Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
Robert Martin no quería responder. Se lamió los labios, pero fue como si la fría presión de las palabras del asesino hubiese absorbido toda la humedad de su interior.
La navaja dio otra sacudida bajo su barbilla, y él notó una leve punzada.
– ¿Estoy en lo cierto? -repitió el asesino.
– Sí -contestó Martin con un hilillo de voz. Se impuso otro momento de silencio antes de que el asesino continuase.
– Era una respuesta previsible. Pero dígame una cosa. Usted ha hablado con él. Supongo que ha llegado a conocerlo un poco. ¿Cree usted que Jeffrey estaría dispuesto a matarme también?
– No lo sé. No tenía la menor intención de dejar esa decisión en sus manos.
El hombre de la navaja reflexionó sobre ello.
– Ha sido una respuesta sincera, inspector. Se lo agradezco. Estaba previsto desde el principio que usted fuese el asesino en esta historia, ¿verdad? El papel de Jeffrey debía ser limitado. Clave pero limitado. ¿Me equivoco?
A Martin le pareció que mentir sería un error.
– Es evidente que no se equivoca.
– Usted no es un policía en realidad, ¿no, inspector? Es decir, quizá lo fue alguna vez, pero ya no. Ahora no es más que un matón a sueldo del estado. Alguien que se dedica a recoger los estropicios, ¿verdad? Una especie de servicio de limpieza especializado.
El agente Martin se quedó callado.
– Me he leído su expediente, inspector.
– Entonces no tiene por qué hacerme todas estas preguntas.
La voz soltó una única y áspera carcajada.
– Me ha pillado -dijo. Aguardó un instante antes de continuar-. Pero mi mujer y mi hija, ¿cómo encajan ellas en esta ecuación? Su marcha de Florida me cogió por sorpresa. Era allí donde iba a organizar mi reencuentro con ellas.
– Eso fue idea de su hijo. No estoy muy seguro de qué quiere que hagan.
– ¿Tiene idea de cuánto las he echado de menos en los últimos años, de lo mucho que he deseado que volvamos a estar juntos? Incluso en la vejez, un tipo malvado como yo necesita el consuelo de su familia.
Martin sacudió la cabeza levemente.
– No me venga con gilipolleces sentimentales. No me lo creo. El asesino se rio de nuevo.
– Vaya, inspector, al menos no es usted tonto. Bueno, un poco tonto sí, pues de lo contrario no habría venido sin fijarse en que un coche le seguía. Y desde luego ha sido lo bastante tonto para no cerrar con llave las puertas de su coche. ¿Por qué no lo ha hecho, inspector?
– Nunca lo hago. Aquí no. Este mundo es seguro.
– Ya no lo es, ¿o sí?
Martin no respondió, y de pronto la navaja le presionó la garganta con un poco más de fuerza. Él notó que una gota de sangre le resbalaba por el cuello hasta mancharle el cuello de la camisa.
– No lo entiende, ¿verdad, inspector? Nunca lo ha entendido.
– ¿Entender qué?
– Matar es una cosa. Mucha gente lo hace. Es una constante en la vida actual. Incluso el hecho de matar con total impunidad, libertad y regularidad. No es difícil cometer un asesinato sin sufrir las consecuencias. Ni siquiera es algo que llame mucho la atención, ¿no es cierto?
– Sí. Su hijo me comentó algo muy parecido.
– ¿En serio? Chico listo. Pero, inspector, póngase en mi lugar. No debería costarle mucho, después de todo, es lo que hacen los policías, ¿no? Regla número uno: aprender a pensar como un asesino. Reproducir esas pautas mentales. Prever esos arranques de emoción. Asimilar los propios pensamientos a los de él. Si uno consigue entender lo que impulsa al asesino a matar, debería poder encontrarlo, ¿verdad? ¿No es eso lo que se enseña? ¿No lo dicen en todos los cursos? ¿No es una lección transmitida por todos los inspectores viejos, en edad de jubilarse, a todos los recién llegados prometedores que ascienden desde los rangos inferiores?
– Sí.
