El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Ella siguió presionándole los dedos y no dijo nada. Su espina dorsal se curvó hacia delante. Algo en ella compartía la sensación de engaño que él experimentaba, la incorporaba a su organismo. Solo sus ojos le daban seguridad: la empatía significaba vértigo. Sacudió la muñeca de Weber en el aire. Casi había dejado de temblar.
– Basta. Basta ya de flagelarse. Bailemos.
Weber estaba demasiado exhausto para objetar. Ella le llevó al centro de la pista, como un remolcador que tirase de un carguero averiado. Él la siguió con dificultad, esperando instrucciones, pero no recibió ninguna. Estaba bailando en un bar con una mujer a la que no conocía: se sentía intranquilo, tal como se sentía cuando dejaba que transcurriera una jornada sin trabajar. Pero aquello no era más que un refugio sencillo, improvisado, mutuo. La idea de cualquier cosa ilícita casi le parecía cómica: «ataque con un arma muerta», solía bromear con Sylvie. Weber y Barbara se agitaban y estiraban. A su alrededor, la gente se movía. Salsa y boogie. Pasos de baile sencillos. Extrañas contorsiones a juego con los aún más extraños violines y estruendosas guitarras de los Apalaches que tocaba el grupo del local. Junto a ellos, una pareja más joven se miraban y movían vigorosamente. Más lejos, un descendiente de los indios ponca pisoteaba el suelo y hacía volar a su pareja. Por todas partes las rodillas se levantaban y los hombros aleteaban. La mujer estaba en lo cierto: todo lo que vivía se agitaba bajo la atracción de la luna.
Barbara se rió.
– ¡Lo estás haciendo muy bien!
En realidad, parecía bobo. Un torpe polluelo que graznara en otoño. Pero su cuerpo latía al unísono con el ambiente. Cesó la música y quedaron varados. Weber se sentía profundamente avergonzado y necesitaba llenar el vacío.
– ¿Crees que Mark y sus amigos estuvieron bailando aquella noche?
Ella reflexionó sobre esa posibilidad con los ojos entrecerrados.
– Bonnie dijo que no estuvo aquí. Eso no quiere decir que no hubiera alguna otra involucrada. Desde luego, bebieron y tomaron otras sustancias. Eso lo sé por el mismo Mark.
La música se reanudó: heavy bluegrass metal. Una ola rompió contra Weber, ligera, omnisciente. Incluso el baile era demasiado insoportable.
– Anda, vayámonos -le dijo a Barbara-. Aquí no hay nada que averiguar.
Estaba seguro de que a ella también se lo parecía. La emoción del derrumbe. Podrían haber sido cualesquiera, en cualquier vida, ocultándose para que no los descubrieran. El rostro de Barbara, tan inestable como el suyo, fingía despreocupación. Ella encontró la salida y pasaron de la nube de humo y ruido a la noche estrellada. Él experimentaba la calma más inverosímil, la placidez de la impotencia, y sabía que también Barbara se había sumido en aquel silencio con él. La atmósfera era densa y seca en la época de la cosecha. Sus pies hacían crujir la grava camino del coche. Ella le asió del codo, deteniéndole.
– Chsss… ¡Escucha!
Él volvió a oírlo, en la versión nocturna. Enjambres de insectos y los chirridos de sus predadores. Búhos de vez en cuando, y el grito, como una antífona, de lo que solo podían ser coyotes. Todos ellos criaturas que oían a los seres humanos y solo sabían de ellos que formaban parte de la red más amplia de sonidos. Seres vivos de todos los calibres para los que el bar al lado de la carretera no era más que otro montículo del paisaje, tan solo otro módulo pululante en el bioma que explotar.
