Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– Si Nobu-san quiere hacerme creer que no está enfadado -dije-, debería actuar de una forma un poco más afectuosa, en lugar de parecer una pantera que lleva varios meses sin probar bocado. No me extraña que tenga aterrorizada a la pobre Takazuru…
– Así que ha ido a hablar contigo, ¿no? -preguntó Nobu-. Si tío fuera una muchacha tan exasperante…
– Si no le gusta, ¿por qué solicita su compañía siempre que viene a Gion?
– Nunca la he solicitado, ¡ni tan siquiera una vez! Es su hermana mayor la que quiere metérmela por lo ojos. No te basta con recordármela. Ahora vas a aprovechar que nos hemos encontrado para intentar avergonzarme, de modo que no tenga más remedio que aceptar a la chica.
– En realidad, Nobu-san, no nos hemos «tropezado» por casualidad. Llevo semanas paseando arriba y abajo de esa calle con el fin de encontrarme contigo.
Pareció que esto lo dejaba pensativo, porque seguimos caminando en silencio un rato. Finalmente dijo:
– No debería sorprenderme. Eres la persona más marrullera que conozco.
– ¡Nobu-san! ¿Qué otra cosa podría hacer? -dije-. Pensé que habías desaparecido totalmente. Podría no haber vuelto a saber de ti, de no haber venido Takazuru llorando a contarme lo mal que la tratas.
– Sí, he sido bastante duro con ella, supongo. Pero no es tan lista como tú, ni tan bonita. Si has pensado que estaba enfadado contigo, no te has equivocado.
– ¿Podría preguntarte qué he hecho yo para enfadar tanto a un viejo amigo?
Aquí Nobu se detuvo y se volvió hacia mí con una expresión terriblemente triste en los ojos. De pronto me inundó un cariño por él que he sentido por muy pocos hombres en mi vida. Empecé a pensar cuánto lo había echado de menos y lo injusta que había sido con él. Pero aunque me avergüenza un tanto admitirlo, he de confesar que mi cariño estaba tintado de compasión.
– Me costó lo suyo enterarme, pero por fin he logrado saber quién es tu danna.
– Si Nobu-san me lo hubiera preguntado, habría estado encantada de decírselo.
– No te creo. Las geishas sois las personas más discretas del mundo. Pregunté por todo Gion, y una tras otra, todas fingieron que no lo sabían. Nunca me habría enterado, si no hubiera solicitado una noche la compañía de Michizono. Solos ella y yo.
Michizono era una leyenda en Gion. Por entonces tendría unos cincuenta años. No era una mujer hermosa, pero era capaz de poner de buen humor incluso a Nobu, sólo por la forma de arrugar la nariz al saludarle con la reverencia habitual.
– Le pedí que jugáramos a beber -continuó Nobu-, y yo gané y gané hasta que la pobre Michizono estaba casi borracha. Me habría dicho cualquier cosa que le hubiera preguntado.
– ¡Qué trabajo! -exclamé yo.
– ¡No digas tonterías! Fue una compañía muy agradable. No tenía nada que ver con trabajar. Pero ¿quieres que te diga algo? Al enterarme de que tu danna es un hombrecito en uniforme que nadie toma en consideración, te he perdido todo el respeto.
– Nobu-san habla como si yo tuviera algún poder de decisión en la elección de mi danna. Lo único que puedo elegir es el kimono que voy a ponerme. E incluso eso…
– ¿Sabes por qué tiene un trabajo de oficina ese hombre? Es porque nadie se fía de él cuando se trata de asuntos importantes. Conozco bien el ejército, Sayuri. Ni siquiera sus superiores pueden encontrarle una ocupación. Para eso podrías haberte aliado con un mendigo. De verdad, en algún momento te tuve gran cariño, pero…
– ¿En algún momento? ¿Es que ya no me lo tiene?
– No tomo cariño a los tontos.
– ¡Qué cruel! ¿Es que quiere hacerme llorar? ¡Oh, Nobu-san! ¿Soy tonta acaso porque tengo un danna que usted no puede admirar?
– ¡Geishas! No ha habido nunca un grupo de gente más irritante. Todo el tiempo consultando el horóscopo, diciendo: «¡Ay!, hoy no puedo dirigirme hacia el Este. Me dice el horóscopo que me traerá mala suerte». Pero, sin embargo, cuando se trata de algo que puede afectar el curso de toda vuestra vida, sencillamente miráis hacia otro lado.
