Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—¿Sabes? —dijo Naroin—. He descubierto algo que tal vez te interese.
Maia alzó la cabeza. Había estado acariciando el liso palo de madera, reflexionando en silencio sobre lo que podría ocurrir en las horas por venir.
—¿Qué es? —preguntó, sin demasiadas ganas.
Naroin alzó una mano para cubrirse la boca, y bajó la voz.
—He descubierto qué es lo que hace él todo ese tiempo tras las cortinas. Ya sabes… después de las comidas.
Maia tardó un instante en comprender que Naroin se refería a Renna.
—¿Después…?
—¡Se lava la boca!
La curiosidad fue más fuerte que la ira de saber que la mujer había espiado a su amigo.
—¿Se lava… la boca?
—Ajá —asintió Naroin—. ¿Has visto ese cepillo pequeño que tiene? Bueno, lo mete en el agua del mar, aunque se niegue a beberla, y luego se frota como un grumete intentando terminar su turno a tiempo para una fiesta. Se frota esos dientes blancos a base de bien, hace gárgaras y escupe. No se parece a nada que yo haya visto.
—Mm —replicó Maia, intentando encontrar una explicación—. Hay gente que olería mejor si hiciera eso de vez en cuando.
—Tienes razón —rió Naroin—. ¿Pero después de cada comida?
Maia sacudió la cabeza.
—Es un alienígena. Tal vez le preocupe… ¿contraer enfermedades?
—Pero come nuestra comida. Es difícil imaginar de qué puede servirle lavarse la boca después.
Maia se encogió de hombros. En cualquier otro momento, el tema podría haber sido objeto de nuevas especulaciones. Pero ahora mismo parecía insignificante y sin sentido. Fueran buenas o malas sus intenciones, prefería que Naroin la dejara en paz. Por fortuna, la contramaestre pareció notarlo, y la conversación se apagó.
Salió Durga, recortando las nubes y lanzando haces de perlada luz al mar encrespado. Aquellos parches iluminados se correspondían con los huecos llenos de estrellas entre las nubes como piezas de un rompecabezas infantil con el espacio donde encajan. Maia alcanzó a ver trocitos de constelaciones, y advirtió que el barco huía hacia el sur ante el viento. Las rítmicas subidas y bajadas de la proa parecían un latido firme y lento que los transportara no sólo a través del mar, sino también a través del tiempo. Cada momento dibujaba nuevas pautas de viejas configuraciones de madera, agua y carne. Cada nueva disposición creaba las condiciones para que la siguieran otras pautas.
No era sólo una abstracción. En algún lugar, en la oscuridad, acechaba un rápido navío provisto de radar, cada vez más cerca.
—No penséis en ello —dijo Naroin a las nerviosas mujeres de su escuadrón—. Intentad dormir un poco.
La idea era absurda, pero Maia fingió obedecer. Se acurrucó bajo la manta mientras la proa subía y bajaba, subía y bajaba, recordándole el rítmico movimiento de su caballo mientras huía por las llanuras de Valle Largo. Cerró los ojos durante un minuto…
… y despertó al sentir un agudo dolor en el muslo. Se sentó, parpadeando. .
—Yo… ¿qué…?
Las mujeres se congregaban alrededor del castillete de proa, murmurando bajo la tenue luz gris. El aire parecía humo, y olía levemente a hollín. Algo volvió a golpearle la pierna y Maia se volvió para seguir la impertinente curva de un zapato hasta una pierna surcada de cicatrices y un rostro, el de Baltha. La alta oriental se había desnudado de cintura para arriba y contenido sus pechos con una ajustadísima banda de cuero. Llevaba el pelo rubio atado a la nuca con un lazo rosa de aspecto chocantemente alegre, dado el brillo de feroz combatividad de sus ojos. Sonrió a Maia, acariciando su bastón de combate.
—Muy bien, virgie. ¿Preparada para divertirte un poco?
