El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– ¡Lo siento! Qué estúpido soy…
– Dices mucho «Lo siento». Una casi podría pensar que lo dices en serio. En fin, dos veces. La primera fue una de esas locuras temporales que se cometen a los veintitantos. Ninguno de los dos tuvo la culpa. El segundo me dejó porque tardaba demasiado en decidirme a tener hijos.
– Espera un momento. ¿Se divorció de ti por no tener hijos?
– Necesitaba un heredero.
– ¿Quién era, el rey de Inglaterra?
– Muchos hombres lo son.
Él contempló su cara y se percató de que necesitaba la neurociencia para que le inmunizara contra la belleza. La vio con el aspecto que tendría al borde de los ochenta años, afectada por el Alzheimer y sentada, con la mente vacía, ante una ventana.
– ¿Y no querías tener hijos?
– Sobre esos subsistemas neuronales… -replicó ella-. ¿Cuántos hay? Me dan la sensación de un destartalado colegio electoral.
Ella le estaba utilizando. Y quizá ni siquiera a él, sino tan solo a un cerebro amueblado y disponible, algo que le permitiera sacar a relucir el suyo.
– ¡Ah, política! Supongo que es el momento de marcharme.
Pero no se fue. Conversaron hasta que la camarera dejó de servirles café. Incluso en el aparcamiento, apoyados en el coche de Weber, acariciados por la brisa que hacía crepitar las ramas, siguieron hablando, sobre Mark, la memoria retrógrada, si el recuerdo de aquella noche persistía y teóricamente era recuperable, aunque el muchacho no pudiera hacerlo.
– Habla de que estaba en un bar -dijo Weber-. Una sala de baile en un local junto a la carretera.
Ella sonrió, la sonrisa más solitaria que él había visto jamás.
– ¿Quieres ver ese sitio? -Solo entonces Weber se percató de que le había lanzado el anzuelo-. Primero llama a tu mujer -le pidió Barbara.
– ¿Cómo has…?
– Por favor. Llevas toda la noche conmigo. Te he dicho que he estado casada. Sé lo que hay que hacer.
Así pues, Weber telefoneó a Sylvie desde el aparcamiento, mientras la mujer inescrutable daba vueltas a una farola a unos cincuenta metros de distancia, concediéndole intimidad, arrebujada en su abrigo de ante demasiado fino.
Fueron al Silver Bullet en el coche alquilado. Cuando él puso el motor en marcha, se encendió la radio, la emisora de música clásica que había encontrado y que transmitía desde Lincoln. La apagó.
– ¡Espera! -exclamó ella-. Vuelve a ponerla.
Él encendió de nuevo la radio, salió del aparcamiento y enfiló la carretera desierta. Unas voces agudas, sin acompañamiento, se entrelazaban, sostenidas por un telón de metales. Música de otro planeta, antífona, una manera de pensar perdida.
– Dios mío -dijo ella. Parecía encontrarse mal. Él la miró. En la oscuridad, las facciones de Barbara estaban tensas y tenía los ojos húmedos. Alzó una mano para impedir que la mirase, y desvió los ojos-. Lo siento -le dijo con la voz tomada-. Ya ves…
«Lo siento.» Me parezco a ti. Lo siento. No es nada. No me hagas caso.
– Monteverdi -conjeturó él-. ¿Conoces la pieza?
Ella sacudió bruscamente la cabeza.
– Jamás he oído nada igual. -Escuchó como si fuese la noticia de una invasión extranjera emitida por una radio antigua. Después de medio coro, apagó el aparato. Se alejaron de la ciudad por las oscuras carreteras rurales, en silencio, Barbara indicando la dirección con gestos de la mano. Cuando habló de nuevo, su voz era tranquila-. Esta es la carretera. Este es el tramo de Mark.
Él lo examinó, pero no pudo ver nada. El lugar carecía por completo de rasgos distintivos. Podrían haber estado en cualquier lugar entre Dakota del Sur y Oklahoma. Avanzaron en la oscuridad de la noche otoñal, los faros con el fulgor apenas suficiente para permitirles avanzar a través de la ignorancia absoluta.
La sala de baile era ensordecedora, la música tan fuerte que hacía brincar los tímpanos de Weber como trampolines.
– Por lo menos no es una noche de topless -gritó Barbara-. Este es el grupo que tocaba la noche del accidente, el favorito de Mark.
