Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Fue dibujando mientras hablaba, y Renna de vez en cuando intercalaba un comentario o, con más frecuencia, una pregunta. Maia apenas advirtió que las otras vars se marcharon, una a una. Sus opiniones ya no le importaban, ni se avergonzaba de que la vieran interesada en el tonto juego de los varones. Renna se la tomaba en serio, cosa que nunca había hecho ninguna de sus compañeras mujeres. Le prestaba toda su atención, compartiendo con ella un creciente placer en un ejercicio abstracto.
A la hora de la cena, ya creían tener un plan.
Cuaderno de Bitácora del Peripatético
Misión Stratos
Llegada + 45.290 Ms
¿Qué es la inteligencia para el universo? ¿Breves momentos de reflexión? ¿La autocontemplación de las mariposas?
¿Cuál es el sentido de la vida humana, si hay que gastar una parte tan grande de ella atravesando la torpe infancia y adolescencia, reuniendo lentamente las habilidades necesarias para comprender y crear… sólo para empezar ese largo declive hacia la extinción?
Afortunado el hombre o la mujer que consigue destacar incluso durante un brevísimo instante. La luz brilla con fuerza apenas unos momentos, y luego se apaga.
En algunos mundos, la drástica prolongación de la vida se justifica en nombre de la conservación de raros talentos. Empieza con buenas intenciones, pero con demasiada frecuencia acaba en una gerontocracia de mentes sacudidas por las costumbres en cuerpos atendidos por robots, recelosamente envidiosos de cualquier pensamiento o idea que no sea propia.
Las stratoianas creen conocer un medio mejor. Si una individualidad demuestra su valía (digamos en el mercado de bienes o de ideas), continúa. No con el mismo cuerpo o los recuerdos exactos, sino genéticamente, con sus talentos innatos conservados, y una continuidad en la educación que sólo puede proporcionar la paternidad clónica. Cuando todos los factores son adecuados, la habilidad de la primera madre pervive. Sin embargo, cada hija es un renovado y fresco estallido de entusiasmo. La conservación no tiene por qué significar anquilosamiento.
Las stratoianas han llegado a un acuerdo distinto con la muerte. Tiene un precio, pero puedo ver las ventajas.
Afortunadamente, las sesiones del Consejo de Verano son breves. No tuve que soportar más que unas cuantas horas de miradas hoscas por parte de la mayoría, y de miradas hostiles de las aislacionistas extremas. Paso gran parte de mi tiempo con las sabias de la universidad. Sin embargo, lo que más me gusta es observar la vida en Stratos con Iolanthe Nitocri, que a menudo hace las funciones de mi guardiana y guía.
Ayer, para mi deleite, finalmente consiguió un pase para mostrarme el Festival de Verano de Caria.
Los terrenos de la feria se encuentran corriente arriba, a la sombra de la acrópolis. Los estandartes ondean sobre pabellones de seda y avenidas adornadas con arcos de flores. Los árboles zenner se agitan con el murmullo musical de las multitudes, mientras que los puestos de comida desprenden aromas punzantes y exóticos. Las malabaristas hacen de las suyas, asombrando a todo el mundo con hazañas impresionantes. Fuera de las murallas de Caria, las ciudadanas parecen ansiosas por olvidar el sereno ritmo de la vida diaria en favor de un ambiente más animado.
Me sentí fuera de lugar, y no sólo porque soy extranjero (parte de la multitud sin duda lo sabía, o lo supuso). La mayor parte del tiempo fui también el único varón a la vista. Los niños gritaban y hacían carreras de rodillas (como los niños de cualquier mundo), y había un puñado de viejos; pero los hombres adultos permanecían a distancia segura, en sus santuarios de verano. Varias veces Iolanthe, como representante mía, tuvo que enseñar mis papeles. El sello del Consejo y mi conducta pacífica convencieron a las policías de que no iba a empezar a aullar y a arrancarme la ropa de un momento a otro.
Iolanthe parecía complacida. Esto sería un punto a mi favor.
