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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– Pero si Nobu-san ha estado todo el tiempo diciendo que yo era una estúpida.

– Sabes bien que no hay que escucharme cuando estoy enfadado.

– ¿Así que Nobu-san ya no está enfadado? ¿Vendrá entonces a verme a la Casa de Té Ichiriki? ¿O me invitará a venir a verlo? En realidad no tengo mucho que hacer esta noche. Podría entrar ahora, si Nobu-san me lo pidiera.

Para entonces, habíamos dado la vuelta al parque, y estábamos de nuevo delante de la entrada de la casa de té.

– No te lo pediré -dijo, y abrió la puerta.

No pude evitar soltar un gran suspiro al oír esto; y digo que era un gran suspiro porque contenía muchos suspiros pequeños: uno de desilusión, otro de frustración, otro de tristeza… y no sé de cuántas cosas más.

– ¡Oh, Nobu-san! -dije yo-, a veces me resulta tan difícil de entender.

– Yo soy un hombre muy fácil de entender, Sayuri -dijo-. Sencillamente no me gusta tener delante de mí lo que no puedo alcanzar.

Antes de darme la ocasión de responder, entró en la casa de té y cerró la puerta tras él.

Capítulo veintisiete

Durante el verano de aquel año, 1939, estuve tan ocupada con todos los compromisos, los encuentros con el general, las representaciones de danza y todo eso que cuando intentaba levantarme por la mañana, me sentía como un cubo lleno de clavos. Por lo general, a media tarde había logrado olvidarme del cansancio, pero a menudo me preguntaba cuánto estarían reportándome todos aquellos esfuerzos. No esperaba poderme enterar, sin embargo, así que cuando Mamita me llamó a su cuarto y me dijo que durante los últimos seis meses había ganado más que Hatsumono y Calabaza juntas me quedé bastante asombrada.

– Lo cual significa -dijo Mamita- que ha llegado el momento de que os cambiéis de habitación.

No me agradó oír esto tanto como se pudiera imaginar. Hatsumono y yo habíamos logrado vivir bajo el mismo techo durante los últimos años por el procedimiento de mantener las distancias. Pero para mí seguía siendo un tigre dormido, no un tigre vencido. Hatsumono no iba pensar en el plan de Mamita sencillamente en términos de «cambiar de habitación», sino que iba a sentir que le habían arrebatado la suya.

Cuando vi a Mameha aquella noche, le dije lo que Mamita me había dicho y le mencioné mi temor de que el fuego de Hatsumono volviera a prenderse.

– Bueno, eso está bien -respondió Mameha-. Esa mujer no se dará definitivamente por vencida hasta que no corra la sangre. Y todavía no ha corrido. Ofrezcámosle la oportunidad y veamos en qué lío se mete ahora.

Al día siguiente por la mañana temprano, la Tía subió a decirnos lo que teníamos que hacer para trasladar de un cuarto al otro nuestras pertenencias. Empezó por llevarme al cuarto de Hatsumono y anunciarme que cierta esquina me pertenecía; podía poner en ella lo que quisiera, y nadie podía tocarlo. Luego llevó a Hatsumono y a Calabaza a mi cuarto, que era más pequeño, y dispuso un espacio similar para las dos. Lo único que teníamos que hacer era cambiar nuestras pertenencias de cuarto.

Esa misma tarde me puse a trabajar en el traslado de mis enseres de un lado al otro del rellano. Me gustaría poder decir que había acumulado una colección de objetos hermosos, como probablemente la habría acumulado Mameha a mi edad; pero el espíritu de la nación había cambiado mucho. El gobierno militar había prohibido recientemente como lujos innecesarios los cosméticos y las permanentes, aunque las geishas de Gion, como juguetes que éramos de los hombres que ocupaban el poder, seguíamos haciendo más o menos lo que queríamos. Los regalos lujosos, sin embargo, eran algo desconocido. De modo que a lo largo de todos aquellos años apenas había acumulado nada más que unos cuantos pergaminos, tinteros y cuencos, así como una colección de fotos estereoscópicas de vistas de lugares famosos con un bonito visionador de plata que me había regalado el actor de Kabuki Onoe Yoegoro XVII. En cualquier caso, trasladé todo ello -junto con mis útiles de maquillaje, la ropa interior, los libros y las revistas- y lo dejé todo apilado en el rincón de la habitación que me habían adjudicado. Pero al día siguiente por la noche, Hatsumono y Calabaza todavía no habían empezado a trasladar sus cosas. Cuando regresaba de mis clases al mediodía del tercer día, decidí que si los frascos y ungüentos de Hatsumono seguían abarrotando el tocador, iría a pedirle ayuda a la Tía.

