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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Weber se afligió al recordar que había sido el más devoto de los niños. Un chico al que nada le gustaba más que ponerse una casulla blanca y agitar un incensario. Incluso a sus padres les había parecido inquietante la espiritualidad del muchacho, quien consideraba que tenía la responsabilidad personal de inclinar el mundo hacia lo antiguo y lo reverente. Su entusiasmo por la pureza, alguna compulsiva manía de limpiar el alma, había durado, solo ligeramente modificada, hasta la adolescencia, e incluso había sufrido accesos de vergüenza al no poder abstenerse de lo que él y su sacerdote habían llamado tácitamente, utilizando una palabra codificada, «susceptibilidad», el placer que rebajaba el estado de gracia por el mero hecho de ser solitario. Ni siquiera la ciencia había aniquilado del todo sus creencias: sus profesores jesuitas habían mantenido ingeniosamente armonizados la fe y los hechos. Entonces, en la universidad, la religión murió de la noche a la mañana, inadvertida y sin duelo alguno, se esfumó con la mayor sencillez a raíz de su encuentro con Sylvie, cuya fe ilimitada en la suficiencia humana le condujo a dejar de lado las cosas infantiles. A partir de entonces, su infancia pareció haber pertenecido a otra persona. No tenía nada que ver con él. No quedaba nada de aquel muchacho, salvo la confianza del adulto en el escalpelo de la ciencia.

– No -respondió.

Ángeles no, sino en lo que la selección dejó en pie.

– No -repitió Mark-. No tenía sentido. Para mí tampoco, hasta que recibí esa nota. -Se quedó pensativo, el rostro contraído-. ¿No cree que mi hermana podría haberla escrito…? No, eso es una locura. Ella es como usted. Realista a más no poder.

Contemplaron las ondas de sus sedales que corrían hasta detenerse. La visión de Weber se concentró, enfocada en el señuelo. El aire en todas direcciones se volvió tan oscuro como el lago. Alzó la vista y miró la capa de nubes, como una berenjena espolvoreada de harina. Solo entonces notó las gotas de lluvia.

– Sí -le confirmó Mark-. Tormentas eléctricas. Las vi anunciadas en el Canal Meteorológico.

– ¿Las viste? -El agua empezó a caer con fuerza a su alrededor-. Entonces, ¿por qué demonios hemos venido a pescar?

– Vamos, hombre. Compórtese como un adulto. Tres cuartas partes de lo que dicen en ese programa están pagadas por algún patrocinador.

Weber se puso nervioso, pero Mark no se apresuró a guardar los aparejos de pesca. Se encaminaron al coche, bajo una cortina de agua, Mark con aire fatalista, riendo de una manera extraña, y Weber corriendo.

– ¿A qué viene tanta prisa? -le gritó Mark, por encima del fragor de la lluvia. Un relámpago rasgó el cielo, seguido por un trueno tan violento que Mark cayó al suelo. Se quedó allí sentado, riendo-. ¡Me he caído de culo! -Weber vaciló entre ayudar a Mark a levantarse o ponerse a salvo. No hizo ninguna de las dos cosas, sino que se quedó parado en medio de un campo cubierto de hierba, mirando cómo Mark trataba de levantarse. Mark alzó la vista, riendo bajo el diluvio-. ¡Vuelve a hacer eso! ¡Te desafío!

Estalló otro trueno y el muchacho cayó de nuevo al suelo.

Cuando los dos hubieron cubierto chapoteando la distancia hasta el coche, granizaba. Ocuparon los asientos delanteros, empapados. Los pedruscos de la cortina de granizo tenían el tamaño de bolas de naftalina y golpeaban el vehículo alquilado con suficiente fuerza para abollarlo.

Mark estiró el cuello y miró a través del parabrisas.

– ¿Qué necesitamos aquí? Langostas, ranas, un primogénito. -Guardó silencio dentro del habitáculo gris aporreado-. Bueno, ese quizá ya lo hemos tenido. -El granizo cedió paso a una lluvia electrificada, lo bastante ligera para atreverse a capearla. Sin embargo, Weber no puso el coche en marcha. Finalmente, Mark le dijo-: Bueno, cuénteme algo de usted, de cuando era niño. No tiene que jurarme que me dice la verdad absoluta. Basta con alguna nimiedad. Invénteselo si quiere. ¿Cómo voy a saber si no quién es usted?

