Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Luego se volvió hacia Hiro Matsumoto y le preguntó si podía decirles dónde vivía su hermano.
Su abogada estaba a punto de protestar, pero Matsumoto dijo:
– No, por favor, señora Bourne. Creo que es en interés de Yukio que aclaremos este asunto cuando antes.
– Hiro, usted no puede…
La señora Bourne alejó a Matsumoto de Ardery y Lynley. Le habló al oído con gestos imperativos y él la escuchó con expresión seria. Pero el resultado final no fue diferente. Él sacudió la cabeza. Ambos intercambiaron algunas palabras más y Zaynab Bourne se dirigió hacia la puerta de salida al tiempo que abría su teléfono móvil. Lynley tenía muy pocas dudas de que la abogada poseía recursos, que estaba intentando poner en marcha en ese momento, para encender una hoguera debajo de los pies de la Policía Metropolitana.
Hiro Matsumoto regresó adonde estaban los policías.
– Vamos. Les llevaré allí.
Isabelle llamó al subinspector jefe Hillier cuando cruzaban el río, en dirección a Victoria Embankment para evitar Parliament Square. Previamente había hablado sólo con la secretaria de Hillier, agradecida por la oportunidad de ensayar cómo proporcionar la información que probablemente pondría al subinspector jefe en órbita. Hillier dijo, a modo de saludo: «Cuénteme». Isabelle, consciente de la presencia de Hiro Matsumoto en el asiento trasero del coche, le proporcionó la menor cantidad de información posible. Concluyó su informe con:
– En este momento se encuentra en el quirófano. Su hermano está con nosotros. Nos dirigimos a la casa del sospechoso.
– ¿Tenemos a nuestro hombre?
– Es muy posible.
– Considerando la situación, no necesito que sea posible. Necesito que sea probable. Necesito que sea sí.
– Eso lo sabremos muy pronto.
– Dios quiera que así sea. Venga a mi despacho cuando haya terminado. Necesitamos reunimos con Deacon.
Ella no sabía quién demonios era Deacon, pero no pensaba pedirle a Hillier que lo identificase. Dijo que estaría allí tan pronto como pudiese y, cuando acabó la conversación, se lo preguntó a Lynley.
– Es el jefe del Departamento de Prensa -le contestó-. Hillier está organizando a la caballería.
– ¿Cómo me preparo?
Lynley negó con la cabeza.
– Nunca he sabido cómo hacerlo.
– Philip metió la pata en esto, Thomas.
– Eso es lo que usted piensa.
La manera en que pronunció esas palabras, como una afirmación, pareció una manifestación de su opinión personal, una valoración. Y también, tal vez, una declaración de su lealtad.
No volvieron a hablar, simplemente viajaron envueltos en un tenso silencio hasta Charing Cross Road, desde donde Hiro Matsumoto les dirigió hacia el cruce con Denmark Street. Allí una estructura de ladrillo rojo de ocho plantas alojaba un bloque de viviendas llamado Shaldon Mansions, cuyos bajos estaban ocupados por una serie de tiendas, temáticamente similares, todas de música, que se extendían calle abajo -venta de guitarras, baterías y diferentes tipos de instrumentos de viento-, y más adelante había kioscos de periódicos, tiendas de maletas, cafés y librerías. La entrada a los apartamentos consistía en una abertura encajada entre un kiosco llamado Keira News y una tienda apodada Mucci Bags. Cuando se dirigían hacia allí, Isabelle advirtió que Lynley ralentizaba el paso, de modo que se volvió para encontrarle mirando fijamente el edificio. Ella preguntó: «¿Qué?», y él dijo: «Paolo di Fazio».
– ¿Qué pasa con él?
– Aquí es donde le trajo Jemima Hastings. -Señaló con la cabeza la entrada del edificio-. La noche en que se conocieron. Él dijo que le había llevado a un piso que estaba encima de Keira News.
Isabelle sonrió.
– Bien hecho, Thomas. De modo que ahora sabemos cómo llegó Yukio a conocer a Jemima.
– Saber que ellos quizá se conocían no significa… -dijo Hiro Matsumoto.
– Por supuesto que no -interrumpió Isabelle, bruscamente. Cualquier cosa con tal de mantenerle en movimiento. Cualquier cosa con tal de que los llevase al apartamento de su hermano, ya que no parecía que hubiera ningún conserje que les indicase cuál era.