Cuando llegué a lo alto de la escalera, me sorprendió ver abiertas las dos puertas, la de Hatsumono y la mía. Un tarro de ungüento blanco estaba roto en el suelo. Parecía que había pasado algo, y cuando entré en mi habitación, vi lo que era. Hatsumono estaba sentada en mi mesita, sorbiendo algo que parecía agua y leyendo uno de mis cuadernos.

La geishas han de ser discretas con respecto a los hombres que conocen. Así que tal vez te sorprenda saber que unos años antes, cuando todavía era aprendiza, había ido a un papelería una tarde y me había comprado un bonito cuaderno para empezar a llevar un diario. No había sido tan estúpida como para anotar aquellas cosas que una geisha nunca debe revelar. Sólo escribía sobre lo que pensaba y lo que sentía. Cuando quería decir algo sobre un hombre en concreto, le daba un nombre codificado. Por ejemplo, me refería a Nobu como el «Señor Tsu», porque a veces hacía un ruido con la boca que sonaba así. Y al Presidente lo llamaba «Señor Haa», porque en una ocasión había tomado aire y lo había soltado lentamente haciendo un sonido parecido, y yo lo había imaginado despertándose a mi lado mientras lo hacía, de modo que se me había quedado grabado. Pero nunca pensé que nadie fuera a leer las cosas que había escrito.

– ¡Si eres tú! -exclamó Hatsumono-. ¡Qué bien que te veo! Te estaba esperando para decirte cuánto me está gustando tu diario. Algunos de los días son de lo más interesante… y, realmente, tienes un estilo encantador. Tu caligrafía no es muy allá, pero…

– ¿Y has leído por casualidad lo que pone en la primera página?

– No, no creo. Veamos… «Privado». Bueno, pues aquí tenemos un buen ejemplo de lo que te estoy diciendo de tu caligrafía.

– Hatsumono, por favor, deja el libro sobre la mesa y sal de mi habitación.

– ¡De verdad! Me sorprendes, Sayuri. Sólo estoy intentando ayudarte. Escucha un momento y verás. Por ejemplo: ¿por qué le has dado a Nobu Toshikazu el apodo de «Señor Tsu»? No le pega nada. Creo que mejor le hubieras puesto «Señor Verrugas» o tal vez «Señor Manco». ¿No crees? Puedes cambiarlo si quieres, y no hace falta que me des las gracias por ello.

– No sé de qué estás hablando, Hatsumono. No he escrito nada sobre Nobu.

Hatsumono suspiró, como diciendo que era una mala embustera, y luego empezó a pasar las páginas del cuaderno.

– Pues si no es de Nobu de quien estás hablando aquí, tú me dirás quién es. A ver dónde está… ¡Ah!, aquí es: «A veces, cuando una geisha se lo queda mirando, la cara del Señor Tsu se pone roja de rabia.

Pero yo lo puedo mirar todo lo que quiera y siempre parece agradarle que lo mire. Creo que me tiene cariño porque siente que a mí no me asusta el aspecto de su piel ni me parece extraño que le falte un brazo, como les sucede a la mayoría de las chicas». De modo que supongo que lo que tratas de decirme es que conoces a alguien que es exactamente igual que Nobu. ¡Pues deberías presentarlos! Piensa en todo lo que tienen en común.

Para entonces yo ya estaba desesperada -no se me ocurre una palabra mejor para describir mi estado-. Porque una cosa es ver de pronto todos tus secretos sacados a la luz, pero cuando ha sido tu propia estupidez la que los ha expuesto… bueno, entonces es todavía peor. De maldecir a alguien era a mí a quien maldecía por haber escrito el diario en primer lugar y en segundo lugar por haberlo dejado donde Hatsumono pudiera encontrarlo. Un comerciante que se deja la ventana abierta no puede enfadarse si un temporal de lluvia le estropea la mercancía.

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