Ella le miró, la mujer más solitaria que había conocido jamás, desesperada por relacionarse, por encontrar alguna prueba de que la existencia no era una creación de su mente. Él prestó oídos a la noche, al sonido de la reclusión de Barbara. Pero, como el testigo secreto de Mark que redactó la nota, se mantuvo absolutamente quieto y callado, confiando en pasar inadvertido. Se apartó de la mirada inquisitiva que ella le dirigía y encaminó sus pasos al coche. Cuando llegó al vehículo, ya no podía defenderse, ni siquiera ante sí mismo, el más fácil de los públicos. Sí, se había obligado a volver para enderezar las cosas con los Schluter, para reconciliarse consigo mismo. Pero allí, entre los sonidos de la noche habitada, con el viento rozándole suavemente el brazo y bajo la mirada de aquella mujer reclusa, que tanto se refugiaba para alejarse de la vida, reconocía la desaparición en pos de la que él también iba.
Karin se reunió con Karsh para pedirle consejo. Los consejos de Daniel estaban enturbiados por la moralidad. Este le dijo que la medicación causaría más problemas de los que podría resolver. Pero Daniel no era el hermano de Mark. Trabajar por la causa era una cosa. Sacrificar por ella su propia relación de parentesco era otra muy distinta.
Se había visto dos veces con Karsh. Tomaron unas copas, se pusieron al día. Nada delictivo, nada que ella no pudiera manejar. Había vivido sin placer durante tanto tiempo que unas pocas sacudidas emocionales rápidas apenas tenían efecto en ella. Se puso en contacto con él por correo electrónico, utilizando el antiguo alias secreto de Karsh. Él le propuso que desayunaran juntos. «Una especie de cambio, ¿no? Un encuentro después del juego, pero sin juego.»
Eso la había enfurecido. Todo lo que ella quería era que se reunieran, aunque fuera una sola vez, como personas civilizadas, sentados a la mesa del desayuno, en vez de encontrarse furtivamente como delincuentes. Se reunieron en Mary Ann's, en la misma calle donde él trabajaba. Cuando ella entró en el restaurante, él se apresuró a levantarse y la besó en la mejilla. El súbito movimiento la estremeció.
Pero solo iban a desayunar, así que ella tomó asiento y pidió lo que deseaba tomar. Lo único que necesitaba era la mente de aquel hombre, tan briosa y brutal como una auditoría. Ella le planteó la propuesta de medicación del doctor Weber.
– Un antipsicótico -le susurró. Robert se limitó a asentir. Ella trató de exponerle las objeciones más temibles de Daniel-. Tengo miedo de dejar que mi hermano se drogue con sustancias que alteran el estado de ánimo.
Karsh sacudió la cabeza y señaló el desayuno.
– Una taza de café es una sustancia que altera el estado de ánimo. Una tortilla española. Creo recordar una pequeña adicción tuya… ¿aquellas tabletas triangulares de chocolate suizo? No me digas que nunca te pusiste a tono comiendo unas cuantas.
– Esto no es una pastilla de chocolate, Robert. Es un psicoactivo.
Él se encogió de hombros y agitó las manos.
– No estás al día, Conejita. La mitad de los norteamericanos toman algún psicoactivo. Mira a tu alrededor. ¿Ves a esa gente de ahí? -Señaló vagamente hacia unas mesas a las que se sentaban cuatro ancianos en chándal y una familia de mennonitas-. Casi la misma proporción. El cuarenta y cinco por ciento de los estadounidenses toma algo que modifica la conducta. Ansiolíticos, antidepresivos, lo que quieras. De otro modo no podrían funcionar. El mundo es demasiado complicado. Yo mismo tomo un par de cosas.
Ella le miró, aturdida. La nueva relajación de Robert, la placidez y la humildad recién descubiertas: tal vez solo se debieran a algo que estaba tomando. La suavización de sus facciones, la capa añadida de grasa infantil. Todo puramente químico. Claro que el mismo cerebro era un depósito de unas u otras sustancias que alteraban la conciencia. Así lo decían todos los libros que ella había leído desde el accidente de Mark. La repugnaba. Quería al Karsh auténtico, no a aquel filósofo tolerante que escurría el bulto.
– Pero un antipsicótico…
Él no había perdido el hábito: una y otra vez su mano derecha comprobaba el pulso en la muñeca izquierda. En el pasado, ese gesto había sacado de quicio a Karin. Ahora solo la asustaba. Robert alzó el dedo índice y se convirtió en predicador.