Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Hatsumono había sido amiga íntima durante muchos años del famoso actor de Kabuki Bando Shojiro VI. Shojiro era un onnagata, que es como se llama a los actores que siempre hacen papeles femeninos. Una vez, Shojiro declaró en una entrevista para una revista que Hatsumono era la mujer más hermosa que él había visto en su vida y que en el escenario solía imitar sus gestos para hacerse más atractivo. De modo que como cualquiera puede imaginarse, siempre que Shojiro venía a la ciudad, Hatsumono iba a visitarlo.
Una tarde me enteré de que Shojiro iba a asistir a una fiesta esa misma noche en el distrito de Pontocho, que también es una zona de geishas, al otro lado del río. Oí esta noticia mientras preparaba una ceremonia del té para un grupo de oficiales de marina de permiso. Al terminar, volví apresuradamente a la okiya, pero Hatsumono ya se había vestido y salido sigilosamente. Hacía lo mismo que yo había hecho en tiempos; salir temprano para que no la siguieran. Estaba deseando contarle a Mameha lo que sabía, de modo que me fui directamente a su apartamento. Por desgracia, su doncella me dijo que se había ido media hora antes a «rezar». Yo sabía lo que quería decir esto exactamente: Mameha había ido a un pequeño templo situado en el extremo oriental de Gion a rezar delante de las tres diminutas jizo que había hecho erigir allí con su dinero. Una jizo es una estatua que venera el alma de un niño que ha partido; en el caso de Mameha, estaban dedicadas a los tres hijos que había tenido que abortar a petición del barón. En otras circunstancias habría ido a buscarla, pero no podía molestarla en un momento tan íntimo como aquél; y además era posible que no quisiera que yo supiera que había ido al templo. Así que en su lugar, me quedé en su apartamento y permití que Tatsumi me sirviera el té mientras la esperaba. Por fin apareció Mameha, con pinta de venir muy cansada. No quise contárselo nada más llegar, así que estuvimos hablando largo rato sobre el Festival de las Edades, que iba a tener lugar en breve y en el que Mameha iba a hacer el papel de la Doncella Murasaki Shikibu, la autora de La Historia de Genji. Finalmente, Mameha levantó la cara de la taza de té tostado -Tatsumi estaba tostando las hojas cuando yo llegué- y en sus labios asomaba una sonrisa. Sólo entonces le conté de lo que me había enterado por la tarde.
– ¡Perfecto! -dijo-. Hatsumono se relajará y pensará que por fin se ha librado de nosotras. Con toda la atención que seguro que le dispensará Shojiro en la fiesta puede que se sienta renovada. En ese momento llegamos tú y yo como si de pronto hubiera entrado un olor espantoso de la calle, y le echamos a perder la velada.
Considerando lo cruel que había sido Hatsumono conmigo a lo largo de los años y cuánto llegué a odiarla, este plan debería haberme regocijado. Pero de repente me di cuenta de que hacer sufrir a Hatsumono no era el placer que podría haber imaginado. Recordaba una vez siendo niña que me estaba bañando en el estanque cerca de nuestra casita del acantilado cuando de pronto sentí que algo me quemaba la espalda. Una avispa me había mordido y estaba intentando soltarse de mi piel. Me puse a gritar sin saber qué hacer, pero uno de los chicos me la arrancó y la agarró por las alas; todos los demás hicimos un corro a su alrededor para decidir la mejor forma de matarla. A mí me dolía mucho la picadura y obviamente no tenía por la avispa ninguna simpatía. Pero sentí una gran desazón al ver aquella pequeña criatura luchando por la vida sin poder hacer nada para librarse de la muerte que le aguardaba tan sólo unos minutos después. Ese mismo tipo de lástima sentía por Hatsumono. Por la noche, cuando la seguíamos por todo Gion hasta que ya harta volvía a la okiya sólo para deshacerse de nosotras, casi tenía la sensación de que la estábamos torturando.