¡Si supiera lo difíciles que me resultan aquí las cosas en ocasiones!
La procesión del día la encabezaba un carruaje que transportaba a la gran matrona de la festividad, cuya lanza y yelmo encrestado evocaban a la diosa que hay a las puertas de la ciudad. Detrás venían músicos y bailarinas, tocando la flauta y ejecutando fantásticos saltos, como si este mundo no fuera más pesado que una luna. Sus túnicas flotantes parecían capturar el aire, y clavar garfios en mi corazón.
Muchos clanes venerables enviaron representantes a la procesión. La gente cantaba al compás de esos motivos instrumentales… hasta que una brusca variación musical hizo que el público se echara a reír, complacido y deleitado. Tensas formaciones de caballos vistosamente engalanados cabalgaban entre las bandas; seguían los palanquines llevados por lúgars en los que viajaban dignatarias cubiertas de laureles y medallas. Madres y hermanas mayores se inclinaban para indicar a las asombradas hijas de su clan qué honor o logro representaba cada emblema.
Por fin, la excitada audiencia se internó en la avenida, mezclándose con los últimos contingentes, y disolviendo el desfile en un improvisado carnaval. Nadie advirtió, o a nadie le importó, que un chubasco veraniego empapara cabezas, vestidos y doseles de flores, ya que no el espíritu festivo. Algunas mujeres de la multitud se volvían al verme pasar, pero otras sólo sonrieron de modo amistoso, instándome a unirme a la danza. Fue regocijante y divertido, pero la humedad, la cercanía…
Le pedí a Iolanthe que me sacara de allí. Algunas de las jóvenes Nitocri que nos acompañaban parecieron decepcionadas, pero ella accedió de inmediato. Abandonamos la avenida principal para explorar el resto de la feria.
En la pista de carreras, las criadoras de caballos mostraban sus valiosos animales, y luego despojaron a los aceitados campeones de coronas y condecoraciones, y las pequeñas jinetes de los famosos clanes de jockeys los montaron. Ansiosos y tensos, los caballos se pusieron en movimiento tras el trompetazo de salida, aceleraron para saltar el primero de muchos obstáculos, y luego frenaron para sortear hábilmente intrincados laberintos antes de enfilar la recta final en una furia de deseo. Los clanes ganadores recibían a sus participantes con ramos de flores, abrazos y caricias que habrían animado a cualquier amante.
Nuestra siguiente parada podría haber sido una feria agrícola de una docena de mundos. Muchas de las retorcidas plantas, y también muchos animales, me resultaron desconocidos, pero no así las orgullosas expresiones de las muchachas que habían pasado meses cuidándolos para este día. Al oeste de Caria, criaturas—globo stratoianas de muchos tipos se crían por su belleza, por la fragancia que despiden, o por los trucos que algunas cuidadoras les hacen ejecutar. Todo eso estaba a la vista. Muy cerca, unas mujeres silbaban a pájaros de radiante plumaje que se zambullían y pavoneaban, llevando botones o piezas de tela de colores a las participantes que elegían los números ganadores de una lotería.
En los salones de artesanos, vi concursos de alfarería, talla, y otras habilidades. Muchos clanes industriales costeros habían enviado a sus mejores hijas, según me dijeron, para que participaran en una reñida competición; se trataba de, utilizando carbón, barro y minerales comunes, trabajar los materiales hasta fabricar herramientas. Había incluso cámaras de holovid para cubrir el acontecimiento en los intervalos de emisión de las carreras de caballos.
Junto al río vimos competiciones acuáticas, principalmente de barcas de remos, tripuladas en su mayoría por equipos de mujeres idénticas y musculosas, todas muy bronceadas, que no necesitaban batelero para marcar su ritmo al unísono. Sin embargo, la prueba culminante era una regata de esbeltos balandros que recorría un peligroso trayecto entre bajíos y bancos de arena. Para mi sorpresa, estos barcos más grandes estaban tripulados por hombres jóvenes y enérgicos. Cuando me enteré del premio por el que competían, supe por qué lo hacían con tanto fervor.