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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– Él cree que debe elegir -dijo Hiro Matsumoto.

– ¿Elegir qué? -preguntó Isabelle.

Vio que Lynley se había desplazado hacia una cama estrecha, en cuya mesilla de noche había una lámpara, un libro y un vaso de agua de aspecto cristalino. Cogió el libro y lo abrió. De su interior cayó una tarjeta, y él se inclinó para recogerla del suelo mientras Hiro Matsumoto contestaba a la pregunta de Isabelle.

– Entre el ángel guardián y el ángel guerrero -dijo-, para proteger o para… -Él dudó, de modo que Isabelle acabó la frase.

– Para castigar -dijo-. Bien, parece que finalmente hizo su elección, ¿verdad?

– Por favor, él no…

– Jefa.

Lynley estaba mirando la tarjeta. Ella cruzó la habitación hacia su compañero. Vio que se trataba de otra de las tarjetas postales de la National Portrait Gallery con la fotografía de Jemima Hastings. También llevaba escrito «¿Ha visto a esta mujer?», pero encima de la imagen del león dormido habían garabateado un ángel como los que decoraban las paredes de la habitación. Tenía las alas desplegadas para crear un escudo, pero no llevaba armas en las manos.

– Parece como si se inclinase por la protección, no por el castigo -dijo Lynley.

Isabelle estaba a punto de decirle que no parecía nada de eso cuando el hermano de Yukio lanzó un grito. Ella se volvió rápidamente. Vio que Hiro se había acercado al lavamanos de la habitación y estaba mirando fijamente algo que había en el borde.

– ¡Aléjese de eso! -dijo con voz autoritaria, y recorrió la habitación a grandes zancadas para ver lo que Matsumoto había encontrado.

Fuese lo que fuese estaba cubierto con una costra de sangre. De hecho, estaba cubierta con una costra de tanta sangre que, aparte de su forma, era algo indefinible.

– Ah -dijo Isabelle-. Ya lo creo. No toque nada, señor Matsumoto.

* * *

La hora del día limitaba las posibilidades de aparcamiento en la zona de Chelsea. Lynley se vio obligado a caminar desde Carlyle Square. Cruzó King's Road y se dirigió hacia el río por Old Church Street. Mientras hacía este camino consideró las diversas maneras en que podía evitar un encuentro con el subinspector jefe Hillier en los próximos días y las diversas maneras en las que quizá pudiese adornar lo que había estado experimentando junto a Isabelle Ardery en el caso de que fuese inevitable una conversación con Hillier.

Quería darle carta blanca a Ardery. Era nueva en el puesto de superintendente y estaba ansiosa por demostrar su valía. Pero él también quería que se hiciera un arresto adecuado cuando llegase el momento de hacer un arresto, y no estaba convencido de que Yukio Matsumoto fuese culpable del asesinato. De que era culpable de algo no había ninguna duda. Pero asesinato… Lynley no lo veía así.

– Eso es a causa del hermano -le dijo Isabelle bruscamente cuando regresaban a Scotland Yard-. Usted le admira, y por eso quiere creer todo lo que dice. Pues yo no.

En el centro de coordinación reinaba un silencio inusual en la última reunión del día. Los otros oficiales sabían lo que había sucedido con Yukio Matsumoto en la calle, así que podía ser una de las causas de sus reticencias. La otra, sin embargo, era el incidente entre Isabelle Ardery y Philip Hale en el hospital Saint Thomas. Era un caso claro de telégrafo, teléfono, díselo-a-un-poli. Incluso si Philip no les hubiese explicado nada al resto del equipo, ellos se habrían dado cuenta de que algo pasaba simplemente al ver su comportamiento.

A última hora de la tarde aún no había llegado ninguna información adicional del hospital sobre el estado de Yukio Matsumoto, de modo que actuaban bajo la premisa de «si no hay noticias, eso son buenas noticias». Un oficial especializado en las escenas del crimen había sido enviado al estudio del violinista, y habían mandado el objeto sanguinolento lleno de costras al departamento forense para que se practicase un análisis completo. Todo el material requisado estaba siendo analizado y comprobado: las herramientas para tallar en madera de Marlon Kay estaban limpias; todas las herramientas de esculpir recogidas en el estudio próximo a Clapham Junction también estaban limpias. El paradero de Frazer Chaplin el día del asesinato había sido confirmado por sus colegas de la pista de hielo, por sus colegas en el hotel Dukes y por Bella McHaggis. El paradero de ella había sido confirmado por un estudio de yoga y sus vecinos. Aún quedaba la cuestión de si Abbott Langer realmente había sacado a pasear al perro, como declaró que había hecho aquel día, y de ser así, por dónde, y la presencia de Paolo di Fazio en Jubilee Market Hall, que podría haberse aplicado a cualquier día o a ninguno, porque realmente nadie le prestó demasiada atención. Probablemente sí estuvo allí, y probablemente era suficiente para la superintendente Ardery. Tenía grandes y fundadas esperanzas de que se pudiesen presentar cargos contra Yukio Matsumoto tan pronto como se recibiese el resto de los informes forenses.

Lynley tenía sus dudas acerca de esto, pero optó por no decir nada. Cuando acabó la reunión, se acercó al juego de tableros y dedicó varios minutos a estudiar el material que había en ellos. Examinó una de las fotografías en particular, y cuando abandonó Victoria Street, se llevó una copia con él. Era, en parte al menos, el motivo que le había llevado a Chelsea; por eso no había regresado directamente a su casa.

Resultó que Saint James no estaba en casa. Pero Deborah sí y acompañó a Lynley al comedor. Allí había dispuesto todo lo necesario para el té de la tarde, pero no era apto para consumo. Estaba tratando de decidir si quería dedicarse a la fotografía gastronómica, le dijo. Cuando se le ocurrió la idea de hacerlo, había pensado que era «más bien un insulto al "extremadamente" elevado arte de mis sueños», dijo ella.

– Pero como el «extremadamente» elevado arte de mis sueños no supone precisamente ganar grandes sumas de dinero, y como odio la idea de que el pobre Simon mantenga a su pseudoartística esposa en su senectud, pensé que fotografiar comida podía ser lo que necesito hasta que me descubran como la próxima Annie Leibovitz.

El éxito en este terreno, le explicó Deborah, se basaba en la iluminación, el atrezo, los colores y las formas. Además había consideraciones relativas a llenar excesivamente las fotografías, a sugerir que el observador sea realmente «parte» de la escena y a centrarse en la comida sin descuidar la importancia de la atmósfera.

– En realidad estoy experimentando -admitió-. Te diría que tú y yo podemos comernos todo esto cuando haya acabado, pero no te lo aconsejaría, porque los bollos los he hecho yo.

Deborah había creado toda una escena, comprobó Lynley, algo sacado directamente del Ritz, con todo lo necesario, desde una bandeja de plata con pequeños bocadillos hasta un bol lleno de nata cuajada. Incluso había un cubo para el hielo con una botella de champán en un rincón y, mientras Deborah hablaba acerca de todas esas cosas, desde el ángulo del fotógrafo hasta cómo se creaban lo que daba la impresión de ser gotas de agua sobre las fresas, Lynley reconoció en su conversación el esfuerzo por recuperar la normalidad en su relación.

– Estoy bien, Deb. Es difícil, como cabría esperar, pero voy encontrando mi camino.

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