En cualquier caso, sobre las nueve de esa noche, cruzamos el río en dirección a Pontocho. A diferencia de Gion, que se extiende varios bloques, Pontocho no es más que una sola calle que se extiende a lo largo de la orilla del río. La gente lo llama «la cama de la anguila» por su forma alargada. El aire otoñal era ya bastante fresco, pero la fiesta de Shojiro era al aire libre, en una terraza de madera levantada sobre pilotes en el río. Nadie se fijó en nosotras cuando accedimos a la terraza por unas puertas acristaladas. La terraza estaba hermosamente iluminada con farolillos de papel, y las luces de un restaurante situado en la orilla opuesta se reflejaban en el río dándole un resplandor dorado. Todos escuchaban a Shojiro, que estaba contando una historia con el tono monótono que lo caracterizaba; pero a Hatsumono se le agrió la expresión al vernos. Me recordó a una pera machucada que había tenido en la mano el día anterior, pues entre todas las caras alegres, la expresión de Hatsumono parecía una gran machucadura.
Mameha se fue a arrodillar en una estera al lado de Hatsumono, lo que yo consideré muy atrevido por su parte. Yo me arrodillé en el extremo opuesto de la terraza, al lado de un hombre mayor de aspecto agradable que resultó ser el maestro de koto, Tachibana Zensaku, cuyos viejos discos, todos rayados, todavía guardo. Esa noche descubrí que Tachibana estaba ciego. Independientemente de la razón de mi presencia allí, ya me habría bastado la posibilidad de pasar la velada charlando con él, pues era un hombre fascinante y encantador. Pero acabábamos de empezar a hablar cuando todo el mundo estalló en ruidosas carcajadas.
Shojiro tenía una mímica fabulosa. Era esbelto como la rama de un sauce, y tenía unos dedos elegantes, que movía pausadamente, lo mismo que su cara alargada, que podía mover de mil formas extraordinarias. Podría haber engañado a un grupo de monos haciéndoles creer que era uno de ellos. En ese momento estaba imitando a una geisha ya entrada en años que tenía a su lado, una mujer que ya pasaba de los cincuenta. Con sus gestos afeminados -los labios haciendo pucheritos, los ojos en blanco-, conseguía parecerse tanto a ella que yo no sabía si echarme a reír o llevarme la mano a la boca, asombrada. Ya había visto a Shojiro en el escenario, pero aquello era mucho mejor.
Tachibana se inclinó hacia mí y me susurró:
– ¿Qué está haciendo?
– Está imitando a la geisha que tiene al lado.
– ¡ Ah! -dijo Tachibana-. Debe de ser Ichiwari -y luego me dio un golpecito con la mano para asegurarse de que lo escuchaba-. La directora del Teatro Minamiza -continuó, y extendió, debajo de la mesa para que nadie lo viera, el dedo meñique. En Japón extender el dedo meñique significa «novio» o «novia». Tachibana me estaba diciendo con aquel gesto que esa geisha llamada Ichiwari era la amante del director del teatro. Y, de hecho, el director se encontraba entre los invitados riéndose como el que más.
Un momento después, todavía en plena imitación, Shojiro se metió un dedo en la nariz. Todo el mundo se rió de tal forma que la terraza tembló. Yo no lo sabía, pero hurgarse en la nariz era una de las costumbres de Ichiwari. Ella se sonrojó al verlo, y se tapó la cara con una de las mangas del kimono, y Shojiro, que llevaba bastante sake en el cuerpo, siguió imitándola en esto. La gente se rió por cortesía, pero sólo Hatsumono parecía encontrarlo verdaderamente gracioso, pues llegado a un punto Shojiro empezó a cruzar la frontera de la crueldad. Finalmente, el director del teatro dijo:
– Venga, venga, Shojiro-san, reserva tus fuerzas para el espectáculo de mañana. Además, ¿no sabías que estás sentado al lado de una de las mejores bailarinas de Gion? Propongo que le pidamos una demostración.
El director hablaba de Mameha, por supuesto.
– ¡Oh, no! No me apetece ver bailar ahora -dijo Shojiro. Como pude comprobar posteriormente a lo largo de los años, siempre prefería ser el centro de atención-. Además me estoy divirtiendo.