Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Baltha suspiró.
—Todo el mundo utiliza a todo el mundo. Mira a tus amigas, Kiel y Thalla. Te utilizaron a ti, muchacha. Te vendieron a las Beller, con la esperanza de seguirte hasta la cárcel, y quizás así encontrar al Hombre de las Estrellas dondequiera que fueran a meterte.
Maia se la quedó mirando.
—Pero… yo pensaba que Calma Lerner…
—Piensa lo que quieras, ciudadana —le respondió Baltha sarcástica—. No tendría que contarle nada a una listilla de cinco años que está tan segura de saber quiénes son sus buenas amigas, y no sabe nada de nada.
La oriental se volvió y se marchó, caminando por la parte que daba a la cubierta de carga, donde empezó a conversar en voz baja con una rubia grande, una de las mujeres que servían a bordo del Manitú. Abajo, en la cubierta principal, podía oírse la voz de Naroin que llamaba a un grupito de mujeres que molestaban a los marineros; era su turno en las prácticas obligatorias de combate. Baltha sonrió a Maia, recogió su pulido bastón, y se deslizó por la plancha para unirse a la sesión. Pronto se oyó un estruendo de palos al entrechocar, y alguien cayó al suelo con un golpe sordo.
Los pensamientos de Maia se desbocaron. Vio a Thalla, a punto para su turno en el coso de prácticas, sacar un bastón del bastidor. Alzando la cabeza, Thalla le sonrió, y de pronto Maia se sintió abrumada por una furiosa sensación de certeza. ¡Baltha tiene razón, maldita sea! Kiel y Thalla pueden haberme utilizado.
Una oleada de dolor y traición hizo que cada bocanada de aire se le atascara en la garganta. Se había enfadado con sus antiguas compañeras de casa por intentar abandonarla en Grange Head, cuando era peor. Mucho peor. Yo… no puedo confiar en nadie.
La impresión de perfidia le hizo un daño terrible. Sin embargo, lo que con más intensidad le vino a la cabeza fue que había lanzado una maldición contra Calma Lerner y su clan condenado. Lo siento, pensó. Aunque resultara que Baltha se equivocaba, o aunque estuviese mintiendo, Maia se sintió avergonzada por lo que había dicho en un momento de ira, invocando maldiciones para que cayeran sobre la desdichada familia herrera, cuyas miembros nunca le habían hecho ningún daño real.
Al fondo, contrastando con sus sombrías reflexiones, la voz de Renna continuaba describiendo su estrategia para la partida de la tarde.
—… y estaba pensando si podría poner un molinete en cada extremo del tablero, cerca del límite…
La voz era una molestia que se entrometía en la sensación de culpa y frustración de Maia. Aunque Baltha haya mentido, nunca podré volver a confiar en Thalla y Kiel. Estoy tan sola ahora como lo estaba en la celda de la prisión.
Cerró los ojos. Las instrucciones que Naroin impartía a gritos puntuaban el rítmico batir de los bastones de combate. Renna continuó hablando:
—… Naturalmente, serán desviados por los objetos simulados que vengan del lado del tablero de mis oponentes. La mayoría serán desviados por los brazos del molinete. Pero hay ciertas formas básicas que me preocupan.
Los caprichos del viento hicieron que el timonel ordenara un leve viraje, haciendo que el sol que asomaba tras una vela iluminara los párpados cerrados de Maia. Tuvo que apretarlos con fuerza para cortar la puñalada de los rayos de luz. En su tristeza, Maia sintió el regreso de aquella extraña sensación de desplazamiento que había experimentado esa misma mañana. La luz del sol aumentaba aquellas omnipresentes motas que danzaban sin parar ante sus retinas cubiertas… una danza sin fin, la danza que acompañaba todos sus sueños. Carente de voluntad, su consciencia cayó hacia sus destellos y remolinos; parecía reírse de sus problemas, como si todas las preocupaciones fueran efímeras.
La pavesa moteada era la única cosa duradera que importaba.
