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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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– Resulta extraño, ¿verdad? Dos viajes de ida y vuelta, seis mil kilómetros cada uno, solo para ver a un hombre que lo único que desea de mí es que sea un detective.

– Y dicen que los médicos ya no hacen visitas domiciliarias.

– ¡Pero menudo caso! Es preciso que la medicina esté informada de esto.

– La medicina debería estar informada de montones de cosas. Me alegro de que hayas hecho esto. Te conozco, cariño. Este caso te obsesionaba.

– Escucha, querida. Recuérdame que llame a mi hermano cuando vuelva a casa.

Después de la llamada, salió y paseó por la ciudad, a lo largo de las manzanas de estilo victoriano, bajo la luz ambarina de las farolas, como si se dirigiera a una misteriosa cita. Los aromas del otoño impregnaban la atmósfera. El año se replegaba sobre sí mismo y los preparativos del final de ciclo se percibían por doquier. Los enormes arces estaban llenos de color antes de sumirse en el letargo. Un inquieto enjambre de insectos era un fúnebre coro que sonaba como una sierra de cinta. Weber se detuvo en una esquina de cuatro casas prefabricadas con armazones de madera en forma de A, una con un parpadeante resplandor decimonónico, dos con la iluminación azulada de los televisores y la cuarta a oscuras. Nunca había estado más deseoso de averiguar, aunque no podría haber dicho qué era lo que deseaba averiguar. ¿Qué hacía de nuevo allí? Algo que el otoño prometía responder.

Todavía caminaba al azar cuando la calle se oscureció. Tardó cuatro segundos de reloj en pensar: un apagón. Le recorrió el estremecimiento que experimentaba ante las tormentas y las sirenas de las ambulancias. Alzó la vista y observó que el cielo estaba cuajado de estrellas. Había olvidado cuántas podían ser. Una inmensidad que se vertía en torrentes. Y había olvidado lo brillante que podía ser la oscuridad. Veía, aunque mal, sin color, sumido en la acromatopsia. Los dos acrómatas a los que había entrevistado mostraron su irritación hacia las mismas palabras en sí, «rojo», «amarillo», «azul». Vivían para el mundo nocturno, donde eran superiores a los que veían el color y que eran vulgares y corrientes. Cuando se encendieron de nuevo las luces, Weber experimentó la trivialidad de la visión.

Al día siguiente, Mark lo llevó de pesca.

– Nada extraordinario, ¿eh? Todo muy normal. Tal vez el Mark de antes podría haberle enseñado a preparar cebos vivos con insectos y pescaditos. Pero hoy vamos a usar señuelos comerciales. Gusanos de goma aromatizados que se arrastran perezosamente por el agua sobre sus peludos culos con púas de falsos invertebrados hasta que alguna perca los encuentra. Todo el mundo puede manejarlos. Niños pequeños, neurocientíficos, cualquiera.

El lugar de la pesca era un secreto, como lo son todos los caladeros. Weber tuvo que jurar que guardaría silencio antes de que Mark lo llevase allá. El lago Shelter, en un terreno privado, resultó ser poco más que un estanque artificial con delirios de grandeza.

– Aquí lo tenemos -dijo Mark-. El escondite. Aquí se pesca y se liberan las capturas. El hombre que ha pescado más a las dos de la tarde es el ser humano superior. Preparados, listos, ya. Parece que nunca le ha puesto un cebo a un anzuelo, tío.

– Solo en defensa propia -replicó Weber.

Cada verano, hasta que cumplió los doce años, su padre le llevaba a pescar percas en un pequeño lago donde previamente echaban los peces, al otro lado de la frontera de Indiana. Su padre le decía que los peces no sentían nada, y él le creía, sin ninguna prueba. Tonterías; claro que sentían dolor. ¿Cómo no pudo verlo? Cierta vez, abandonándose a una recreación nostálgica, llevó a Jess a pescar en las olas de la South Fork de Long Island, cuando ella aún era pequeña. La expedición terminó en un desastre, cuando ella atravesó el ojo de una lubina con el anzuelo. Aún podía evocarla, corriendo por la playa arriba y abajo y lanzando gritos. Esa fue la última vez.

– ¿Estás seguro de que esto es legal? -le preguntó a Mark.

El muchacho se echó a reír.

– Si nos cazan, yo cargaré con el mochuelo, Loquero. Mantendré limpio su expediente.

