Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
No me tientes, pensó ella en un arrebato de celos. Lo cual era una tontería, por supuesto. Renna parecía en las nubes, demasiado embelesado en su entusiasmo por los conceptos para darse cuenta de que aquellas vars no revoloteaban a su alrededor por amor a las abstracciones.
—Te he traído la especialidad del chef —dijo, intentando mantener un tono ligero—. Naturalmente, si alguien más tiene hambre…
Las otras mujeres la fulminaron con la mirada. Por un acuerdo tácito, dos de ellas se levantaron para traer la comida, dejando así a Renna bajo la custodia de las demás.
Mira que son idiotas, pensó Maia, al ver que otros grupos de mujeres seguían a cualquier oficial que bajara del sacrosanto alcázar. Todo aquello era el resultado de la nevada de gloria de aquella mañana. No creía que ninguna de las vars quisiera quedarse embarazada allí y en aquel momento. No sin tener un nicho y dinero suficiente para criar a una hija con seguridad. Maia había visto a mujeres poniéndose trozos de hoja de ovop en las mejillas para prevenir la concepción.
Sin embargo, aunque el placer fuera su único objetivo, sus esperanzas estaban condenadas. Los grandes clanes gastaban fortunas entreteniendo a los hombres en invierno, para ponerlos de humor. Sin incentivos, la mayoría de los marineros del Manitú elegirían antes sus tallas y sus juegos que proporcionar esforzados servicios gratuitamente. Bueno… he visto excepciones, admitió Maia. Pero la droga de Tizbe Beller era sin duda demasiado cara para que las vars pudieran permitírsela, aunque tuvieran los contactos adecuados.
—Continúa —instó a Renna una de las jóvenes. Era la rubia delgada que Maia había oído antes, y que ahora se apoyaba en el hombro del Visitante para mirar el tablero de juego, esperando alejar su atención de la recién llegada—. Estabas hablando de ecología —dijo la rad en voz baja—. Explica otra vez qué tiene eso que ver con las pautas de puntos.
Se está haciendo la tonta a propósito. Maia vio cómo Renna se agitaba, incómodo. Y le va a salir el tiro por la culata.
En efecto, Renna alzó los ojos en un suspiro mudo, y dirigió a Maia una mirada de disculpa antes de contestar.
—Lo que quería decir es que cada organismo individual en un ecosistema interactúa principalmente con sus vecinos, igual que en el juego, aunque, por supuesto, las reglas son muchísimo más complejas…
Maia vivió un momento de triunfo. La expresión de él significaba que prefería conversar con ella antes que disfrutar de las pegajosas atenciones de las demás, aunque fueran mayores, físicamente más maduras. Naturalmente, su reacción habría sido diferente en verano, cuando el celo convirtiera a todos los hombres en…
Espera un momento. Maia se detuvo en seco. Hemos estado hablando de la sexualidad estacional en Stratos. Yo he asumido que era algo igualmente aplicable a él.
¿Pero es así? ¿Tendrán algo que ver el invierno y el verano con lo que Renna siente?
Maia retrocedió, observando al terrestre describir pacientemente cómo la disposición de células negras o blancas simulaba burdamente una especie de «vida». A pesar de lo elemental de su explicación, parecía pretender mirar solamente el tablero, evitando el contacto directo con su público. Por primera vez, Maia notó que una capa de sudor le cubría la frente.
—Tienen planes para él, ¿sabes?
Maia se volvió. Una mujer alta y rubia se le había acercado por detrás. La fornida oriental, Baltha, se hurgaba los dientes con un palillo de madera, apoyada contra el cabrestante de popa. Sonreía.
—Tu terrestre posee mucho más valor para esas rads de lo que dan a entender, ¿sabes?
Maia se sintió dividida entre la curiosidad y su repulsión hacia la mujer.
—Sé que necesitan información y consejo de la biblioteca de su nave. Quieren saber si hay algo en ella que pueda ayudarlas en su empeño de que Stratos se parezca más a otros mundos.
Baltha alzó una ceja. Tal vez se estaba burlando de ella.
—La información está bien. Pero apuesto a que buscan una clase de ayuda más inmediata.
—¿Qué quieres decir?
Baltha escupió el palillo en un arco que lo hizo caer por la borda.
—Piénsalo, virgie. Ya ves cómo se lo están trabajando. Le pedirán que se gane el sustento, allá en Ursulaborg. Y apuesto a que es capaz.
Maia notó que el rostro se le acaloraba.
—¿Y qué? Así que potencie a unas cuantas…
Baltha la interrumpió.
—¡Potenciar, y un cuerno! ¿Es que no lo ves? Piensa, chiquilla. ¡Es un alienígena! Eso puede significar que es demasiado diferente incluso para potenciar a mujeres de Stratos como nosotras. No se sabrá hasta que lo intenten. ¿Pero qué hay del otro extremo? ¿Y si su semilla funciona, eh? ¿Y si funciona como antaño, incluso en invierno?
Maia parpadeó mientras asimilaba lo que Baltha quería dar a entender.
—¿Quieres decir que su esperma podría no potenciar clones… sino llegar a procrear vars? —Alzó la cabeza—. ¿No importa qué época del año sea?
Baltha asintió.
—¿Y si además sus hijos—var heredaran esa habilidad? ¿Y sus hijos? ¿Y así sucesivamente? ¡Eso sí que sería una zancadilla al Plan de Lysos! —escupió a un lado.
Maia negó con la cabeza.
—Me parece que en eso hay algo mal…
—¡Apuesta a que sí! —volvió a interrumpirla la otra var—. Intervenir en el proceso establecido por nuestras madres y superioras. ¡Arrogantes zorras rads!
De hecho, Maia no había querido decir que estuviera «mal» en ese sentido. Aunque en aquel momento no podía señalar el error, estaba segura de que había algo equivocado en el razonamiento de Baltha. De manera intuitiva, Maia sabía que el diseño de la vida humana en Stratos no sería modificado tan fácilmente, ni siquiera por la semilla obtenida de un Hombre de las Estrellas.
—Creía que odiabas que las cosas estén tal como están, tanto como las rads —apuntó, curiosa por la saña que había en la voz de Baltha—. Las ayudaste a rescatar a Renna de las Perkinitas.
—Alianza de conveniencia, virgie. Claro que mis compañeras y yo odiamos a las Perkies. Clanes atrofiados que mantienen un cerrojo sobre todas las cosas sin ganárselo. Lysos nunca pretendió que fuera así. Pero a partir de ahí, las rads y yo nos distanciamos. Sangrantes herejes… ¡Nosotras sólo queremos sacudir un poco las cosas, no cambiar las leyes de la naturaleza!
¿Por qué me cuenta eso?, se preguntó Maia, viendo cómo le brillaban los ojos a Baltha mientras contemplaba a Renna.
—También vosotras tenéis planes para utilizarlo —concluyó Maia.
La rubia var se volvió a mirarla.
—No sé a qué te refieres.
—Vi lo que recogiste en tu cajita —escupió Maia, ansiosa por ver cómo reaccionaba la otra mujer cuando se le enfrentaban—. Allá en el cañón, mientras huíamos.
—Vaya, pequeña espía… —gruñó Baltha. Entonces se detuvo y una lenta sonrisa se extendió por sus arrugados rasgos—. Bueno, mejor para ti. Espiar es una de las verdaderas artes. Tal vez incluso sea tu nicho, encanto, si alguna vez aprendes a distinguir amigas de enemigas.
—Conozco la diferencia, gracias.
—¿De veras?
—Y también sé que utilizarías a Renna para tus propios fines, al igual que las rads.