Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Capítulo veintiséis
Durante el mes de septiembre de aquel ano, todavía con dieciocho años, el General Tattori y yo bebimos sake juntos en una ceremonia que tuvo lugar en la Casa de Té Ichiriki. Era la misma ceremonia que había realizado con Mameha, cuando se convirtió en mi hermana mayor, y luego con el Doctor Cangrejo, justo antes de mi mizuage. En las semanas que siguieron, todo el mundo felicitó a Mamita por haber hecho una alianza tan favorable.
Esa primera noche, después de la ceremonia, fui, siguiendo las instrucciones del general, a una pequeña posada del noroeste de Kioto, llamada Suruya, que sólo tenía tres habitaciones. Para entonces ya estaba tan acostumbrada al lujo que me sorprendió la pobreza de la posada. La habitación olía a moho y el tatami estaba tan hinchado por la humedad que al pisarlo parecía soltar un suspiro. La pared estaba desconchada en una esquina y el yeso formaba un montoncito en el suelo. Se oía a un viejo leer el periódico en la habitación contigua. Cuanto más rato pasaba, más rara me sentía allí, de modo que experimenté un inmenso alivio cuando por fin llegó el general -aunque después de que yo lo saludara lo único que hizo fue encender la radio y sentarse a beber cerveza.
Pasado un rato, fue a la planta baja a darse un baño. Cuando volvió a la habitación, se quitó el albornoz inmediatamente y se movió de aquí para allá completamente desnudo, secándose el pelo con una toalla. Bajo su pecho sobresalía una barriguita redonda, bajo la cual se apreciaba una inmensa mata de vello. Nunca había visto a un hombre desnudo, y el fofo trasero del general me pareció casi cómico. Pero cuando se puso frente a mí, tengo que reconocer que mis ojos fueron directamente a donde… bueno, a donde debería estar su «anguila». Algo le colgaba, pero sólo cuando el general se tumbó de espaldas y me dijo que me desnudara, empezó a salir a la superficie. Era un hombrecito extraño, pero sin ningún reparo para decirme lo que tenía que hacer. Yo estaba preocupada porque tenía que encontrar una manera de agradarle, pero sucedió que lo único que tuve que hacer fue cumplir las órdenes que él me iba dando. En los tres años que habían pasado desde mi mizuage, había olvidado el terror que sentí cuando el doctor se echó sobre mí. Lo recordé entonces, pero lo extraño fue que ya no sentí terror, sino una vaga náusea. El general dejó la radio encendida y las luces también, como si quisiera asegurarse de que yo no dejaba de tener presente la sordidez de la habitación, incluyendo la mancha de humedad en el techo.
Conforme pasaban los meses, la náusea fue desapareciendo, y mis encuentros con el general pasaron a ser una desagradable rutina que tenía lugar dos veces por semana. A veces me preguntaba cómo sería con el Presidente; y, a decir verdad, me preocupaba que pudiera ser tan poco agradable como con el doctor y el general. Entonces sucedió algo que me hizo ver la cosas de otro modo. Por esa época, un hombre llamado Yasuda Akira, que había aparecido en todas las revistas debido al éxito que había tenido un nuevo tipo de luces de bicicleta que él había inventado, empezó a venir regularmente a Gion. No era recibido en la Casa de Té Ichiriki, y, probablemente, tampoco hubiera podido pagárselo, pero aparecía tres o cuatro noches a la semana en una pequeña casa de té llamada Tatematsu, en Tominagacho, un distrito de Gion que no estaba lejos de nuestra okiya. Primero lo conocí en un banquete, una noche en la primavera de 1939, cuando yo tenía diecinueve años. Él era mucho más joven que el resto de los hombres a su alrededor, probablemente no pasaba de treinta, de modo que en cuanto entré en la habitación me fije en él. Tenía la misma dignidad del Presidente. Lo encontré muy atractivo, con las mangas de la camisa remangadas y la chaqueta del traje en el suelo detrás de él. Durante un momento me quedé mirando a un hombre de edad que estaba sentado a su lado. Levantó los palillos con un trozo de tofu asado y se los metió en una boca que no podía estar mas abierta, lo cual me hizo pensar en una puerta que se abre de par en par para que entre lentamente una tortuga. Por el contrario, casi me desmayo al ver el brazo elegante y musculoso de Yasuda-san llevándose a la boca, sensualmente entreabierta, un trozo de carne.
Hice la ronda de hombre en hombre y cuando llegué junto a él me presenté, y él me dijo:
– Espero que me perdone.
– ¿Perdonarle qué? -le pregunté.
– He sido un grosero -me contestó-. No he podido quitarle ojo en toda la noche.
Dejándome llevar de un impulso, eché mano al tarjetero bordado que llevaba debajo del obi y discretamente saqué una tarjeta y se la di. Las geishas siempre llevan encima tarjetas de visita, igual que los hombres de negocios. Las mías eran muy pequeñas, como la mitad del tamaño de una tarjeta de visita normal, y llevaban caligrafiadas en el pesado papel de arroz del que estaban hechas sólo dos palabras «Gion» y «Sayuri». Era primavera, de modo que llevaba unas tarjetas que tenían el fondo decorado con una colorida rama de ciruelo en flor. Yasuda se la quedó mirando un momento antes de guardársela en el bolsillo de la camisa. Me daba la sensación de que ninguna palabra que dijéramos habría sido más elocuente que esta sencilla interacción, de modo que le hice una reverencia y pasé a hablar con el siguiente.
Desde ese día, Yasuda-san empezó a solicitar mi compañía en la Casa de Té Tatematsu todas las semanas. Nunca pude ir con la frecuencia con la que él quería. Pero como unos tres meses después de conocernos, una tarde apareció con un kimono de regalo. Me sentí muy halagada, aunque, en realidad, no era una prenda muy sofisticada -estaba tejida en una seda de no muy buena calidad con unos colores bastante chillones y un vulgar estampado de flores y mariposas. Quería que me lo pusiera para él alguna vez, y le prometí hacerlo. Pero cuando volví a la okiya esa noche, Mamita me vio subir con el paquete y me lo arrebató para ver su contenido. Sonrió despectivamente al ver el kimono y dijo que no permitiría que me vieran con algo tan poco atractivo puesto. Y al día siguiente lo vendió.
Cuando me enteré de lo que había hecho, le dije con la máxima claridad de la que fui capaz que aquel kimono era un regalo que me habían hecho a mí, no a la okiya, y que no estaba bien que lo hubiera vendido.
– Ciertamente era tuyo -me respondió-. Pero tú eres la hija de la okiya. Lo que pertenece a la okiya te pertenece a ti, pero a la inversa también.