– ¿Y nunca se le ha ocurrido que a la inversa funciona igual de bien? Lo único que tiene que hacer a su vez un asesino realmente competente y eficiente es aprender a pensar como un policía. ¿No lo había pensado, inspector?
– No.
– No pasa nada. No es usted el único con esta ceguera. Pero a mí sí que se me ocurrió, hace muchos años. -El hombre de la navaja vaciló-. Y tenía usted razón. Por aquel entonces, herví ese primer par de esposas después de quitárselas a aquella joven.
Las manos de Robert Martin se tensaron. La luz del amanecer empezaba a inundar el coche, pero él continuaba sin poder ver la cara del hombre. Sentía el aliento del asesino en el cogote, pero eso era todo.
– ¿Se arrepiente de no haberme dado caza un poco más diligentemente hace veinticinco años?
– Sí. Sabía que era usted, pero no había pruebas para incriminarle.
– Y yo sabía que usted sabía que era yo. Desde luego, la diferencia entre otras personas como yo y yo es que yo no tengo miedo. Nunca. Siempre he estado muy lejos del perfil del asesino típico, inspector. Soy blanco, culto, inteligente y sé expresarme. Era un profesional del mundo académico. Casado, con una familia estupenda. Ellos, claro está, eran la pieza clave. El camuflaje perfecto. Me daban un cariz de normalidad. La gente es proclive a creerse cualquier cosa sobre un soltero… incluso la verdad. Pero ¿un hombre con una familia aparentemente cariñosa y bien avenida? Ah, un hombre así puede salirse con la suya haga lo que haga. Aunque cometa una docena de asesinatos. -Tosió una vez-. Y, por supuesto, yo lo hice.
El asesino se quedó callado de nuevo. Martin cayó en la cuenta de que el hombre lo estaba pasando bien. La ironía de la situación casi lo hizo sonreír. El padre de Jeffrey era como cualquier otro profesor de universidad: enamorado, cautivado por el campo en que se ha especializado. Si de él dependiera, no hablaría de otra cosa. El problema, claro está, estribaba en que su especialidad era la muerte.
De pronto, las palabras del asesino se tiñeron de amargura. Martin percibió la ira que hacía vibrar el aire viciado justo detrás de su oreja derecha.
– Maldita sea esa arpía. Ojalá arda para siempre en el infierno. Cuando me los robó, me robó mi tapadera. ¡Robó lo que yo había creado! ¡Me robó la perfección que había en mi vida! Es la única vez que he tenido miedo, ¿sabe? Cuando tuve que explicarle a usted por qué se fueron. Durante unos minutos, temí que usted se oliese la verdad. Pero no lo hizo. No era lo bastante inteligente.
De repente el inspector tuvo frío. Se estremeció sin querer.
– Debería haberlo sido -respondió-. Lo sabía. Simplemente no actué en consecuencia.
– Atado de pies y manos por el sistema, ¿no, inspector? Las leyes, las normas, las convenciones sociales, ¿no es cierto?
– Sí.
– Pero aquí la cosa no funciona exactamente igual, ¿verdad? -No.
– Y ésa es la razón de ser de este nuevo estado, ¿no?
– Sí.
– Y mi razón de ser también.
– No le sigo.
– Déjeme explicarle, inspector. En realidad no es tan complicado. El mundo está repleto de asesinos. Asesinos de todas las formas, tamaños y estilos. Hay quienes matan por la emoción de hacerlo, quienes matan por motivos sexuales, quienes matan por dinero o por toda clase de razones. La muerte actúa a diario, no, cada hora… no, minuto a minuto. Segundo a segundo. La muerte violenta es algo común y corriente, habitual. Ya no nos escandalizamos, ¿verdad? ¿Depravación? Vaya cosa. ¿Sadismo? Nada nuevo. De hecho, utilizamos la violencia y la muerte como entretenimiento. Nos excita. Está presente en nuestro cine, nuestra literatura, nuestro arte, nuestra historia, nuestras almas… Es -dijo el asesino, tomando aire- nuestra auténtica aportación al mundo.