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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Se percató de que ella se estaba retorciendo las manos y pensó absurdamente que nunca había visto a nadie que lo hiciera, si bien había leído esa expresión a menudo en los libros, como indicativo de la ansiedad de una persona. No había duda de que ella estaba abrumada por la ansiedad. ¿ La Policía Metropolitana persigue a alguien que acaba en el hospital? No importaba que se hubiesen identificado mientras le perseguían. No sería ésa la versión que darían los periódicos, y ella lo sabía. También sabía que la principal y primera cabeza que rodaría -si se reducía a eso- sería la suya.

Las puertas se abrieron. Philip Hale entró con una expresión desencajada. El sudor le recorría las sienes y le perlaba la frente. Se había quitado la chaqueta. Tenía la camisa adherida al cuerpo.

Ardery se movió. Le cogió del brazo, le puso contra la pared, y ya estaba a escasos centímetros de su cara antes de que Hale hubiese advertido siquiera que ella estaba en la habitación.

– ¿Escucha usted alguna puta vez lo que le dicen? Le dije claramente que no debían acercarse a ese hombre.

– Jefa, yo no…

– Si le perdemos, Philip, usted cargará con la culpa. Me encargaré personalmente de que así sea.

– Pero, jefa…

– Bajo revisión, en el dique seco, en la garita. Lo que sea necesario para que me preste atención, porque cuando yo digo que no debe acercarse a un sospechoso, no quiero decir ninguna otra jodida cosa, de modo que dígame, por todos los malditos santos dígame, Philip, qué parte de eso no entendió, porque tenemos a un hombre que fue atropellado por un coche y es probable que muera. Y si piensa que alguien va a pasar página y fingir que no ha ocurrido nada, entonces será mejor que tenga otra jodida idea sobre este asunto y será mejor que sea ahora mismo.

El inspector desvió la mirada hacia Lynley. No podía haber, Lynley lo sabía, un policía mejor y una persona más decente que Philip Hale. Cuando le daban una orden la seguía al pie de la letra, que era precisamente lo que había hecho en este caso y todos los demás lo sabían.

– Algo le asustó, jefa -dijo Hale-. Un momento estaba tocando el violín y al momento siguiente estaba huyendo a toda carrera. No sé por qué. Juro por Dios…

– Lo jura por Dios, ¿verdad? -Ella le sacudió el brazo. Lynley pudo ver la tensión en sus dedos; la presión debía de ser intensa porque las puntas de los dedos estaban rojas y la piel debajo de las uñas se había vuelto carmín-. Oh, eso es muy bonito, Philip. Coja el toro por los cuernos. Asuma la responsabilidad. No tengo tiempo para hombres que gimotean como…

– Jefa. -Lynley intervino con calma-. Ya está bien.

Ardery abrió los ojos como platos. Él pudo ver que se había comido la pintura de labios y lo que reemplazaba el color en su rostro eran dos círculos de furia roja en las mejillas. Antes de que pudiese responder, él dijo con tono urgente:

– Tenemos que ir a ver a su hermano y explicarle lo que ha pasado.

Ella intentó decir algo, pero Lynley añadió:

– No queremos que se entere por las noticias. No deseamos que nadie importante para la investigación se entere de ese modo.

Con eso Lynley se refería a Hillier y ella tendría que haberlo sabido, aun cuando estuviese dominada por demonios que él reconocía muy bien, pero que nunca había entendido realmente.

Ardery soltó el brazo de Hale.

– Vuelva a jefatura -le dijo, y luego dirigiéndose a Lynley-: Ya son dos veces. Queda advertido.

– Entendido -dijo él.

– Y eso no supone ninguna jodida diferencia, ¿verdad? -Luego se volvió nuevamente hacia Philip Hale-. ¿Es usted idiota, Philip? ¿No ha oído lo que acabo de decirle? ¡Vuelva a jefatura!

Philip Hale pasó su mirada de Ardery a Lynley, y nuevamente a Ardery.

– Jefa -dijo asintiendo brevemente, y se marchó. Lynley vio que sacudía la cabeza cuando se alejaba.

– Tratemos de localizar a su hermano -dijo Ardery, y comenzó a pasearse.