A Weber no se le ocurría nada. Durante toda su vida se había esforzado por borrar su pasado, y no tenía más biografía que la que podía caber en las solapas de un libro. Miró a Mark, tratando de pensar en algo que contarle.

– Me gustaba adorar a las chicas desde lejos, sin decírselo.

– También yo lo hacía. Una inversión con muy poco beneficio. ¿Cómo llegó a casarse, Romeo?

– Mis amigos intervinieron. Me organizaron una cita a ciegas. Tenía que ir a cierta cafetería una tarde de domingo para encontrarme con una mujer que era idéntica a Leslie Caron. Entré allí y no había nadie que encajara ni remotamente con la descripción. Resulta que a la mujer le entró miedo y se echó atrás, pero yo no lo sabía, así que me quedé allí, aturdido, analizando a cada mujer del local y diciéndome: «Bueno, podría ser, tal vez…». Ya sabes: cabello castaño, simetría bilateral… Una camarera me preguntó si podía ayudarme. Le dije que esperaba encontrar a una mujer que se parecía a Leslie Caron. Ella me tomó por un joven de gran desparpajo, con sentido del humor. Tres años después nos casamos.

– Me está tomando el pelo. ¿Se casó con una mujer a la que conoció por accidente? Es un maníaco.

– Era bastante joven.

– ¿Y ella se parecía a… Lindsay Nosequé?

– En absoluto. Era más bien menuda, como Natalie Wood, pero más parecida a… la mujer con la que iba a casarme.

Mark miró a través de la cascada que los envolvía, su júbilo esfumado.

– ¿Cree que fue el destino? Cinco centímetros a la izquierda y su vida es la de otra persona. Ella está ahí, ganándose la vida, y zas: su compañera para toda la vida. Yo diría que alguien le estaba buscando. -Weber puso el motor en marcha. Mark le detuvo el brazo-. Solo que… los hombres como nosotros… no creemos en esa tontería de los ángeles, ¿verdad?

Weber veía ahora hasta qué punto le había fallado a aquel hombre y a su hermana. No volvería a abandonarlos. Llamó por teléfono a varios de sus colegas. A todos, sin excepción, les desconcertó saber de él, pues suponían que se había ido a alguna parte para morir de descrédito público. Pero la historia de Mark les fascinaba. Ninguno había trabajado jamás en un caso así. Y no hubo dos que propusieran el mismo tratamiento, salvo el par que sugirió no interferir en una condición mental que no era amenazante. La mayoría parecieron agradecidos cuando Weber se despidió de ellos.

En el vestíbulo del hotel, utilizó la conexión de banda ancha y estuvo trabajando hasta bien entrada la noche. Entró en todos los índices médicos y exploró todas las referencias clínicas en la literatura médica. Ya lo había hecho con anterioridad, pero de una manera superficial. Mark había sido el paciente del doctor Hayes, y Weber no fue más que un entrevistador visitante. Había investigado lo suficiente para llegar a la conclusión de que no existía una auténtica literatura médica sobre aquella afección. Los pocos casos que había encontrado no tenían ninguna relación directa.

En un segundo recorrido por las bases de datos más actuales, un extracto le llamó la atención. Butler, P.V. Varón de diecisiete años con delirios de Capgras a raíz de una lesión cerebral traumática. Tratamiento y resultado: ideación delirante totalmente resuelta catorce días después de iniciar la administración de cinco miligramos diarios de olanzapina.

Comprobó la fecha: agosto de 2000. De hacía dos años en la Australian and New Zealand Journal of Psychiatry. No tenía ninguna excusa para que se le hubiera pasado por alto la vez anterior, no con el avance de la búsqueda electrónica. Pero, en realidad, la primera vez no había buscado bien. La hermana le había rogado algún tratamiento, pero Weber no había querido que el Capgras fuese tratable con una píldora milagrosa más, recién aparecida en el mercado. Psicofarmacología: acierto o error, difícil de ajustar, llena de efectos secundarios, enmascaradora de los síntomas y, una vez iniciada, de dosificación difícil de reducir poco a poco. La próxima generación de médicos seguramente recordaría a Weber con tanta tristeza como Weber recordaba a su padre. El nivel general de barbarie se reducía, pero nunca de una manera tan rápida o tan completa como se creía. O tal vez él fuese el último bárbaro. Meses de sufrimiento innecesario por culpa del puritanismo de Weber, que le hacía mirar a otro lado. Porque nunca había considerado a Mark nada más que una buena historia.

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