—… veréis cómo una simple deslizadora, golpeando en ángulo, hará que mi molinete rompa…
Los recuerdos no solicitados de aquellos largos días y noches en prisión la abrumaron. Maia recordó cómo se había sentido fascinada por el Juego de la Vida, por las pautas maravillosamente misteriosas que la capacidad artística de Renna desplegaba ante ella. Aquello había sido un ejercicio mucho más sutil que jugar una simple partida lanzando figuras simuladas contra otras diseñadas por un oponente. Pero había trampa, ya que él había podido usar una forma reversible del juego. La máquina hacía todo el trabajo. No era extraño que ahora tuviera tantos problemas tratando con los conceptos más triviales de la versión competitiva.
Ella no tenía que mirar el tablero para ver las formas que estaba describiendo. En su actual estado de consciencia, no podía evitar verlas.
Las rads sentadas a su alrededor deben de estar mortalmente aburridas, arguyó una parte de ella con cierta satisfacción. Sin embargo, era una parte pequeña. El resto de su ser había huido de la insoportable infelicidad refugiándose en la abstracción, sólo para ser capturado en un remolino de formas cambiantes.
—… así que me propongo colocar un conjunto de simples pautas de señales alrededor del molinete, así… ¿veis? Eso debería protegerlo al menos del primer asalto…
—¡Te equivocas! —exclamó Maia en voz alta, abriendo los ojos y dándose la vuelta. Renna y las mujeres se quedaron mirándola con sorpresa cuando ella se les acercó y apartó bruscamente a una de las aturdidas vars para llegar al tablero de juego. Cogió el punzón de la mano de Renna y borró rápidamente la disposición que había estado construyendo en un extremo de la zona límite.
—¿Es que no lo ves? Incluso yo puedo verlo. Si quieres protegerte contra las deslizadoras, no dejes tus formas aquí quietas, esperando a ser golpeadas. Tu barrera tiene que salir a recibirlas. Aquí, intenta…
Se mordió el labio, vacilando un momento, y luego dibujó un rápido remolino de puntos en la pantalla. Extendió la mano para pulsar el reloj, y la configuración empezó a latir, enviando óvalos concéntricos de puntos negros que se disiparon cuando llegaron a ocho casillas del centro. Recordaba la pauta cíclica y persistente de las ondas que produce el goteo de un grifo sobre un charco de agua. Si se la dejaba sola, la pequeña disposición seguiría emitiendo ondas eternamente.
Renna alzó la cabeza, sorprendido.
—Nunca he visto eso antes. ¿Cómo se llama?
—Yo… —Maia sacudió la cabeza—. No lo sé. Debo de haberlo visto cuando era niña. Pero es bastante obvio, ¿no?
—Mm. La verdad es que sí. —Sacudiendo la cabeza, Renna volvió a coger el punzón y dibujó, en el otro lado del tablero, un cañón deslizador que apuntaba hacia la figura que ella acababa de dibujar. Volvió a poner en marcha el reloj; una serie de misiles salió disparada directamente contra la pauta de ondas concéntricas. Chocaron…
… ¡y cada uno fue tragado con apenas una ondulación!
—Que me zurzan. —Él sacudió la cabeza, admirado—. ¿Pero cómo defenderías esta pauta de algo más grande, como lo que nos lanzaron anoche?
—¿Cómo quieres que lo sepa? —replicó Maia—. ¿Crees que soy un muchacho?
Varias rads se echaron a reír, inseguras, y Maia no se molestó en saber si se reían de ella o con ella. Una de las jóvenes se levantó altanera y se marchó. Maia se frotó la barbilla, sin dejar de mirar el tablero.
—Ahora que lo mencionas, puedo sugerir una forma de repeler ese bulldozer que el pinche y el grumete utilizaron contra nosotros.
—¿Sí? —Renna le hizo sitio en el banco y otra de las vars, a regañadientes, se apartó para que Maia se sentara.
—Mira, no conozco la terminología —dijo ella, con algo de su acostumbrada inseguridad—. Pero es evidente que el movimiento de regreso de la barra refleja ciertas pautas que…