Mientras Lynley hacía las llamadas necesarias no dejó de observarla. Se preguntó en qué momento haría otra visita al lavabo, porque tenía muy pocas dudas de que necesitaba desesperadamente un trago.

Sin embargo, durante los cuarenta minutos que ambos esperaron a que la abogada de Hiro Matsumoto localizara al violonchelista y le llevase al hospital Saint Thomas, la superintendente interina permaneció en la sala de espera, por lo que Lynley desarrolló un reticente respeto por la forma en que se controlaba. Ardery hizo las llamadas apropiadas a la jefatura, informando de lo sucedido a la oficina de prensa y pasando también la información a la oficina de Hillier. El subinspector jefe, supuso Lynley, le daría a Ardery un buen rapapolvo. No había nada que Hillier odiase más que tener mala prensa. La mitad de Londres podía dispararle a la otra mitad en la calle y Hillier estaría menos preocupado que si la portada de un tabloide fuera: Más brutalidad policial.

Cuando finalmente llegaron, Hiro Matsumoto estaba mucho más tranquilo que su abogada, que echaba fuego por la boca y amenazaba con iniciar acciones legales, nada de lo cual resultaba una sorpresa. Solamente interrumpió su monólogo cuando se les unió el médico que había recibido al violinista y había atendido sus lesiones. Era un hombre muy pequeño, con orejas muy grandes y extrañamente transparentes y llevaba una placa de identificación en la que se leía Hogg. Habló directamente con Hiro Matsumoto, reconociéndole sin duda como la persona que estaba relacionada más íntimamente con el hombre herido. El médico ignoró a los demás.

Un hombro fracturado y una cadera rota fue lo que les dijeron primero, lo que sonaba esperanzador considerando lo terribles que podrían haber sido las consecuencias del accidente. Pero, a continuación, el doctor Hogg añadió a la mezcla una fractura de cráneo y hematoma subdural agudo, además del hecho de que el tamaño de la herida provocaría un peligroso incremento de la presión intracraneal, que a su vez causaría daños en el delicado tejido cerebral si no hacían algo inmediatamente. Ese algo era descompresión, practicada sólo mediante una intervención quirúrgica. Yukio Matsumoto estaba siendo preparado para ingresar en quirófano mientras ellos hablaban.

– Ese hombre es sospechoso de asesinato -informó Isabelle Ardery al médico-. Es necesario que hablemos con él antes de que hagan cualquier cosa para dejarle inconsciente.

– El paciente no está en condiciones… -comenzó a decir el médico, sólo para ser interrumpido tanto por el hermano como por la abogada del hermano.

Uno dijo: «Mi hermano no mató a esa mujer», mientras la otra decía: «Usted sólo debe hablar conmigo, señora, y quiero asegurarme de que eso quede muy claro. Y si se acerca a Yukio Matsumoto sin mi conocimiento…».

– No me amenace -la interrumpió Isabelle Ardery.

– Lo que haré, lo que pienso hacer, es averiguar exactamente qué fue lo que hizo que las cosas se desarrollaran de esta increíble manera y, cuando lo haya hecho, se encontrará sometida a un escrutinio legal como no ha visto en su vida. Espero haberme expresado con absoluta claridad.

El médico dijo bruscamente:

– Mi interés es el herido y no la disputa que mantienen ustedes dos, señoras. El paciente será operado y no hay nada más que hablar.

– Por favor -dijo Hiro Matsumoto con voz apacible. Tenía los ojos húmedos-. Mi hermano. ¿Vivirá?

La expresión de médico se suavizó.

– Es una herida traumática, señor Matsumoto. Haremos todo lo que esté en nuestras manos.

Cuando el médico se marchó, Isabelle Ardery habló, dirigiéndose a Lynley:

– Necesitamos recoger su ropa para el análisis forense.

– Eso ya lo veremos -intervino Zaynab Bourne.

– Es el principal sospechoso en una investigación criminal -replicó Ardery-. Tendremos la orden correspondiente y nos llevaremos la ropa, y si tiene algún problema con eso, puede presentar su queja a través de los canales apropiados. -Se dirigió a Lynley-: También quiero a alguien asignado aquí, alguien que sea capaz de controlar cualquier situación que se pueda producir. En el momento en que el sospechoso esté en condiciones de hablar, queremos que un oficial esté en la habitación con él.

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