Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—¡Sí! —exclamaba Naroin, blandiendo su bastón. Las mujeres la imitaban.
—¡Sí!
A medida que se ejercitaban, Maia sintió que el ambiente de temor se disipaba. Lo que lo sustituyó no fue la ansiedad. Sólo una idiota no habría visto que ante ellas podrían encontrarse el dolor y la derrota. Incluso una o más muertes, si no podía evitarse la batalla. Enfrentarse a profesionales sería mucho peor que librar escaramuzas con las milicianas clónicas de Valle Largo.
Sin embargo, ser una var significaba saber que podías tener que actuar como guerrera en alguna ocasión. Éstas no eran tampoco simples vars. Thalla y Kiel sabían que la suya sería una empresa arriesgada. Por primera vez desde Grange Head, Maia experimentó una sensación de unión con aquellas rads. La que tenía a la izquierda sonrió y le dio una palmada en la espalda cuando Naroin anunció una pausa. Maia le devolvió la sonrisa, sintiéndose más animada, aunque distaba mucho de estar contenta.
—¡Ah, del Manitú!
La voz amplificada de un hombre hizo que todas las cabezas se volvieran. Maia corrió a la borda y sofocó una exclamación cuando vio lo cerca que estaba el barco saqueador. Su proa casi rozaba la popa de su propio barco.
—¡Ah, del Manitú! ¡Éste es el Intrépido, que os conmina a rendiros!
El capitán del Manitú alzó un megáfono y respondió.
—¿Con qué derecho nos atacáis?
—¡Según la Ley de Lysos, y el Código de los Barcos! ¿Entregará su cargamento, señor?
Maia vio que Poulandres se volvía para consultar con Kiel, que estaba de pie a su lado. La mujer negó enfáticamente con la cabeza. Él aceptó su respuesta con un pasivo encogimiento de hombros y alzó de nuevo el megáfono.
—Mis matronas lucharán por lo que es suyo. ¡La carga no puede ser dividida!
Maia sacudió la cabeza. Yo diría que no. Vio a Renna, de pie cerca de la cabina, moviéndose de un lado a otro y contemplando la escena con asombro. ¿Se da cuenta de que hablan de él? Maia aferró con fuerza su bastón, contenta de que su amigo alienígena estuviera a salvo en el territorio neutral del alcázar durante la inminente refriega.
El Intrépido se acercó más. Era un barco más pequeño que el Manitú. Eso, además de sus potentes motores, hacía inútil la defensa por medio de maniobras. Ningún capitán se arriesgaría a dañar su amado barco en una colisión. No sin un seguro que ni las saqueadoras ni las rads podían permitirse.
Un grupo de mujeres se había congregado a estribor del barco pirata; empuñaban bastones, tridentes y lazos de cuerda anudada. Otras se subieron a los mástiles y se aferraron a las bamboleantes vergas. Todas llevaban el infame pañuelo rojo en la cabeza. Un escalofrío recorrió la espalda de Maia.
—Entendido, señor —respondió a través de su megáfono uno de los hombres barbudos que iban a bordo del barco saqueador—. ¿Aceptarán entonces el juicio de una campeona?
Una nueva consulta con Kiel, seguida de otra negativa. La mayoría de las saqueadoras empleaban campeonas especiales, luchadoras profesionales entre profesionales. Las rads sabían que tenían más posibilidades en grupo, aunque eso acarreara inevitablemente un coste. Ahora no se trataba de compartir una carga de algodón, carbón o artículos secos. Merecía la pena luchar por su cargamento.
El capitán Poulandres transmitió la negativa de Kiel.
—Muy bien —respondió el capitán del otro barco—. ¡Entonces mis pasajeras me comunican que les diga que se preparen para el abordaje!
No fueron necesarias más conversaciones. Mientras el navío más pequeño se acercaba, Maia vio que Kiel le estrechaba la mano al capitán y luego saltaba a la cubierta de carga, donde cogió su bastón y se volvió para gritar órdenes a sus camaradas. Poulandres llamó inmediatamente a todos los tripulantes masculinos a popa. Los marineros corrieron hacia allí, dando ánimos a sus colegas femeninas.
