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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Deborah evitó su mirada. Una rosa colocada en un florero necesitaba un retoque, y se encargó de ello antes de contestar con voz apacible:

– La echamos terriblemente de menos. Sobre todo Simon. A él no le gusta decirlo. Creo que piensa que empeoraría las cosas. Para mí y para él. No sería así, por supuesto. ¿Cómo podría hacerlo? Pero está todo mezclado.

– Siempre hemos sido una especie de maraña, nosotros cuatro, ¿verdad? -dijo Lynley.

Ella alzó la vista, pero no contestó.

– Todo se arreglará -prosiguió él. Quería decirle que el amor era una cosa extraña, que cruzaba sobre las divisorias de aguas, se desdibujaba y se redescubría a sí mismo. Pero sabía que ella ya lo había entendido, porque lo estaba viviendo, igual que él. De modo que dijo-: ¿Simón no está en casa? Tengo algo que quería enseñarle.

– Debe estar al llegar. ¿Qué tienes para él?

– Una fotografía -contestó, y, mientras lo decía, comprendió que podían existir algunas fotos adicionales que podrían servirle de ayuda-. Deb, ¿tienes fotos de la inauguración de la muestra en la Portrait Gallery? -preguntó.

– ¿Te refieres a mis fotografías? No llevé mi cámara.

No, le dijo él. Se refería a fotos publicitarias. ¿Había alguien en la National Portrait Gallery aquella noche que hiciera fotografías de la inauguración de la exposición organizada por Cadbury? ¿Quizá para utilizarlas en un folleto, tal vez para una revista o un periódico?

– Ah -dijo Deborah-. ¿Estás hablando de fotos de celebridades y futuras celebridades? ¿La gente guapa que sostiene copas de champán y exhibe su bronceado de cabina y la obra que han hecho con sus dentaduras? No puedo decir que hayan acudido muchas de esas personas, Tommy. Pero sí se tomaron algunas fotografías. Ven conmigo.

Deborah le llevó al estudio de Simon, una habitación que daba a la fachada de la casa. Allí, de un antiguo Canterbury junto al escritorio de Simon, rescató un ejemplar de ¡Hola!, hizo una mueca y dijo:

– Aquél fue un día un tanto pobre en cuanto a eventos sofisticados en la ciudad.

Hola! había hecho su trabajo habitual con aquellos personajes que podían ser considerados como la «gente guapa». Aquellas personas habían posado encantadas para los fotógrafos. Era una gratificante doble página llena de fotos.

A la exposición fotográfica había asistido una verdadera multitud. Lynley reconoció a unos cuantos personajes influyentes de la sociedad londinense, además de aquellos que ansiaban convertirse en parte de ella. Entre las fotografías había también algunas instantáneas tomadas sin que los personajes posaran y, entre ellas, encontró a Deborah y Simon hablando con Jemima Hastings y un hombre de semblante lóbrego y cuyo aspecto sugería problemas. Lynley esperaba enterarse de que el tipo era uno de los hombres relacionados con la chica muerta, pero le sorprendió saber que estaba mirando a Matt Jones, la nueva pareja de Sidney Saint James, la hermana pequeña de Simon.

– Sidney está realmente loca por él -dijo Deborah-. Simon, por su parte, piensa que ella, simplemente, está loca. Él es un misterio. Me refiero a Matt, no a Simon, por supuesto. Acostumbra a desaparecer de golpe durante semanas y dice que está fuera, trabajando para el Gobierno. Sidney piensa que es un espía. Simon cree que es un asesino a sueldo.

– ¿Y qué crees tú?

– Nunca consigo arrancarle más de diez palabras, Tommy. Para serte sincera, ese hombre me pone un poco nerviosa.

Lynley encontró una foto de Sidney: alta, flexible, componiendo una pose con una copa de champán en la mano y la cabeza echada hacia atrás. Se suponía que era espontánea -de hecho, estaba conversando con un hombre moreno que estaba tomándose su bebida de un sólo trago-, pero no era casual que Sidney fuese modelo profesional. A pesar de la multitud que los rodeaba, ella sabía muy bien cuándo una cámara la estaba enfocando.

