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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Me acerqué a la mesa para arrebatar de las manos de Hatsumono el diario, pero ésta se levantó apretándolo contra sus pecho. Con la otra mano agarró el vaso que yo creía que contenía agua. Al estar cerca de ella percibí el olor a sake. No era agua lo que contenía el vaso. Estaba borracha.

– ¡Pues claro que quieres que te devuelva tu diario, Sayuri! ¡Y claro que te lo voy a devolver! -me dijo, mientras lo decía se dirigía a la puerta-. El problema es que todavía no he terminado de leerlo. Así que me lo llevo a mi cuarto… A no ser que prefieras que se lo lleve a Mamita. Estoy segura de que le encantará leer algunas de las cosas que has escrito sobre ella.

He mencionado antes que en el rellano había un frasco de ungüento roto en el suelo. Así es como obraba Hatsumono. Lo ponía todo perdido y luego ni tan siquiera se preocupaba de llamar a las criadas para que lo limpiaran. Pero entonces, al salir de mi cuarto, tuvo su merecido. Probablemente se había olvidado del frasco roto porque estaba borracha; fuera como fuese, el caso es que pisó sobre el cristal roto y dio un gritito. Vi que se examinaba el pie y se quedaba boquiabierta, pero luego continuó andando.

Me dio pánico verla entrar en su cuarto. Pensé en pegarme con ella para arrebatarle el diario, pero entonces recordé lo que me había dicho Mameha a propósito de Hatsumono después del torneo de sumo. Abalanzarse contra ella era lo obvio. Pero mejor me iría si esperaba a que se relajara, pensando que había ganado, y entonces llevarme el diario cuando estuviera desprevenida. Me pareció una buena idea… hasta que me la imaginé escondiéndolo en algún sitio donde yo no pudiera encontrarlo.

Había cerrado la puerta. Me acerqué y la llamé con un tono lo más suave posible:

– Hatsumono-san, lamento mucho haberme enfadado. ¿Puedo entrar?

– No, no puedes.

Abrí igualmente la puerta. El cuarto estaba en completo desorden, porque Hatsumono había dejado todo por en medio al trasladarse. El diario estaba encima de la mesa, y Hatsumono se había envuelto el pie con una toalla. No se me ocurría cómo distraerla, pero lo que tenía claro es que no iba a salir de aquella habitación sin el diario en la mano.

Puede que tuviera un carácter más propio de una rata de agua que de una persona, pero Hatsumono no era tonta. De no haber estado borracha, ni siquiera se me habría ocurrido intentar burlarla. Pero considerando su estado en ese momento… Pasé revista a mi alrededor a los montones de ropa interior, los frascos de perfume y todas las demás cosas esparcidas por el cuarto. La puerta del armario estaba abierta, y el pequeño cofre en el que guardaba sus joyas estaba entreabierto; y algunas estaban tiradas por las esteras, como si por la mañana hubiera estado sentada allí probándoselas y bebiendo. Y entonces un objeto me llamó la atención con la misma claridad que si fuera la única estrella que brillara en un cielo completamente negro.

Era un broche de obi que tenía una esmeralda engarzada, el mismo que me había acusado Hatsumono de haberle robado unos años antes, la noche que la sorprendí a ella y a su novio en la casita de las criadas. No esperaba volver a verlo. Me dirigí directamente al armario para agarrarlo y llevármelo.

– ¡Qué buena idea! -exclamó Hatsumono-. Venga, continúa y róbame una joya. Si quieres que te diga la verdad preferiría el dinero que tendrías que pagarme.

– Estoy encantada de que no te importe -le dije-. Pero ¿cuánto tendría que pagarte por esto?

Mientras decía estas palabras me aproximé a ella mostrándole el broche. La brillante sonrisa que había lucido en su boca hasta ese momento empezó a desvanecerse, al igual que se difumina la oscuridad de un valle cuando empieza a salir el sol. En ese momento, mientras Hatsumono se recobraba del susto, sencillamente acerqué mi otra mano a la mesilla y tomé el diario.

