Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– Bueno, creo que podríamos dejarlo estar un tiempo. En cualquier caso ya hemos hecho bastante por hoy. ¿Por qué no nos vemos otro día y calculamos la cifra definitiva?
Mamita tenía una cara muy seria, pero hizo una pequeña inclinación de cabeza y les agradeció la visita.
– Tiene que estar usted muy contenta -dijo la Señora Okada, mientras guardaba de nuevo en su bolsa el ábaco y el libro de cuentas- de que Sayuri ya haya encontrado un danna. Y eso que sólo tiene dieciocho años. Qué joven para dar un paso tan importante.
– Mameha no hubiera hecho mal en tomar un danna a esa edad -contestó Mamita.
– Dieciocho años es un poco pronto para la mayoría de las chicas -dijo Mameha-, pero estoy segura de que la Señora Nitta ha tomado la decisión correcta en el caso de Sayuri.
Mamita aspiró la pipa varias veces, mirando fijamente a Mameha, que estaba sentada al otro lado de la mesa.
– Mi consejo, Mameha-san -dijo- es que te concentres en enseñarle a Sayuri esa forma tan bonita que tú sabes de poner los ojos en blanco. Las decisiones que atañan a nuestros negocios mejor me las dejas a mí.
– Nunca se me ocurriría discutir con usted de negocios, Señora Nitta. Estoy convencida de que ha tomado la mejor decisión… Pero, si me permite la pregunta, ¿es verdad que la oferta más generosa ha sido la de Nobu Toshikazu?
– Como ha sido la única, supongo que es la más generosa.
– ¿La única? ¡Qué pena! Los acuerdos son mucho más favorables cuando compiten varios hombres. ¿No cree?
– Como te decía, Mameha-san, déjame a mí las decisiones que atañan al negocio. Tengo pensado un plan muy sencillo para que los términos que acordemos con Nobu Toshikazu sean lo más favorables posible para nosotras.
– Si no le importa, me gustaría conocerlo.
Mamita dejó la pipa sobre la mesa. Creí que iba a afear a Mame-ha su comportamiento, pero, en realidad, dijo:
– Pues ahora que lo dices, a mí también me gustaría contártelo. Tal vez puedas ayudarme a llevarlo a cabo. He pensado que, tal vez, Nobu Toshikazu se mostrará más generoso si sabe que fue una estufa de la casa Iwamura la que mató a nuestra Abuela. ¿No crees?
– ¡Oh, Señora Nitta, nunca se me han dado bien los negocios!
– Tal vez, tú o Sayuri deberíais dejarlo caer en la conversación la próxima vez que lo veáis. Decirle que fue un gran golpe para nosotras. Seguro que querrá compensarnos.
– Sí, sí, seguro que es una buena idea -dijo Mameha-. Pero con todo no deja de ser decepcionante… Tenía la impresión de que también se había interesado otro hombre en Sayuri.
– Cien yenes son cien yenes, vengan de donde vengan.
– Eso es verdad en la mayoría de los casos -dijo Mameha-. Pero el hombre en el que estoy pensando es el General Tottori Junnosuke…
Llegadas a este punto de la conversación, perdí el hilo de lo que estaban diciendo, pues me di cuenta de que Mameha estaba haciendo un esfuerzo por rescatarme de las manos de Nobu. No me esperaba tal cosa. No sabía si había cambiado de opinión con respecto a ayudarme o si me estaba agradeciendo haber tomado partido por ella frente a Mamita… Claro que era posible que no estuviera intentando ayudarme en absoluto, sino que lo hiciera con otros fines. Estos pensamientos se agolpaban en mi cabeza, hasta que sentí la pipa de Mamita en el brazo.
– ¿Bien? -dijo.
– ¿Señora?
– Te he preguntado si conocías al general.
– Lo he visto varias veces, Mamita -respondí-. Viene a Gion con frecuencia.
No sé por qué contesté esto. La verdad es que conocía al general más que de haberlo visto unas cuantas veces. Venía prácticamente todas las semanas a Gion, siempre como invitado de otros. Era un hombre de corta estatura, más bajo que yo. Pero no era una persona que pasara desapercibida, o, por lo menos, no podías ignorar su presencia más de lo que puedes ignorar la de una ametralladora. Era de movimientos bruscos y tenía perpetuamente un cigarrillo en la mano, así que a su alrededor siempre había volutas de humo enroscándose en el aire. Recordaba a una locomotora envuelta en nubes de vapor antes de echar a andar. Una noche que estaba un poco achispado, el general se había parado a hablar conmigo más tiempo que nunca, explicándome las distintas graduaciones del ejército, y le parecía muy divertido que yo no acabara de ver las diferencias. El propio general era un shojo, que significa «pequeño general» -es decir, la graduación más baja que se pueda tener de general-, y yo, tonta de mí, creí que aquello no debía de estar muy arriba en el escalafón. Puede que él, por modestia, se quitara importancia, y yo fui lo bastante ignorante para creerlo.
