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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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En efecto, bandadas de criaturas voladoras (algunas de alas más anchas que las vergas del Manitú) se concentraban sobre la isla flotante como enanos sobre una bestia moribunda, atacando las porciones brillantemente coloreadas. .

—Ahora recuerdo —replicó Maia—. La están ayudando. Así es como se reproduce la granflor. Los pájaros llevan su polen en las alas hasta el árbol siguiente, y al siguiente.

Mientras seguían contemplando, un pequeño destacamento de formas oscuras se separó de la nube de pájaros y se acercó al Manitú. A una brusca orden del capitán los tripulantes se agacharon bajo cubierta, para resurgir armados con hondas y catapultas de muñeca, que dispararon para mantener a las bestias voladoras apartadas de las velas. Los pájaros sólo causaron pequeños daños con sus estrechas mandíbulas llenas de dientes afilados, antes de perder su apetito por la lona y marcharse volando… aunque eso fue después de que uno intentara morder el brillante pelo dorado de uno de los grumetes de cubierta. Un acontecimiento que todo el mundo menos la pobre víctima pareció encontrar divertido.

La granflor pasó flotando a un centenar escaso de metros de distancia. Su laberinto de color podía verse ahora extendiéndose bajo la superficie del agua, en tentáculos que flotaban hasta muy lejos. Bancos de brillantes peces corrían entre las frondas en movimiento, en contrapunto al frenético comer de los pájaros. Maia chasqueó los dedos.

—Lástima que no hayamos visto una a finales de verano, cuando las flores están en pleno apogeo. Lo creas o no, los árboles las usan como velas, para impedir que los vientos las lleven a la costa durante la estación de las tormentas. Ahora supongo que las corrientes son suficientes, así que las velas se caen.

Se volvió hacia Renna.

—¿Es eso un ejemplo de lo que querías decir con… adaptación? Debe ser una forma de vida original de Stratos, o habrías visto cosas así antes, ¿no?

Renna había estado contemplando la pintoresca isla flotante con su cohorte de carroñeros mientras ésta permanecía a flote tras la estela del Manitú.

—Es demasiado maravillosa para que me la haya perdido, en cualquiera de los sectores en los que he estado. Es nativa, desde luego. Ni siquiera Lysos era lo bastante lista para diseñar algo así.

Pronto avistaron otra granflor, ésta de pétalos más henchidos, difractando la luz en formas que Renna, excitado, describió como «holográficas». A su vez, Maia le habló de una tribu de salvajes del mar que había unido su destino a las granflores, y navegaba en ellas como si fueran barcos, recolectando néctar y plancton, atrapando pájaros y peces, y secuestrando a algún que otro marinero para que potenciara a sus hijas durante otra generación. Viviendo de forma salvaje y sin ataduras, la sociedad proscrita había durado hasta que las autoridades planetarias y las cofradías marineras unieron fuerzas para eliminarla como «irresponsable ecológica».

—¿Es cierta esa historia? —preguntó Renna, dubitativo y apasionado al mismo tiempo.

En realidad, Maia la había basado en relatos auténticos de las islas del Sur. Pero la conexión con las granflores era invención propia, producto de la excitación del momento.

—¿Tú qué crees? —preguntó, arqueando una ceja.

Renna sacudió la cabeza.

—Creo que te has recuperado bastante de tu amago de ahogamiento. Será mejor que el doctor deje de administrarte lo que sea que te esté dando.

La última granflor quedó a popa, y pronto tripulación y pasajeras regresaron al tedio de la rutina. Para pasar el tiempo, Renna y Maia utilizaron el sextante para estudiar el sol y el horizonte, comparar cálculos y tratar de averiguar la hora sin tener que consultar el reloj de Renna. También cotillearon. Maia se rió en voz alta y aplaudió cuando Renna hinchó los carrillos en una caricatura del cocinero jefe y anunció con una voz desacostumbradamente aguda que el almuerzo se retrasaría porque la escarcha de gloria había caído en las gachas, y que lo colgaran si iba a dársela a «un puñado de sucias vars, demasiado aturdidas para confundir a un hombre con un lúgar».