No sabía cómo iba a reaccionar Hatsumono, pero salí del cuarto cerrando la puerta detrás de mí. Pensé en ir directamente junto a Mamita para enseñarle lo que había encontrado, pero, claro, no podía presentarme allí con el diario en la mano. Lo más rápidamente que pude, abrí la puerta del armario donde se guardaban los kimonos de la estación en curso y metí el cuaderno entre dos de ellos envueltos en papel de seda. No me llevó más de dos segundos; pero sentí un escalofrío en la espalda pensando que Hatsumono podía abrir la puerta y verme. Cuando volví a cerrar la puerta del armario, entré rápidamente en mi cuarto y empecé a abrir y cerrar los cajones del tocador para hacer creer a Hatsumono que había escondido allí el diario.

Cuando volví a salir al rellano, Hatsumono me estaba observando desde el umbral de su habitación, con una sonrisita en la boca, como si encontrara muy divertida toda la situación. Intenté parecer preocupada, lo que no me resultó muy difícil, y me dirigí al cuarto de Mamita, donde deposité el broche sobre la mesa, delante de ella. Apartó la revista que estaba leyendo y lo tomó en la mano para observarlo de cerca.

– Es una bonita pieza -dijo-, pero no sacaríamos mucho en el mercado negro por ella. En estos tiempos nadie paga mucho por este tipo de joyas.

– Estoy segura de que Hatsumono pagaría lo que fuera, Mamita -le dije yo-. ¿Se acuerda del broche que me acusó de haberle robado hace años, el que se añadió a todas mis deudas? Pues es éste. Acabo de encontrarlo en el suelo de su cuarto, al lado del joyero.

– Creo que Sayuri tiene razón -dijo Hatsumono que había entrado en la habitación y se había quedado detrás de mí-. Este es el broche que perdí. O, al menos, es muy parecido. Pensé que no volvería a verlo.

– Sí, es muy difícil encontrar nada cuando se está todo el tiempo borracha -dije yo-. Con que hubieras mirado mejor en tu joyero.

Mamita dejó el broche sobre la mesa y continuó mirando furiosa a Hatsumono.

– Lo encontré en su cuarto -dijo Hatsumono-. Lo había escondido en su tocador.

– ¿Y por qué estabas hurgando en su tocador? -le preguntó Mamita.

– No quería decirle lo que voy a decirle, Mamita, pero Sayuri dejó algo olvidado sobre la mesa, y yo estaba tratando de esconderlo para evitarle problemas. Ya sé que tendría que habérselo traído a usted inmediatamente, pero… Se dedica a escribir un diario, ¿sabe? Me lo enseñó el año pasado. Y ha escrito algunas cosas bastante ofensivas sobre ciertos hombres, y, para qué ocultarlo ya, hay algunos trozos sobre usted, Mamita.

Pensé en insistir en que no era cierto; pero no importaba. Hatsumono se había metido en un lío, y nada de lo que dijera iba a cambiar la situación. Diez años antes, cuando ella era la que más ganaba de la okiya, probablemente habría podido acusarme de lo que quisiera. Podría haber dicho que me había comido el tatami de su cuarto, y Mamita habría añadido a mis deudas el coste del nuevo. Pero ahora las cosas habían cambiado; la brillante carrera de Hatsumono se había cortado en seco, mientras que la mía empezaba a florecer. Yo era la hija de la okiya y su principal geisha. No creo que a Mamita le preocupara mucho quién decía la verdad.

– No hay ningún diario, Mamita -dije-. Hatsumono se lo está inventando.

– ¿Ah, sí? -dijo Hatsumono-. Pues voy a buscarlo, y mientras Mamita lo lee, tú puedes irle contando cómo me lo he inventando.

Hatsumono fue a mi cuarto; Mamita la siguió. El rellano estaba en una situación deplorable. No sólo había un frasco roto en el suelo, sino que al pisarlo, Hatsumono había ido dejando un rastro de ungüento y sangre por donde había pasado, no sólo en el rellano, sino también en el tatami de su cuarto, en el de Mamita y ahora en el mío. Cuando entré yo, estaba arrodillada delante de mi tocador, cerrando los cajones y con una expresión de derrota en el rostro.

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