– Más que mirar hacia otro lado, cerramos los ojos ante lo que no podemos impedir que suceda.
– ¿Así es? Bueno, la noche aquella que emborraché a Michizono me enteré de unas cuantas cosas hablando con ella. Eres la hija de la okiya, Sayuri. No puedes pretender que careces de toda influencia. Tienes la obligación de utilizar toda la influencia que tengas, a no ser que quieras ir a la deriva por la vida, como un pez panza arriba llevado por la corriente.
– Me gustaría poder pensar que la vida es algo más que una corriente que nos arrastra a todos panza arriba.
– De acuerdo, puede que sea una corriente, pero aun así tienes la libertad de estar en esta parte de la corriente o en aquélla. Las aguas intentarán constantemente llevarte a la otra parte. Pero si tú luchas y peleas y golpeas fuerte y aprovechas todas las ventajas que puedas…
– Sí, sí, eso está muy bien cuando se tienen ventajas.
– Las encontrarías por todas partes, si te preocuparas de buscarlas. En mi caso, aunque no tuviera nada más que, no sé, un hueso de melocotón chupeteado, o algo así, no lo desaprovecharía. Cuando tuviera que escupirlo, me aseguraría de que se lo tiraba a alguien que no me gustara.
– Nobu-san, ¿me está aconsejando que vaya por el mundo escupiendo huesos de melocotón a la gente?
– No te lo tomes a guasa; sabes muy bien a qué me refiero. Somos muy parecidos, Sayuri. Sé que me llaman Señor Lagarto y todo eso. Pero aquí me tienes con la más hermosa de las criaturas de Gion. Cuando te vi por primera vez hace años en aquel torneo de sumo (¿cuántos años tendrías? ¿Catorce?), me di cuenta de que incluso siendo tan jovencita eras una chica llena de recursos.
– Siempre he pensado que Nobu-san cree que valgo más de lo que realmente valgo.
– Puede que tengas razón. Creí que había algo en ti, Sayuri. Pero resulta que ni siquiera te has dado cuenta de dónde se encuentra tu destino. Unir tu fortuna a un hombre como el general. Yo me habría ocupado de ti, ¿sabes? ¡Me pone furioso sólo pensarlo! Cuando ese general desaparezca de tu vida, no te habrá dejado nada por lo que recordarlo. ¿Así es como pretendes echar a perder tu juventud? Una mujer que actúa estúpidamente es estúpida, ¿no crees?
Si frotamos una tela con frecuencia, no tardará en desgastarse y en vérsele la urdimbre; y las palabras de Nobu me habían raspado tanto que no pude mantener esa superficie finamente lacada tras la cual Mameha siempre me había aconsejado ocultarme. Me alegré de que estuviéramos en la oscuridad, porque estaba segura de que Nobu habría pensado aún peor de mí si se diera cuenta de la pena que estaba sintiendo. Pero supongo que mi silencio me traicionó, pues con su única mano me tomó del hombro y me giró un centímetro, lo justo para que la luz me iluminara la cara. Y cuando me miró a los ojos, dejó escapar un profundo suspiro que al principio me pareció de desilusión.
– ¿Por qué me parece que te has hecho mucho mayor, Sayuri? -dijo un momento después-. A veces me olvido de que todavía eres una muchacha. Y ahora me vas a decir que he sido muy brusco contigo.
– No puedo esperar que Nobu-san no actúe como Nobu-san.
– Reacciono mal cuando me decepcionan, Sayuri. Deberías saberlo. Que me engañaras porque eras demasiado joven o porque no eres la mujer que yo creía, lo mismo da; el caso es que me engañaste.
– Por favor, Nobu-san, me asusta oírte decir estas cosas. No sé siquiera si podré vivir conforme a los estándares por los que me juzgas…
– Pero ¿qué estándares son esos, realmente? Yo sólo espero que vayas por la vida con los ojos bien abiertos. Si no pierdes de vista tu destino, todos los momentos de la vida se convierten en una oportunidad para aproximarte a él. Yo no esperaría este tipo de consciencia de una chica tan atolondrada como Takazuru, pero…