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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Era una sorprendente batalla de habilidad, fuerza bruta y suerte. Dos de los barcos que en cabeza luchaban violentamente contra el viento chocaron, sus velas se enmarañaron, y encallaron juntos en un banco de arena. Entonces un equipo más cauteloso atravesó la línea de meta, entre los aplausos del público que llenaba la orilla. Las mujeres, divertidas, reían y señalaban a la docena de afortunados varones de mirada abrasadora que fueron conducidos por las representantes de los clanes que habían decidido tener retoños veraniegos aquel año.

Me recordó la carrera de caballos: aquellos sementales bajo rienda, esforzándose por vencer para sus orgullosas propietarias. Con ese pensamiento, tuve que mirar hacia otro lado.

—Ven. Sé que querrás ver esto —dijo Iolanthe. Sus hermanas y ella me condujeron a un pabellón situado al fondo del recinto de la feria; más sucio que la mayoría, estaba hecho de un tejido gris y rudo pensado para que durara muchas estaciones. Al entrar, parpadeé durante unos instantes, preguntándome qué me resultaba a la vez extraño y familiar en la gente que se congregaba ante las diversas cabinas y expositores. Entonces me di cuenta. ¡Casi nadie era igual! Después de semanas en Caria, conociendo a delegaciones de altos clanes, acostumbrándome a visiones dobles, triples y cuádruples de los mismos tipos faciales, resultaba desorientador ver tanta diversidad en un mismo lugar. Había incluso algunos hombres mayores llegados de lejanas ciudadelas para mostrar sus productos y mercancías.

—Este lugar es para las vars —especulé.

Iolanthe asintió.

—O enviadas únicas de clanes pobres y jóvenes. Aquí, cualquiera con algo nuevo y especial que mostrar tiene su oportunidad, la esperanza de dar el salto afortunado.

¿Qué intentaba demostrarme? ¿Que la sociedad de Stratos permite el cambio? ¿Que sus Fundadoras habían dejado medios para que entrara aire nuevo, de vez en cuando? ¿O estaba sugiriendo sutilmente algo más? Mientras iba de expositor en expositor, advertí un claro déficit: una falta de suavidad o de la relajada presuposición de habilidad que las hijas de los clanes antiguos llevaban con la misma naturalidad que la ropa que vestían.

Las mujeres de aquella tienda estaban ansiosas por mostrar los productos de su trabajo e ingenuidad. En los pasillos podían verse compradoras de grandes casas comerciales a la caza de algo que mereciera su interés y su tiempo. Aquí, en un momento, una var podía alcanzar el éxito. Generaciones más tarde, su innovación podía convertirse en la base de la riqueza de un clan.

Claramente, ésa es la esperanza. E, igual de claro, pocas en esta enorme sala la verían hacerse realidad. Con cuánta frecuencia la esperanza viene sazonada de amargura.

En la Tierra solían decir que encontramos la inmortalidad a través de nuestros hijos. Es un consuelo, aunque la mayoría de nosotros sabe que cuando morimos, cesamos.

Sin embargo, en Stratos… Ya no sé qué pensar. Bajo aquel dosel, en el último extremo del recinto de la feria, sentí algo familiar que me había parecido remoto en la Casa Nitocri, o en las cámaras de mármol de la acrópolis.

En el Pabellón Var, noté un familiar aroma de mortalidad.

18

Los oponentes ofrecieron alterar las reglas.

Maia sabía que era algo que se hacía con bastante frecuencia. Aproximadamente una partida de Vida de cada cinco contenía alguna variante acordada. Éstas oscilaban entre usar límites extraños hasta alternar los cánones fundamentales del juego: incluir más de dos colores, o cambiar la forma en que las piezas respondían al estatus de sus vecinas.

En este caso, no se pretendía nada complicado. Para ahorrar tiempo (y quizá recalcar la indefensión de sus adversarios), el pinche de cocina y el grumete sugirieron que cada bando colocara cuatro filas cada vez, en lugar de sólo una. Ya que ellos abrirían la partida, se trataba de una concesión generosa, como ceder un peón a un oponente de ajedrez. Maia y Renna podrían ver una disposición más amplia del otro lado del tablero, y discutir posibles cambios antes de colocar cada una de sus filas.

Maia observó tensa cómo los dos jóvenes colocaban sus piezas. Fueron pasando los segundos y notó que se le deshacía lentamente el nudo del estómago. No son tan imaginativos, después de todo, pensó. O se vuelven perezosos. El oasis de los muchachos ya quedaba claro en una zona protegida por una variedad afilada de pauta llamada «verja larga».

Maia encontraba divertido estar allí de pie leyendo un tablero de juego de aquella forma. La noche anterior, durante su primera partida, había tenido uno o dos momentos de inspiración, pero estaba demasiado confundida y preocupada para disfrutar del proceso, o para relajarse y contemplar el juego como un conjunto. Eso había cambiado con los preparativos de aquella tarde y la sesión con Renna explorando posibilidades. Ahora sentía un extraño desapego, aunque estaba ansiosa, como si se hubiera roto en ella una barrera, llevando algo más allá de la mera curiosidad.

Casi con toda certeza aquello era una consecuencia de la cruel conversación mantenida con Baltha, que le había hecho desesperar, al menos de tener la camaradería de las mujeres. Pero eso no explicaba del todo su súbita pasión por aquel juego.

Debo aceptarlo. Soy anormal.

Su afición no había empezado con aquel viaje, ni al conocer a Renna, ni siquiera al estudiar navegación con el viejo Bennett. A los tres años, le encantaba bajar a los muelles y ver a los marineros rascarse la barba y comentar la disposición de sus piezas mecánicas. Muchas mujeres disfrutaban del baile de formas, aunque siempre había habido algo implícito en las indulgentes apreciaciones de las ciudadanas. Nadie decía claramente que aquello no era cosa de niñas. Habían bastado las miradas de desdén, sobre todo las de Leie. Ansiosa por encajar en una corriente, la joven Maia había imitado las palabras de afectuoso desprecio, reprimiendo, según veía ahora en retrospectiva, aquella primera fascinación.

Siempre me han encantado las pautas, los rompecabezas. Tal vez todo sea un error. Debería haber sido un muchacho.

No se tomaba en serio aquel irónico pensamiento de pasada. Maia se sentía profundamente femenina. Sin duda se había topado simplemente con un talento insensato que se ponía de manifiesto. Un talento que, ay, carecía de mucha utilidad en la vida real. No conocía ningún nicho lucrativo en la sociedad de Stratos para una mujer navegante capaz también de practicar juegos masculinos.

Ningún nicho. Ningún camino dorado hacia el matriarcado. Pero tal vez una vida. A Naroin parece irle bien pasando la mayor parte del año en el mar.

Era curioso pensar en hacer carrera como marinera. La ruda camaradería que Naroin y las otras vars compartían con los marineros tenía sus atractivos. Por otro lado, ¿una vida de izar cabos y asegurar cabrestantes…? Maia sacudió la cabeza.

El público se congregó. Los muchachos colocaron sus piezas, al principio deprisa, luego deteniéndose a señalar y discutir antes de alcanzar un consenso y continuar su tarea. Maia sofocó un bostezo, se metió las manos en los bolsillos del abrigo, y movió los pies para activar la circulación. La tarde de invierno era suave. Bancos de nubes bajas y oscuras servían para retener parte del calor del día. Cuando las sombras ocre de la puesta de sol ya teñían el horizonte, encendieron las lámparas que colgaban sobre la zona de juegos.

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Главный герой
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