Había otras fotografías, espontáneas y preparadas. Necesitaban un examen más detenido. En realidad, en el archivo de la revista tendrían probablemente un montón de fotos que ni siquiera habían sido impresas en estas páginas, y Lynley se dio cuenta de que podrían ser valiosas y de que quizá mereciera la pena seguirles la pista. Le preguntó a Deborah si podía quedarse con la revista. Ella dijo que sí, por supuesto. ¿Creía él que el asesino de Jemima había estado allí?

Era posible. No había que dejar cabo suelto.

En ese momento, Saint James llegó. La puerta principal se abrió y oyeron sus pasos irregulares en la entrada. Deborah se acercó a la puerta del estudio y dijo:

– Tommy está aquí, Simon. Quiere verte.

Saint James se reunió con ellos. Se produjo un momento incómodo en el cual el viejo amigo de Lynley evaluó su estado -y Lynley se preguntó cuándo llegaría el día en que los momentos incómodos con los amigos fueran una cosa del pasado- y luego dijo:

– Tommy. Necesito un whisky. ¿Tú?

Lynley no lo necesitaba, pero aceptó:

– No diría que no.

– ¿Lagavulin, entonces?

– ¿Soy una ocasión especial?

Saint James sonrió. Fue hasta el carrito de las bebidas que había debajo de la ventana y sirvió dos vasos, además de un jerez para Deborah. Les entregó las bebidas y luego le dijo a Lynley:

– ¿Me has traído algo?

– Me conoces demasiado bien.

Lynley le dio la copia de la fotografía que había cogido del centro de coordinación. Mientras lo hacía, le contó a su amigo parte de lo que había pasado ese día: Yukio Matsumoto, la persecución a través de las calles, el accidente en Shaftesbury Avenue. Luego le habló del objeto que habían encontrado en la habitación del violinista, y acabó con la conclusión de Ardery de que tenían a su hombre.

– Considerándolo bien, parece bastante razonable -contestó el otro-. Pero ¿te muestras reacio a aceptarlo?

– Me parece que el móvil del crimen es una dificultad.

– ¿Amor obsesivo? Dios sabe que eso sucede muy a menudo.

– Si hay alguna obsesión implicada en este asunto, parece más probable que sean los ángeles. Los tiene pintados en todas las paredes de su habitación.

– ¿De verdad? Eso es curioso.

Saint James se concentró en la fotografía.

Deborah se acercó a su esposo.

– ¿Qué es esto, Tommy? -preguntó.

– Lo encontraron en el bolsillo de Jemima. El SO7 dice que se trata de cornalina, pero eso es todo lo que sabemos por el momento. Esperaba que os sugiriese algo. O a falta de eso…

– ¿Qué yo pudiese conocer a alguien que fuera capaz de determinar qué es? Deja que lo examine más detenidamente. -Saint James fue hasta el escritorio, donde utilizó una lupa para estudiar la foto-. Está muy gastada, ¿verdad? El tamaño sugiere que es una piedra de un anillo de hombre, o quizá del pendiente de una mujer. O un broche, supongo.

– Pedrería, en cualquier caso -convino Lynley-. ¿Qué me dices del grabado?

Saint James se inclinó sobre la foto. Después de un momento, dijo:

– Bueno. Es pagano. Eso es obvio, ¿no crees?

– Eso fue lo que pensé. No parece celta.

– No, no. Definitivamente no es celta.

– ¿Cómo lo sabéis? -preguntó Deborah.

Saint James le pasó la lupa a su esposa.

– Cupido -dijo-. Una de las figuras grabadas en la piedra. Está arrodillado delante de otra figura. Y ella es… ¿es Minerva, Tommy?

– O Venus.

– Pero ¿la armadura? ¿Algo perteneciente a Marte?

Deborah alzó la vista.

– Eso la convierte en una pieza que tiene…, ¿cuánto, Simon? ¿Mil años?

– Yo diría que un poco más. Probablemente es del siglo tercero o cuarto.

– Pero ¿cómo pudo conseguirlo? -le preguntó Deborah a Lynley.

– Ésa es la cuestión, ¿verdad?

– ¿Podría ser la causa de que la hayan asesinado? -preguntó Deborah-. ¿Por un trozo de piedra grabada? Debe de ser muy valiosa.

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