Él quería decirle que sabía todo lo relativo al grupo, que sabía tanto como ella sobre los gustos musicales de Mark. Le irritaba que su interés por Mark fuese tan espontáneo, mientras que el suyo estaba lleno de motivos.
Encontraron una mesa libre en un rincón. Ella fue al bar y volvió con dos cervezas claras en vasos de plástico acanalados. Se inclinó por encima de la mesa y le gritó al oído:
– «Tal vez te preguntes: ¿cómo he llegado aquí?»
– ¿Cómo fue?
Ella le miró, para cerciorarse de si lo decía en serio.
– Nada. Hablaba de mi generación.
El extendió los brazos en abanico.
– ¿Son todos clientes habituales? -Ella se encogió de hombros: La mayoría-. ¿Algunos estaban aquí la noche en que Mark y sus amigos…?
La música engulló sus palabras.
Barbara se inclinó hacia él, los codos sobre la mesa.
– La policía ha hablado con todo el mundo, y nadie sabe nada. Nadie sabe nada nunca.
Sentados a la mesa apartada del bullicio, bebieron y contemplaron la sala. Él examinó a la mujer. De cerca, su rostro era como el de una niña que contara los días hasta su cumpleaños. Su inexplicable aislamiento le inquietaba. Algo le había sucedido que la encerraba en el interior de una pose, alguna singular pérdida de la confianza cuyo resultado era un modo de ganarse la vida muy por debajo de su capacidad. Había perdido algo de sí misma, o prescindido de ello, negándose a competir, rechazando tomar parte en aquella empresa colectiva cada día más imparable. ¿Era posible que una lesión de la corteza prefrontal la hubiera convertido en ermitaña? No se requería ninguna lesión. Él la reconocía, comprendía su retirada. Algo los unía. Algo más que la inconcebible extrañeza del síndrome de Capgras -el huérfano cuya custodia compartían- era lo que les había alienado a ambos. Ella había pasado por una crisis muy similar a la que ahora erosionaba a Weber.
Barbara sorprendió su mirada sondeadora. Extendió el brazo por encima de la mesa y le tomó la muñeca.
– ¿De modo que esto es lo que significa: «Básicamente, alterado»?
Mientras ella la sujetaba, él no podía controlar el temblor de su mano. De todo su cuerpo: temblaba como si acabara de levantar algo que superaba varias veces su propio peso por encima de la cabeza.
Ella se inclinó hacia delante y le alzó la barbilla.
– Escúchame. Ellos no son nadie. No tienen poder sobre ti.
Weber tardó un momento en identificar a «ellos»: el tribunal de la opinión pública.
– Está claro que sí lo tienen -replicó.
Más poder sobre él que el suyo propio. La corteza cerebral humana evolucionó a base de navegar por las complejidades del rango social. Eso constituía la mitad de la cognición, la principal presión selectiva ahora en juego: la manada en la cabeza.
Y conformado con esa finalidad por el poder de «ellos», el cerebro de Barbara interpretaba al suyo.
– ¿Qué te importa lo que haga ese grupo de monos que se dedican a acicalarse y hacer trampas? Nada importa salvo el sentido que tu propio trabajo tenga para ti.
Todo el sentido de su propio trabajo se había esfumado. Solo quedaba el juicio sumario. Ella le miraba con la cabeza ladeada, explorando. Y ante ese gesto de impotencia, él respondió:
– Ese es el problema. Todo lo que dicen los críticos es completamente cierto. Mi trabajo es muy sospechoso.
Semejante admisión a Barbara casi le hizo sentirse eufórico. Ella entrecerró los ojos y sacudió la cabeza.
– ¿Por qué dices eso?
– No vine aquí para ayudar a Mark. Al principio no fue eso lo que me trajo.
Cesó la música. A su alrededor, la gente se dedicaba a intentar ligar unos con otros. Weber no soportaba mirar nada más complejo que la espuma de su cerveza.
– Creer que podría ayudarle, en primer lugar, fue puro narcisismo. ¿Qué más puedo hacer por él aparte de recetarle alguna arma química… «Mira, tómate esto, crucemos los dedos y esperemos que suceda lo mejor»? -Ella le acarició los nudillos con el dorso del pulgar, como si lo hubiera hecho durante toda su vida-. ¿De qué le sirve toda la ciencia neurológica del mundo? Arrogancia, a decir verdad. Una especie de charlatanismo. ¿Qué es lo que estoy haciendo aquí?