Pescaron desde la orilla, Mark mascullando maldiciones.

– Tendríamos que haberle robado el puñetero bote a Rupp. De todos modos, es mío en parte. Probablemente ahora me dispararía por la espalda si tratara de cogerlo. ¿Puede creer que me mintieron? La persona a la que perseguíamos aquella noche, quienquiera que fuese, debió de convencerlos y ponerlos de su parte. Ahora nunca sabré qué fue lo que pasó.

Pescaron con parsimonia, lanzando el sedal y recogiéndolo sin convicción. Weber no capturó nada. Mark se divertía picándolo.

– No es de extrañar que esté hecho polvo. Lanza el sedal como una colegiala lanza la pelota de softball.

Mark capturó media docena de percas de tamaño mediano. En cada ocasión, Weber inspeccionaba la captura, antes de que Mark echara de nuevo el pez al agua.

– ¿Estás seguro de que todos ellos son diferentes? Creo que estás capturando el mismo pez una y otra vez.

– ¡Está de broma! Los primeros presentaban batalla. A este no hay quien lo menee. No tienen nada que ver unos con otros. -Mark vadeó con el agua hasta los tobillos, sacudiendo la cabeza, fingiéndose molesto, divertido-. ¿Se parece este a cualquier pez que usted conozca? Al final ha perdido el juicio, doctor. Demasiada luz directa del sol. No es bueno para alguien con una profesión como la suya. -Permanecía erguido como una garza, inclinado hacia delante, inmóvil entre las cañas. Pescaba a la manera en que Weber mecanografiaba: sumido en un distraído arrobamiento. Había necesitado llevarse a Weber fuera de la ciudad, a algún lugar lo bastante tranquilo para pensar y hablar, sin ningún peligro de que alguien los oyera-. ¿Por qué cree que están tan preocupados por mí, cuando yo no sé nada? Toda esta complicada fantasía solo para mantenerme en la oscuridad. ¿Por qué no se limitan a matarme? Podrían haberlo hecho fácilmente, en la unidad de cuidados intensivos. Entran sigilosamente en la sala, desconectan las máquinas. Pfffiu.

– Tal vez sepas algo que ellos quieren averiguar.

La idea sorprendió a Mark. Aunque sorprendió más a Weber cuando la oyó salir de sus propios labios.

– Debe de ser eso -replicó Mark-. Como dice la nota: para que puedas vivir y traer de vuelta a alguien más. Se trata de hacer algo con lo que sé. Pero no tengo ni puñetera idea de lo que sé.

– Sabes mucho -insistió Weber-. Sobre ciertas cosas sabes más que cualquier otra persona viva.

Mark giró sobre sus talones, los ojos como los de un búho.

– ¿Ah, sí?

– Sabes lo que significa ser tú mismo. Aquí y ahora.

Mark contempló de nuevo el agua, tan derrotado que ni siquiera era capaz de enfurecerse.

– Qué coño voy a saberlo. Ni siquiera estoy seguro de que esto sea realmente lo que parece.

Cambió el tipo de señuelo de los dos, ahora cucharillas para lubinas, no con la esperanza de pescar nada en un estanque tan pequeño, sino por el simple placer de tirar de ellas a través del agua. Weber estaba asombrado de su propia ineptitud. No era solo su falta de pericia para capturar algo, sino también su completa incapacidad de permanecer sentado inmóvil y disfrutar. Allí estaba, perdiendo media jornada, sujetando una caña con un cordel, mientras su carrera, sus deberes profesionales, se deshilachaban a su alrededor. Pero aquel era ahora su deber profesional, la tarea que él mismo había elegido. Permanecer sentado e inmóvil y observar, no un síndrome, sino un ser que improvisaba. Sin eso, los críticos tendrían razón y el resto de su vida sería una mentira.

Mark, entretanto, se había serenado por completo, y aspiraba el aire a grandes bocanadas.

– ¿Sabe, Loquero? He estado pensando. Creo que usted y yo podríamos estar relacionados de alguna manera. Oh, no me clave esa mirada neurológica. Ya sabe a qué me refiero, Sherlock. Lo único que estoy diciendo es colisión de trayectorias y todo eso. Escuche. -Bajó la voz, para que ninguno de los cordados cercanos pudiera oírle-. ¿Cree usted en los ángeles de la guarda?

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