarlo en una especie de camisa de fuerza química.
Miró a Karin, pero esta no le apoyó.
– No estaría dentro de una camisa de fuerza química. -No más de lo que siempre lo está todo el mundo-. Un pequeño número de personas experimentan letargo, y algunas ganan algo de peso. La olanzapina ajusta los niveles de varios neurotransmisores, entre ellos la serotonina y la dopamina. Si funciona en el caso de Mark, reducirá su agitación y confusión. Con suerte, existe una posibilidad de que se vuelva más lúcido, menos susceptible a explicaciones extraordinarias.
– ¿Suerte? -preguntó Karin.
Weber sonrió y extendió las manos.
– Es la gran aliada de la medicina.
– ¿Volverá a reconocerme?
Estaba dispuesta a probar cualquier cosa.
– No hay garantías, pero parece ser que existe un precedente.
Daniel se preparó para entablar una batalla moral.
– ¿No conducen esos fármacos a la dependencia?
– La olanzapina no es adictiva -respondió Weber.
No dijo durante cuánto tiempo Mark tendría que tomarla, por la sencilla razón de que no lo sabía.
Daniel insistió. Había oído cosas. Antipsicóticos que causaban retracción social, que arrasaban la capacidad afectiva. Weber señaló con tacto lo evidente: Mark ya estaba peor. Daniel empezó a desgranar una lista de todos los efectos secundarios conocidos de la medicación. Weber asintió, tratando de refrenar su irritación. Quería ver a aquel hombre contra las cuerdas, arrepentido.
– Se trata de un nuevo medicamento, uno de los llamados antipsicóticos atípicos. Sus efectos secundarios son notablemente inferiores a los de la mayoría.
Karin estaba sentada en el borde de la silla violeta, moviendo la pierna. Hipotensión postural y acatisia: dos de los efectos secundarios de la olanzapina. Sufrimiento simpático por anticipado.
– Daniel quiere decir… tememos que el medicamento pueda convertir a Mark en otra persona.
Exactamente el resultado que le pedía a Weber que consiguiera. El neurocientífico titubeó un momento antes de decir:
– Pero ahora ya es otra persona.
Cuando finalizó la consulta, los tres estaban alterados. Weber se sentía frustrado. Daniel Riegel se retiró con circunspecta consternación. Karin circulaba por la autopista emocional. Quería desesperadamente la bala mágica, pero no podía moverse sin fallarle a alguien. Quiéreme y dime que lo estoy haciendo bien.
– Si está seguro de que reducirá sus síntomas… -planteó, pero Weber no podía prometerle nada-. He de pensarlo, sopesar las cosas.
– Tómese todo el tiempo que necesite -respondió Weber.
Todo el tiempo del mundo.
Telefoneó a Sylvie, salió a cenar, se duchó, leyó e incluso escribió un poco, pero nada bueno. Cuando comprobó el correo electrónico, ya había un mensaje de Daniel. A este le había asustado la información encontrada en la Red, una página que explicaba: «La olanzapina se emplea para tratar la esquizofrenia. Actúa reduciendo los niveles excesivamente elevados de la actividad cerebral». El mensaje estaba lleno de enlaces con sitios que informaban sobre negligencia profesional y listas de efectos secundarios conocidos y sospechados del fármaco. La misma nota era irritantemente minuciosa. ¿Sabía Weber que la olanzapina producía cambios drásticos en los niveles de azúcar en sangre? En la exposición de un juicio pendiente se decía que la olanzapina «había convertido a varias personas en diabéticas». Daniel aseguraba que él no intervenía en la decisión. «Pero me gustaría ayudar a Karin a decantarse por la alternativa correcta.»
La bendición de la información interminable: Internet, que incluso democratizaba los cuidados médicos. Supongamos que diéramos a todos los medicamentos una calificación en Amazon. La sabiduría de las masas. Que prescindiéramos por completo de los expertos. Weber inhaló y empezó a redactar su respuesta. Aquel era precisamente el motivo por el que la profesión médica levantaba tantas barreras entre sus practicantes y los pacientes. Incluso responder al correo de Daniel era un error, pero lo hizo, con tanto cuidado como le fue posible. Una deuda que debía pagar. Era consciente de los posibles efectos secundarios del fármaco, y los había mencionado en la reunión con la pareja. Su propia hija era diabética, y él no tenía el menor deseo de inducir esa condición en nadie. No quería indicar ningún tratamiento con el que Karin no se sintiera completamente cómoda. Daniel hacía lo correcto al informarle de todas las maneras posibles. La decisión dependía por entero de Karin, pero Weber estaba dispuesto a ayudarla en cuanto estuviera en su mano. Le envió a ella una copia del mensaje.