Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Escuchó a Philip Hale al teléfono:
– Nos descubrió, jefa. No sé cómo. Estamos…
– Le veo -dijo ella-. Perseguidle. Si le perdemos aquí, lo habremos perdido para siempre. -Y a Lynley-. Joder. Joder.
El violinista corría entre la multitud. Los gritos de protesta fueron seguidos casi de inmediato por gritos de «¡Policía! ¡Alto! ¡Detengan a ese hombre!» y, a continuación, se produjo una especie de locura colectiva. Porque parte de la oscura historia de la Policía Metropolitana en cuanto a la persecución de cualquiera era un relato que incluía la muerte a tiros de un civil desarmado e inocente en el metro, y nadie quería estar en la línea de fuego. No importaba que estos policías de paisano no estuviesen armados, la muchedumbre ignoraba ese dato. La gente echó a correr en todas direcciones mientras las madres cogían a sus hijos, y los esposos a sus mujeres. Por otro lado, las personas que tenían alguna cuenta que ajustar con la Policía hacían todo lo posible por interponerse en su camino.
– ¿Adonde ha ido? -le preguntó Isabelle a Lynley.
– ¡Allí! -dijo él, y señaló aproximadamente hacia el norte. Ella siguió el gesto con la mirada y vio la cabeza oscilante de un hombre y luego el negro de la chaqueta del esmoquin, y se lanzó tras él, gritando a través del teléfono-. Phillip, se dirige hacia el norte por… ¿Dónde? -le preguntó a Lynley.
– James Street -dijo Lynley-. En dirección a Long Acre.
– James Street… -repitió ella-. En dirección… ¿adónde?… Joder. Hable usted con él. -Le lanzó el móvil a Lynley y echó a correr, abriéndose paso a través de la multitud con gritos de «¡Policía! ¡Policía! ¡Dejen paso!».
Matsumoto había llegado al final de la calle corriendo por el centro de ésta, sin importarle a quien se llevase por delante en su huida. Niños caídos, un kiosco volcado y bolsas de la compra pisoteadas marcaban su estela, pero nadie hizo nada ante los gritos de «¡Deténganle!».
En la persecución, Lynley y ella les llevaban ventaja a Philip Hale y sus hombres. Pero Matsumoto era rápido. Estaba impulsado por el miedo y por cualesquiera demonios que tuviese dentro de la cabeza.
Delante de ella, Isabelle vio que corría directamente hacia Long Acre, donde el sonido estridente de una bocina le indicó que había estado a punto de ser atropellado por un coche. Aceleró la carrera a tiempo para ver que Matsumoto se desviaba a toda velocidad por otra calle. Corría como si su vida dependiese de esa huida, el violín aferrado contra el pecho, el arco perdido hacía rato.
Isabelle le gritó a Lynley:
– ¿Adónde lleva esa calle? ¿Adónde se dirige Matsumoto?
– Shaftesbury Avenue -le dijo Lynley, y luego a través del teléfono móvil-. Philip, ¿puedes alcanzarle por otra ruta? Está a punto de cruzar Shelton Street. No presta atención adónde se dirige o a lo que hay a su alrededor. Si consigue llegar a Shaftesbury… Sí. Sí. De acuerdo. -Entonces se dirigió a Isabelle-. Habrá policías uniformados en alguna parte cerca de aquí. Hale ha avisado a la Met.
– Joder, no queremos policías uniformados, Thomas.
– No tenemos alternativa.
Continuaron corriendo tras él. Matsumoto golpeaba peatones a diestro y siniestro. Chocó contra un cartel de anuncio del Evening Standard. Ella pensó que ya le tenían porque el vendedor consiguió cogerle de un brazo al tiempo que le gritaba, «¡espera un momento, coño!». Pero Matsumoto empujó al hombre contra el escaparate de una tienda con enorme violencia. El cristal se rajó y luego estalló en una lluvia de fragmentos que cubrieron la acera.
Llegó a Shaftesbury Avenue. Giró hacia la derecha. Isabelle esperó en vano que hubiese un policía uniformado, porque cuando Lynley y ella doblaron en la esquina, pudo ver el peligro y comprendió en una fracción de segundo lo que probablemente pasaría si no le detenían ahora mismo.
