El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Siguió las indicaciones de Karin hasta Farview y la urbanización River Run por carreteras numeradas y trazadas tan en ángulo recto como la racionalidad pretendía serlo. Encontró la casa, en una zona agazapada en medio de un enorme campo cultivado, limitada a un lado por la serpenteante hilera de álamos de Virginia y sauces que indicaban la presencia del río oculto. Permaneció sentado un momento en el coche de alquiler, mirando la casa: encargada por catálogo, desmontable, algo que ayer no estaba allí y que ciertamente no estaría mañana. Al acercarse a la puerta de madera laminada, tuvo la sensación huidiza no de déjà vu, sino de déjà écrit, de un pasaje que había escrito mucho antes y que solo ahora se hacía real.
El hombre que abrió la puerta a Weber era un desconocido. Todas las cicatrices de Mark se habían curado y le había crecido el cabello. Parecía un dios en ciernes, un cruce entre Loki y Baco. Dio la impresión de que se sorprendía solo a medias al ver a Weber.
– ¡Loquero! Me alegro de que haya venido. ¿Dónde diablos ha estado? No podrá creerse lo que ha estado pasando aquí. -Echó un vistazo al césped detrás de Weber antes de franquearle la entrada. Cerró la puerta y se apoyó en ella, lleno de excitación-. Antes de que le cuente nada: ¿qué ha oído decir?
Todas las entrevistas clínicas deberían tener lugar en el domicilio del sujeto. En la sala de estar de Mark, Weber se enteró de más cosas acerca de él en cinco minutos que a lo largo de todos sus encuentros anteriores. Mark le hizo sentarse en la butaca demasiado rellena y le trajo un botellín de cerveza mexicana y unos cacahuetes tostados y rebozados en miel. Le pidió que esperase y fue en busca de algo a su habitación. Regresó con un bloc de papel y un bolígrafo. Hizo un gesto para que Weber pusiera en marcha la grabadora, ambos viejos colaboradores.
– Bien, abordemos este asunto de una vez por todas.
Mark estaba notablemente animado, y tejió un relato que salvaba todas las lagunas. Se apresuró a dar las respuestas antes de que Weber pudiera plantearle las preguntas. Trazó una sola y nítida línea de pensamiento: todos sus amigos conspiraban para ocultarle lo que había sucedido aquella noche. Cain y Rupp lo sabían; estaban hablando con él por el walkie-talkie cuando volcó. Pero le habían mentido. Su hermana lo sabía, y por eso la habían sustituido, para impedir que se lo dijera. Como al ángel de la guarda que era el autor de la nota, probablemente la habían encerrado en alguna parte. Daniel Riegel le estaba siguiendo, por razones desconocidas.
– Como si fuese una especie de animal silvestre. Es un gran rastreador, ¿sabe? Capaz de descubrir animales salvajes que nadie más distingue a simple vista. Seres que ni usted ni yo sabemos que existen.
El novio de tu falsa hermana siguiéndote disfrazado: Freud podría ser más útil en este caso que la imagen por resonancia magnética. Sin duda el fenómeno tenía que ver más con una disociación entre los caminos de reconocimiento ventral y dorsal. Pero ¿qué significaba ya la palabra «psicológico», excepto un proceso que aún carecía de sustrato neurobiológico? Weber no teorizaba sobre las nuevas creencias de Mark. Ahora su trabajo consistía en ayudar a que ese nuevo estado mental se adaptara a sí mismo. Jamás volvería a actuar de manera que pudieran acusarle de compasión fallida. Dejaría que Mark escribiera el libro.
¿Qué sensación produciría ser Mark Schluter? Vivir en aquella ciudad, trabajar en un matadero y experimentar en carne propia la fractura del mundo en un abrir y cerrar de ojos. El puro caos, el absoluto desconcierto del estado de Capgras, le revolvía a Weber las tripas. Ver a la persona más próxima a ti en este mundo y no sentir nada. Pero eso era lo asombroso: Mark no tenía la sensación de que nada en su interior hubiera cambiado. La conciencia improvisadora se ocupaba de eso. Necesitaba sus engaños, a fin de cerrar esa brecha. La finalidad del yo era su propia continuación.