En ese momento Mameha le estaba diciendo a Mamita que el general acababa de ser ascendido. Le habían puesto al mando de toda la Intendencia, aunque, como Mameha continuó explicando, el trabajo era semejante al de un ama de casa que va a hacer la compra. Si, por ejemplo, en las oficinas militares escaseaban los secantes, la función del general era garantizar que iban; a tener todos los necesarios y a un buen precio.
– Con su nuevo puesto -dijo Mameha-, el general está en situación de poder tener una amante por primera vez. Y estoy segura de que ha expresado su interés en Sayuri.
– ¿Y por qué iba a preocuparme yo de que le interese Sayuri-dijo Mamita-. Los militares nunca se ocupan de las geishas del modo en que lo hacen los hombres de negocios o los aristócratas.
– Puede que sea cierto, Señora Nitta. Pero yo creo que desde su nuevo cargo el General Tottori podría ser de gran utilidad a su okiya.
– ¡Qué tontería! No necesito a nadie que me ayude a llevar la okiya. Lo único que necesito son buenos ingresos, y eso es precisamente lo que no me puede ofrecer un militar.
– Aquí en Gion hemos tenido suerte hasta ahora -dijo Mameha-. Pero si la guerra continúa también aquí tendremos que sufrir la escasez de alimentos.
– Sin duda, si la guerra continúa -respondió Mamita-. Pero esta guerra habrá terminado en seis meses.
– Y cuando así sea, el ejército estará en una posición aún más fuerte que antes. Señora Nitta, por favor, no se olvide de que el General Tottori es el hombre que controla todos los recursos del ejército. No hay en Japón nadie con una posición mejor para proporcionarle todo lo que pueda necesitar, continúe o no continúe la guerra. Es él quien permite la entrada de todos los artículos que llegan a los puertos de Japón.
Como pude saber más tarde, lo que Mameha dijo sobre el general no era del todo cierto. Sólo era responsable de una de las cinco grandes regiones administrativas. Pero supervisaba a los que tenían a su cargo las otras regiones. En cualquier caso, tenías que haber visto el comportamiento de Mamita después de que Mameha le dijera todo aquello. Casi se veían sus pensamientos. Miró la tetera, y yo pude imaginarla pensando: «Bueno, de momento no he tenido problemas para conseguir té, aunque es verdad que ha subido…». Y luego, probablemente sin darse cuenta siquiera de lo que estaba haciendo, se metió una mano en el obiy palpó la bolsita de seda donde llevaba el tabaco, como comprobando cuánto le quedaba.
Mamita se pasó toda la semana siguiente yendo de punta a punta de Gion y telefoneando a unos y otros a fin de recabar toda la información posible acerca del General Tottori. Se entregó a tal punto a esta tarea que a veces cuando le hablaba parecía que no me había oído. Creo que estaba tan ocupada pensando que su mente era como un tren que tuviera que arrastrar demasiados vagones.
Durante este periodo seguí viendo a Nobu siempre que venía a Gion, e hice todo lo posible para actuar como si nada hubiera cambiado. Probablemente esperaba que para mediados de julio yo ya fuera su amante. Y es cierto que yo también lo esperaba; pero cuando acabó el mes, sus negociaciones no habían llegado a ningún sitio. Durante las semanas siguientes, varias veces lo vi mirarme sorprendido. Y entonces, una noche, saludó a la dueña de la Casa de Té Ichiriki de la forma más seca que yo había visto nunca hacer a nadie, limitándose a una más que leve inclinación de cabeza al pasar a toda velocidad a su lado. La dueña siempre había valorado a Nobu como cliente, y me lanzó una mirada que parecía al mismo tiempo sorprendida y preocupada. Cuando me uní a la fiesta de Nobu, vi claramente que estaba irritado: tenía los músculos de la mandíbula en tensión y se llevaba el sake a la boca con mayor brusquedad de la que ya era habitual en él. No puedo decir que le reprochara que se sintiera como se sentía. Pensé que debía de considerarme una desalmada por el desinterés con que había respondido a todas sus gentilezas. Con estos oscuros pensamientos rondándome la cabeza, me quedé ensimismada, hasta que el sonido de una copa de sake chocando contra la mesa me sacó de ese estado. Cuando levanté la vista, Nobu me estaba mirando. A su alrededor, los invitados se reían y se divertían, pero él estaba sentado solo, con los ojos fijos en mí y perdido en sus pensamientos, como había estado yo en los míos. Parecíamos dos puntos húmedos en el centro de un carbón en llamas.