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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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– Nunca se me había ocurrido. Sencillamente, nunca me había pasado por la cabeza… ¿Cree posible que los últimos meses de la vida de Mark Schluter hayan sido programados por una máquina del gobierno?

Weber no podía decir que no fuese posible tal cosa.

– Eso explicaría en gran parte por qué tengo la sensación de que he estado viviendo en un videojuego, en el que puedo superar un nivel y avanzar al siguiente.

Weber le sugirió que salieran a dar un paseo hacia el río, y Mark aceptó, con cierto nerviosismo. El aire fresco animó al muchacho. Cuanto más hablaban, tanto más inflexible se volvía Mark. Weber pensó que tal vez él había estado ayudando a ese hombre a crear su enfermedad. Iatrogenia. Colaboración entre el médico y el paciente.

– De modo que estoy hablando por el walkie-talkie con mis amigos. Nos estamos comunicando, perseguimos a esa cosa. De repente, veo algo en la carretera. Vuelco con la camioneta. Así pues, la cuestión estriba en saber qué fue lo que vi. ¿Qué había allí, en medio de la carretera, aquella noche? No hay demasiadas posibilidades. -Weber concedió que así era- Alguien que no tenía que estar allí. No me refiero necesariamente a terroristas. Podría trabajar para cualquier bando.

Regresaron a lo largo de un polvoriento camino de grava, entre dos muros de maíz rojizo al que faltaban pocos días para la cosecha. Otoño, la estación que siempre llenaba a Weber de agobiantes expectativas. La brisa fría, seca, vivificante, le afectaba como no lo había hecho en varios años. Se le aceleró el pulso, engañado por el día perfecto, que hacía pensar que algo iba a suceder. Mark caminaba a su lado, adusto y resignado. Su manera de andar ya no revelaba ninguna lesión.

– ¿Sabe? A veces creo que fue precisamente Mark Schluter. El otro. El tipo que trabajaba para ganarse la vida. El que estaba seguro de todo y era capaz de pasar sus test sin pensar siquiera. Ese es el que estaba allí, en medio de ninguna parte. Atropellé a ese tipo y lo maté.

Había empezado a convertirse en un doble de sí mismo. Aquel hombre podía arrojar una luz interminable sobre la conciencia. Regresaron a través de los campos a la urbanización River Run y la casa prefabricada. Se sentaron uno al lado del otro en los escalones de hormigón de la entrada, Mark con las piernas demasiado separadas. La perra, Blackie Dos, sujeta con una larga cadena, se acercó y husmeó las manos de Mark. Este la acariciaba distraídamente, y luego la ignoraba. El animal gimió, incapaz de descodificar el capricho humano. Tampoco Weber podía hacerlo. Se había jurado rechazar cualquier cosa que oliera a explotación. Sin embargo, la empatía con Mark no excluía unos cuidados más a fondo. Tal vez la ciencia aún tuviera algo que decir. Weber permaneció en silencio el mayor tiempo posible.

– ¿Te gustaría ir a pasar una temporada a Nueva York? -le preguntó al fin.

Un examen completo en el Centro Médico, con el equipo más moderno, sin límite de tiempo, muchos investigadores de talento, interpretaciones más imparciales que la suya.

Mark se apartó de él, asombrado.

– ¿Nueva York? ¿Y que me caiga encima un avión? -Weber le dijo que no correría ningún peligro. Mark se mofó, en modo alguno dispuesto a dejarse engañar-. Allí también hay mucho ántrax, ¿no?

Nada importaba salvo la confianza.

– Ya veo -replicó Weber-. Probablemente estés más seguro si te quedas aquí.

Mark sacudió la cabeza.

– Créame, doctor. Vivimos en un mundo extraño. Pueden alcanzarte dondequiera que estés. -Contempló el horizonte en busca del indicio que finalmente tenía que aparecer allí-. Pero le agradezco el ofrecimiento. De no ser por usted, Loquero, podría estar muerto. Usted y Barbara son los únicos a quienes les importa de veras lo que me ha pasado.

Weber se estremeció al oír estas palabras, las más delirantes que Mark había pronunciado en toda la tarde.

A Mark empezaron a temblarle los brazos, como si le hubiera invadido un frío terrible.