Por lo menos Mark seguía siendo él mismo, y eso era más de lo que Gerald Weber podía decir. Como un actor del método, Weber trataba de ponerse en el lugar del hombre sentado ante él, entretejiendo teorías. Le sería más fácil canalizar a Karin, sus correos electrónicos desesperados y retraídos. ¿Cómo podía ponerse en el lugar de Mark Schluter, el abstraído paciente de Capgras, cuando ni siquiera podía ponerse en el lugar de Mark Schluter, el sano conductor de una camioneta customizada y mecánico de un matadero? Ya ni siquiera podía imaginar qué sensación le había producido ser Gerald Weber, aquel confiado investigador de la primavera anterior…
– Todos los que han nacido por aquí encubren algo. Usted y esa muñeca Barbie son las dos últimas personas en las que puedo confiar.
¿Qué suponía Mark que estaban encubriendo? Peor aún: ¿qué le hacía pensar que podía confiar en Weber? Por regla general, Weber nunca seguía la corriente a los delirios de los pacientes. Sin embargo, seguía la corriente a todos los demás, cada día de la semana. El taxista paquistaní camino de La Guardia, con sus teorías sobre los vínculos de Al Qaeda con la Casa Blanca. El agente de seguridad en el aeropuerto, que le hizo quitarse el cinturón y los zapatos. La mujer sentada a su lado en el avión, que le agarró del brazo al despegar, convencida de que el aparato estallaría a ciento cincuenta metros de altura. Seguirle la corriente a Mark formaba parte del estado de cosas habitual.
– Así que, al parecer, estaba hablando con los chicos a través de esos intercomunicadores. Ellos en la camioneta de Rupp y yo en la mía. íbamos detrás de algo, una especie de persecución, y había que pillar algo o a alguien. Resulta curioso… esa mujer que se hace pasar por Karin, ¿sabe? Daba a entender una y otra vez que esos dos estaban allí, y yo no le hacía caso.
Desde luego, algo le había ocurrido a Mark la noche del accidente. Y sus amigos le habían mentido, en efecto. Weber no tenía ninguna explicación para la nota dejada por aquel ángel de la guarda ni podía interpretar las marcas dejadas por los neumáticos en los bruscos virajes. Su propia explicación de por qué razón ahora el mundo le parecía a Mark diferente ni tan solo era parcialmente satisfactoria. Mark había pensado en su estado interior de una manera más profunda y durante más tiempo que nadie. Weber podía permitirse seguirle la corriente cuando exponía sus teorías. Tal vez hacer eso fuese empatía con un nombre distinto.
Repantigado en el sofá, con el hombro en el apoyabrazos y un cojín entre las rodillas, Mark ofreció su mejor hipótesis. Se inclinaba hacia un proyecto biológico secreto.
– Un gran avance experimental, como lo que mi padre siempre trataba de conseguir. Pero algo grande, a la escala que solo el gobierno podría permitirse. Y tiene que ver con las aves. De lo contrario, ¿por qué me perseguiría Danny, el hombre de los pájaros?
Tampoco para eso Weber tenía una explicación.
– Debe de ser un asunto bastante secreto. De lo contrario, habríamos oído hablar de él, ¿verdad? Bien, esto es lo que pienso. La cosa empezó en el momento en que salí del hospital. Me hicieron algo cuando estaba en la mesa de operaciones. De acuerdo, ya sé que Karin Segunda dice que no estuve en la mesa de operaciones. Pero me salía un tornillo de la cabeza, ¿verdad? Tenía una pequeña espita. Podían haberme inyectado cualquier cosa, o extraído algo. Ahora mismo, podría estar soñando toda esta situación. Podrían haberme implantado en los sesos esta reunión con usted.
– Entonces también me inyectaron a mí, porque estoy convencido de que me encuentro aquí.
Mark miró a Weber con los ojos entrecerrados.
– ¿De veras? ¿Me está diciendo…? Espere un momento. ¡Oh, venga ya! Eso no significa nada en absoluto.
Trazó unos garabatos en el bloc. Volvió a repantigarse en el sofá, puso los pies sobre la mesita baja y miró al otro lado de la estancia. Se irguió con brusquedad, alzó un brazo y señaló con un dedo tembloroso. Se puso en pie, tambaleándose un poco, y se acercó al ordenador. Golpeó repetidamente la pantalla con la uña del dedo índice.