El violonchelista, lamentablemente, no tenía la llave. Pero, tras tocar varios timbres, golpear otras tantas puertas y formular algunas preguntas aquí y allá, acabaron en Keira News. Allí la identificación de Isabelle hizo que apareciera una llave maestra para todos los pisos en Shaldon Mansions, conservada por el dueño de la tienda, quien cumplía la doble función de receptor de paquetes y contacto de urgencia en caso de que se produjera una situación de crisis en el edificio.
Indudablemente, era un momento crítico, como se encargó de explicar Isabelle al dueño de Keira News. El hombre le entregó la llave y estaban a punto de marcharse cuando Lynley se detuvo para preguntarle por Jemima Hastings. ¿La conocía? ¿La recordaba? ¿Ojos inusuales, uno verde y el otro marrón?
Los ojos fueron la clave. Ella efectivamente había vivido en Shaldon Mansions, en un estudio con baño compartido, muy similar al que estaban tratando de acceder.
Este dato confirmó otra conexión entre Yukio Matsumoto y Jemima Hastings, y el hecho alegró enormemente a Isabelle. Una cosa era relacionarlos a través de Covent Garden, otra cosa muy distinta era relacionarlos a través del lugar donde ambos vivían. Las cosas estaban mejorando.
El estudio de Yukio estaba en la quinta planta del edificio, un lugar donde la amplitud de los pisos inferiores se reducía a gabletes escalonados y un tejado con mansarda. En ese exiguo espacio las habitaciones se abrían a un corredor estrecho donde el aire era tan viciado que probablemente no se hubiese ventilado desde la primera guerra del Golfo.
Dentro del estudio de Yukio Matsumoto la atmósfera era opresivamente calurosa, y todo el lugar estaba perturbadoramente decorado con figuras del suelo al techo dibujadas en las paredes con rotuladores. Las figuras, a docenas, surgían con aspecto amenazador desde todas partes. Un ligero examen indicó que representaban ángeles.
– En nombre de Dios, qué… -susurró Isabelle mientras, junto a ella, Lynley sacó sus gafas de leer para estudiar más detenidamente las figuras garabateadas en las paredes. Detrás de ella, oyó que Hiro Matsumoto lanzaba un suspiro trémulo. Le miro. Parecía infinitamente triste.
– ¿Qué es todo esto? -preguntó Isabelle.
La mirada del violonchelista se paseó de un dibujo a otro.
– Él cree que le hablan. La horda celestial.
– ¿La qué?
– Las diferentes clases de ángeles -dijo Lynley.
– ¿Es que hay más de una clase?
– Hay nueve clases de ángeles.
Y sin duda podría enumerarlos, pensó Isabelle con malhumor. Bueno, ella no quería saber -tampoco necesitaba saberlo- las categorías de los lo-que-fuesen celestiales. Lo que ella necesitaba saber era qué relación tenía eso, si es que había alguna, con la muerte de Jemima Hastings. No se le ocurrió nada. Pero Hiro dijo:
– Ellos combaten por él. En su cabeza, por supuesto, pero él los oye y a veces piensa que también puede verlos. Lo que él ve son personas; puesto que en el pasado los ángeles se presentaban con apariencia humana. Y, por supuesto, siempre se los describe con forma humana en el arte y en los libros y, debido a eso, él cree que es uno de ellos. Yukio cree que le están esperando para que manifieste su intención. Es el núcleo de su enfermedad. Sin embargo, eso demuestra que no ha hecho daño a nadie, ¿verdad?
Isabelle contempló los dibujos mientras Lynley recorría la habitación lentamente, con la mirada fija en las paredes. Había ángeles que descendían a estanques donde los seres humanos yacían apiñados y con los brazos extendidos en un gesto de súplica; había ángeles que conducían a demonios a trabajar en un templo que se alzaba a lo lejos; había ángeles con trompetas, ángeles que llevaban libros, ángeles con armas, y una enorme criatura con las alas desplegadas que dirigía un ejército, mientras cerca de allí otra criatura provocaba la destrucción de una ciudad de apariencia bíblica. Y una sección completa de la pared parecía representar una lucha entre dos tipos de ángeles: uno con armas y el otro con las alas desplegadas para cubrir a los seres humanos encogidos de miedo debajo de ellas.