– Mire, doctor, lo de mi hermana me produce una sensación muy mala. Ha pasado… ¿cuánto? Medio año. Y ni siquiera una palabra. Nadie está dispuesto a decirme lo que le ha sucedido. Debe usted comprender: venía a verme cada semana desde que fui lo bastante mayor para mojar la cama. Sabe Dios por qué, pero siempre ha cuidado de mí. Ella y ese ángel de la guarda, los dos desaparecidos sin dejar rastro. Incluso aunque la hubieran encerrado, a estas alturas ella habría encontrado alguna manera de enviarme un mensaje. Estoy empezando a pensar que he jodido a mi hermana. La he metido en problemas, tal vez incluso la han matado, y todo por estar relacionada conmigo. ¿No supondrá usted… no podría haber sido ella quien…? Debe de serlo… admitámoslo. Creo que ella probablemente es…

– Háblame de ella -le dijo Weber, para que no entrara en especulaciones peores.

Mark aspiró aire y soltó una risita breve y aguda.

– No le diga jamás que le he dicho esto, pero no tiene nada de especial. Es la persona más sencilla del mundo. Tan solo necesita un poco de cariño. Sea considerado con ella y se desvivirá por usted. Mi madre era una beata. Ella y mi hermana tenían lo que podríamos llamar puntos de fricción. «Qué espantosa ingratitud la tuya, libertina siempre en busca de emociones», bla, bla. «Nueve meses con náuseas del embarazo seguidos por el dolor más terrible de mi vida, para que vayas y seduzcas a tu profesor de educación física», bla, bla, bla. Así que Karin decidió que sería perfecta, descubriría lo que todo el mundo esperaba de ella y actuaría en consecuencia. Incluso decepcionar a un desconocido la mata. Pero es más sencilla que una mascota doméstica. Solo necesita dos cosas: que la quieran y que le digan que lo está haciendo bien. Que no la consideren una holgazana corta de luces. Bueno, tal vez sean tres cosas. ¿Y qué me dice de usted, doctor? ¿Tiene hermanos? Eh, no tarde tanto en responder. No es una pregunta con trampa ni nada de eso.

– Un hermano -respondió Weber-. Cinco años más joven. Es cocinero, en Nevada.

Si estaba todavía allí, si seguía vivo. La última vez que tuvo noticias de Larry fue dos años atrás, noticias demasiado detalladas sobre la reunión anual de los Liberty Riders, el «Festival Encabeza, Sigue o Quítate de en medio». Una organización de motociclismo nacional, conservadora y fanática: toda la vida de Lawrence Weber. Sylvie importunaba a su marido cada pocos meses para que llamara a su hermano, para que hiciera algún esfuerzo por mantenerse en contacto.

– Un buen hombre -afirmó Weber-. Te pareces un poco a él.

– ¿En serio? -La idea le hizo gracia a Mark-. ¿Y sus padres?

– Fallecidos -respondió Weber.

Era más que una verdad a medias. El padre murió de apoplejía cuando contaba tres años menos de los que Weber tenía ahora. Su madre, con Alzheimer avanzado, estaba interna en una institución católica de Dayton, donde él la visitaba una vez cada estación del año. Weber y Sylvie todavía conversaban con ella por teléfono dos veces al mes, unos diálogos salidos de las obras de Ionesco.

– Lo siento -dijo Mark y, a modo de consuelo, invitó a Weber a cenar.

La sencilla amabilidad emocionó a Weber. ¿Cuántas minúsculas cortesías mentales persistían en sus propios oscuros circuitos, ajenas a los desastres que las machacaban? La cena consistió en cerveza tomada directamente de la botella y lasaña congelada y recalentada en una bandeja honda de aluminio.

– Esto lo trajo la hermana suplente. Coma sabiendo el riesgo que corre.

– ¿Estás bien? -le preguntó Sylvie aquella noche-. De alguna manera pareces diferente. Hablas como… no sé. Como un filósofo.

– Un filósofo. Esa sí que es una carrera con futuro.

– Me pones nerviosa, cariño.

En realidad, él mismo se sentía diferente, trasladado a un lugar fuera de la esfera del juicio público.

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