—Vuelve a tu puesto —le ordenó Naroin. Baltha se encogió de hombros y se marchó, yendo a reunirse con sus compañeras, cerca del lugar donde el cocinero atendía un humeante caldero. Las duras mercenarias de las islas del Sur se desperezaban y jugaban con sus bastones, golpeándose unas a otras juguetonamente, sin mostrar ningún signo externo de nerviosismo.
Un grumete tendió a Maia una taza de tcha caliente, que pareció recorrer todo su cuerpo, abriendo venas e intensificando brevemente el frío del amanecer. Recordó que había tenido sueños. Sus últimos filamentos se disipaban ya, dejando sólo una vaga sensación de ominoso peligro.
Contrariamente a la noche anterior, no soplaba más viento que un leve e intermitente céfiro, pero una vibración entrecortada anunciaba que los motores auxiliares estaban funcionando, impulsando el barco en su torpe huida. Sosteniendo la taza con una mano, Maia agarró las puntas de la manta y contempló el mar.
Lo primero que divisó fue un archipiélago de pequeñas islas que parecían trozos verticales de roca que hubieran sido alisados por las olas desde mucho antes de que la humanidad llegara a Stratos. Brotando de las profundidades abisales, las columnas se alzaban como una sinuosa cadena de agujas romas, extendiéndose del noroeste al sureste. En vez de perderse en el horizonte, se difuminaban en la distancia en medio de una suave y misteriosa bruma. Algunas de las islas más cercanas eran lo bastante grandes para que sus flancos cubiertos de musgo convergieran en riscos cubiertos de bosques, de donde caían cascadas.
—Poulandres intentaba llegar a ellas —explicó la joven rad, Kau, cuando Maia se le acercó. Una cicatriz junto a su oreja indicaba el lugar donde Renna le había curado la herida, tras la lucha en la locomotora Musseli—. El capitán esperaba burlar el radar de las saqueadoras entre las islas. Pero el viento nos abandonó, y ha amanecido demasiado pronto. Ahora tendremos que plantar cara y pelear.
La morena var dio a Maia un codazo amistoso.
—¿Quieres ver al enemigo?
¿Tengo alguna opción? Sin demasiado entusiasmo, Maia se volvió para mirar hacia donde señalaba Kau, hacia el rosado amanecer. Cuando vio a sus perseguidoras, se quedó boquiabierta.
¡Están muy cerca!
Un barco de aspecto sombrío surcaba el océano, levantando chorros de agua bajo la quilla. Sólo llevaba dos velas desplegadas, pero un humo negro y aceitoso brotaba de un par de oscuras chimeneas. En cubierta podían distinguirse figuras que corrían agitadas de aquí para allá. Los motores del Manitú, normalmente reservados para maniobras de atraque, no podían rivalizar con aquella potencia.
—Las saqueadoras suelen ocultar grandes motores muy potentes dentro de clípers de aspecto normal —comentó Kau—. Me temo que no podremos escapar de ellas.
Las dos muchachas oyeron un suspiro. Cerca de ambas, mientras contemplaba el barco enemigo, Naroin recitó:
Había sincero pesar en el suspiro de la contramaestre, aunque Maia observó los músculos tensos de los brazos de Naroin. El pesar no estaba exento de expectación.
—Vamos —dijo la mujer mayor, indicando con la cabeza el escuadrón de Baltha—. Esas sureñas están dispuestas. Preparémonos.
Naroin reunió el destacamento de pasajeras y empezó a pasar revista a sus bastones, y luego repasó las cuerdas anudadas que cada mujer llevaba en el cinturón. Pronto les hizo realizar a todas los ejercicios de rutina. Maia se dedicó de lleno a ellos. La combinación de tcha caliente y ejercicio hizo que la sangre le circulara en cuestión de minutos, resonando en sus oídos. Lo olía todo con extraña intensidad, desde el carbón ardiente hasta los salados aromas del mar y el sudor. Percibía los colores con viveza casi dolorosa.