—Eso me recuerda una historia —respondió ella, y pasó a relatar el cuento del capitán que dejó que sus pasajeras juguetearan con una nevada de gloria a últimas horas de la tarde… ¡sólo para despertar horas después cuando las mujeres prendieron fuego a sus velas!

Renna se quedó perplejo, así que ella tuvo que explicárselo.

—Verás, algunas piensan que las llamas en el cielo pueden simular los efectos de las auroras, ¿comprendes? Las mujeres drogadas de gloria prendieron fuego al barco…

—¿Esperando excitar también a los hombres? —Él parecía horrorizado—. Pero… ¿funcionaría?

Maia sofocó una risita.

—¡Es un chiste, tonto!

Vio cómo él se imaginaba la ridícula escena, y luego se echaba a reír. En ese momento Maia se sentía más relajada de lo que se había sentido en… ¿quién sabía cuánto? Sintió incluso un atisbo de lo que había experimentado en su celda de la prisión… de algo más profundo que el conocimiento mutuo. Era bueno tener un amigo.

Pero la siguiente pregunta de Renna la cogió desprevenida.

—Bien —dijo—. ¿Quieres ayudarme a prepararme para otra partida de Vida? El capitán Poulandres ha accedido a dejarnos intentarlo de nuevo. Esta vez el otro bando tiene que dar cuerda a las piezas, para que nosotros podamos concentrarnos en una nueva estrategia.

Ella le miró, parpadeando.

—Bromeas, ¿no?

—Verás, nunca imaginé que la versión competitiva implicara tantas permutaciones arriesgadas. Es más complicado que pintar imágenes bonitas con una variante de Vida reversible, como hice en la cárcel con mi tablero. Será un desafío plantar cara incluso a jugadores jóvenes.

Maia no podía dar crédito a sus oídos. Justo cuando pensaba que empezaba a comprender a Renna, él volvía a sorprenderla.

—Lo único que quieren es reírse de nosotros. No quedaré otra vez en ridículo.

Renna parecía asombrado.

—Es sólo un juego, Maia —reprendió ligeramente.

—¡Si piensas eso, no sabes mucho sobre los hombres de Stratos!

Su acalorada respuesta hizo que Renna se detuviera. Reflexionó un momento.

—Bueno… tanto más motivo para seguir estudiando el tema, entonces. ¿Estás segura de que no…?

Maia sacudió la cabeza firmemente. Él suspiró.

—En ese caso, será mejor que me ponga a trabajar para tener preparado un plan de juego para esta tarde. —Se levantó—. ¿Hablaremos luego?

—Mm —replicó ella, indiferente, encontrando un modo de mantener ocupados ojos y manos plegando los brazos de su sextante con meticuloso cuidado mientras él se marchaba con una alegre despedida. Maia se sentía irritada y confusa, tanto por la obstinación de Renna por continuar jugando el estúpido juego como por la forma en que se había tomado tan bien su negativa.

Supongo que debería estar agradecida por tener un amigo. Suspiró. Nadie va a considerarme jamás indispensable, eso está claro.

Resultó que él la necesitaba aún menos de lo que ella había supuesto. Cuando llamaron para el almuerzo y Maia llevó a Renna su plato, como de costumbre, se lo encontró sentado cerca de la popa con el tablero electrónico de Vida en el regazo, rodeado por un puñado de jóvenes rads extremadamente atentas.

—Veamos —explicaba, haciendo gestos desde una esquina del tablero a la otra—. Si queréis crear una ecología simulada capaz de resistir una invasión del exterior mientras persiste de forma auto—sostenida, tenéis que aseguraros de que todos los elementos interactúan de forma que… ¡Ah, Maia! —Renna alzó la cabeza con evidente placer—. Me alegra que cambiaras de opinión. He tenido una idea. Podrás decirme si estoy siendo un idiota. .

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