Algo que no podían hacer. «No» lo podían hacer.
– ¿Qué es este lugar? -le preguntó a Lynley. Él había conseguido alcanzarla y la había adelantado, pero ella le seguía de cerca.
– High Holborn, Endell, New Oxford… -Su respiración era agitada-. No podemos dejar que cruce.
Ella lo sabía muy bien. Coches, taxis, camiones y autobuses desembocaban en este lugar…, y desde todas las direcciones.
Sin embargo, Matsumoto tenía toda la intención de cruzar, y eso fue lo que hizo, sin mirar a derecha o izquierda, como si estuviese corriendo en un parque y no por una calle congestionada de tráfico.
El taxi que le atropelló no tuvo ninguna posibilidad de frenar. Llegó desde el noreste y, al igual que todos los demás medios de transporte en la vasta confluencia de calles que vomitaban docenas de vehículos en toda dirección, llegó velozmente. Matsumoto había salido disparado de la acera, había intentado cruzar la calle y el taxi le había alcanzado de lleno. Su cuerpo había salido despedido en un espeluznante vuelo.
– ¡Dios bendito! -Isabelle oyó el grito de Lynley. Y luego él comenzó a gritar por el teléfono-. ¡Philip! ¡Philip! Le ha atropellado un coche. Consigue una ambulancia enseguida. En Shaftesbury Avenue, cerca de Saint Giles High Street -añadió mientras alrededor de ellos el chirrido de los frenos y el estruendo de las bocinas llenaban el aire, mientras el taxista saltaba fuera de su coche y (con las manos en la cabeza) corría hacia el cuerpo desmadejado de Yukio Matsumoto; un conductor de autobús se unió a él y luego otros tres, hasta que el violinista quedó oculto a la vista.
– ¡Policía! ¡Policía! ¡Atrás! ¡No le mováis! -gritó Lynley.
Y mientras tanto ella se daba cuenta de que había tomado la decisión equivocada -la peor de las decisiones- al ordenar que un equipo fuese detrás de ese hombre.
Cuando accedió a formar parte de la brigada criminal de Isabelle Ardery para esta investigación, el último sitio que Lynley habría considerado como uno de los lugares donde quizá tuviese que presentarse era la sala de Accidentes y Urgencias del Hospital Saint Thomas, los mismos corredores y habitaciones en los que había tenido que tomar la decisión de dejar morir a Helen y a su hijo. Pero allí fue donde la ambulancia llevó a Yukio Matsumoto. Cuando Lynley atravesó las puertas de entrada a la silenciosa sala de heridos, fue como si el tiempo no hubiera pasado entre aquel momento y las horas posteriores a lo que le había ocurrido a su esposa. Los olores eran los mismos: antisépticos y productos de limpieza. Las vistas eran como habían sido entonces: las sillas azules unidas entre sí y alineadas contra las paredes, los tableros de anuncios acerca del sida, otras enfermedades de transmisión sexual y la importancia de lavarse las manos con frecuencia. Los sonidos seguían siendo universales: la llegada de las ambulancias, la precipitación de los pasos, órdenes exigentes impartidas a viva voz mientras las camillas transportaban a los heridos a las áreas donde los examinaban. Lynley veía y oía todo esto, y fue transportado al momento en que entró allí y se enteró de que a su esposa le habían disparado en la escalera de entrada de su casa, que la ayuda había tardado veinte minutos en llegar, y que en ese tiempo Helen se había quedado sin oxígeno mientras su corazón bombeaba sangre inútilmente a la cavidad de su pecho. Era todo tan real que se quedó sin aliento, se paró en seco y no volvió en sí hasta que oyó que Isabelle Ardery pronunciaba su nombre.
Su tono de voz le aclaró la cabeza. Ella le estaba diciendo «…policías uniformados aquí, las veinticuatro horas, dondequiera que esté, dondequiera que le lleven. Joder, qué desastre. Le dije que no debían acercarse a él».