Maia miró más allá de la cubierta inferior, con su grupo de vars esperando nerviosas, y vio a Renna hablando ansiosamente con el médico del barco.
El anciano, con la expresión de alguien que explica algo obvio a un niño o a un tonto, hacía gestos con las manos, señalando a los hombres de ambos barcos y sacudiendo la cabeza. «A excepción de las marineras, es estrictamente una batalla entre pasajeras», era la explicación del doctor.
Lysos ya lo había dicho, según constaba en los textos leídos en voz alta en los servicios religiosos de los templos: «¿Quién puede desterrar toda lucha? Locas que sólo intentan convertir en rutina la avaricia, la agresión en asesinato. Mientras actuamos para reducir al mínimo los conflictos, nos encargamos de que lo que queda sea equilibrado y esté regulado por la ley.»
Renna se volvió para mirar a Maia a los ojos. Tenía los puños cerrados y sacudió la cabeza. Maia le respondió con una breve y débil sonrisa, apreciando su mensaje pero también recordando la última línea del verso, cantado tan a menudo en la capilla de la Casa Lamatia: «Por encima de todo, nunca desencadenar a la ligera la ira de los hombres. Pues es algo salvaje que no resulta fácil de contener.»
Maia contempló la estrecha franja de mar abierto. Había hombres al otro lado también, esperando en su zona—santuario con ojos oscuros y melancólicos.
Tal vez sea mejor así, advirtió.
Renna cruzó los brazos y se tiró de los lóbulos de ambas orejas. La señal stratoiana para la buena suerte hizo sonreír a Maia; esperaba que su amigo se hubiera acordado de taponarse los sensibles oídos. Iba a ser un asunto ruidoso. Le hizo un gesto con la cabeza, y se volvió para enfrentarse a la enemiga.
—¡Eia! —rugieron las voces enemigas del otro barco. Kiel alzó el bastón por encima de su cabeza y las rads respondieron al unísono.
—¡Eia!
De repente, el aire silbó con el sonido de los garfios y las cuerdas de abordaje. Las defensoras corrieron a cortar los tensos cabos, pero no pudieron alcanzar los suficientes antes de que las quillas se encontraran con un golpe sordo. Volaron más garfios. Las saqueadoras saltaron gritando, aferradas a las cuerdas colgantes.
Naroin llamó a su escuadrón.
—¡Preparadas, muchachas… preparadas… ahora!
Los reflejos rescataron a Maia de la parálisis del miedo. La práctica dijo a sus brazos y piernas lo que hacer, pero su fuerza no emanaba de la fe, la razón, el valor o de ninguna otra abstracción. Su voluntad de moverse procedía de la necesidad de no quedarse atrás. De no abandonar a las otras.
Gritando con toda la fuerza de sus pulmones, aunque sus gritos se perdieron en el clamor ensordecedor, avanzó con el bastón apoyado en la cadera, protegiendo el flanco de Naroin mientras la batalla comenzaba.
Parecían no tener fin. El barco saqueador debía de estar lleno hasta los topes, y seguían llegando más guerreras.
No es que la primera oleada lo hubiera tenido fácil. Profesionales o no, les resultó difícil pasar de la cubierta inferior a la superior mientras las de arriba lanzaban redes, aceite frío, y bloques de madera. Naroin daba ejemplo, descargando fuertes golpes, enganchando a las saqueadoras por los sobacos como si fueran peces y soltándolas para que cayeran sobre sus camaradas. Cuando una atacante logró asirse a la amura del Manitú, Naroin la agarró por el pelo y la camisa. Pivotando sobre la pelvis, lanzó a la invasora contra la cubierta para que los equipos que esperaban allí la golpeasen, la agarraran por brazos y piernas y acabasen por arrastrarla a popa. Inspiradas por el ejemplo de Naroin, Kiel y una rad alta de Caria también hicieron capturas, mientras que Maia y las otras luchaban partiendo nudillos, desenganchando garfios, y dejando sin sentido a las que llegaban desde abajo. Maia sentía un arrebato de júbilo cada vez que una enemiga caía. Cuando un salvaje golpe de bastón estuvo a punto de alcanzarla en la cara, el silbido de la madera al hendir el aire alimentó en ella una sensación de invencibilidad de naturaleza hormonal.