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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Me enfadé tanto con Mamita que no podía ni mirarla. En cuanto a Yasuda-san, a quien le habría gustado verme con el kimono, le dije que debido a los colores y al estampado de mariposas y flores, sólo me lo podía poner al principio de la primavera, y como estábamos ya en verano, casi tendría que pasar un año para que pudiera vérmelo puesto. Esto no pareció molestarle mucho.

– ¿Qué es un año? -dijo, mirándome con sus penetrantes ojos-. Por según que cosas esperaría mucho más.

Estábamos solos en el cuarto, y Yasuda-san dejó el vaso de cerveza sobre la mesa de una forma que me ruborizó. Buscó mi mano, y yo se la di, esperando que la retuviera un rato entre las suyas antes de soltarla. Pero, para mi sorpresa, se la llevó a los labios y empezó a besarla apasionadamente en la parte interna de la muñeca, de una forma que repercutió por todo mi cuerpo, hasta las rodillas. Me tengo por una mujer obediente; hasta ese momento siempre había hecho lo que me decían que hiciera Mamita o Mameha o incluso Hatsumono cuando no tenía más remedio; pero la combinación de enfado con Mamita y deseo de Yasuda-san me llevó a decidir hacer aquello que Mamita me había ordenado más explícitamente que no hiciera. Le dije que se reuniera conmigo en esa misma casa de té a medianoche, y lo dejé allí solo.

Justo antes de medianoche volví y hablé con una joven camarera. Le prometí una cantidad indecente de dinero si se encargaba de que nadie nos molestara a Yasuda-san y a mí, que ocuparíamos durante media hora una de las habitaciones del piso superior. Ya estaba allí esperando en la oscuridad, cuando la doncella abrió la puerta y entró Yasuda-san. Tiró el sombrero al tatami y me levantó del suelo antes incluso de que la puerta hubiera vuelto a cerrarse. Apretar mi cuerpo contra el suyo me resultó tan satisfactorio como una comida después de pasar hambre. Cuanto más me apretaba él, más lo apretaba yo. No me sorprendió la habilidad con la que sus manos se deslizaron por mis ropas, abriéndolas, para llegar a la piel. No diré que no experimenté en algún momento el mismo tipo de torpeza que solía experimentar con el general, pero, desde luego, no la noté de la misma forma. Mis encuentros con el general me recordaban a una vez que, siendo niña, intenté trepar a un árbol para arrancar cierta hoja de la copa. Todo era cuestión de moverse con cuidado y de soportar la incomodidad hasta alcanzar lo que quería. Pero con Yasuda-san me sentía como una niña corriendo libremente colina abajo. Un momento después, cuando yacíamos exhaustos en el tatami, le levanté la camisa y le puse la mano en el estómago para sentir su respiración. Nunca en mi vida había estado tan próxima a otro ser humano, aunque no habíamos dicho ni una palabra.

Fue entonces cuando entendí: echarte en el futón, quieta, para el doctor o el general era una cosa; con el Presidente tenía que ser algo muy distinto.

La vida cotidiana de muchas geishas cambia drásticamente cuando pasan a tener un danna; pero en mi caso, apenas percibí ese cambio. Seguía haciendo la ronda de las casas de té de Gion por la noche, como lo había venido haciendo durante los últimos años. De vez en cuando, por la tarde, hacía alguna excursión fuera de Gion, incluyendo alguna de lo más peculiar, como acompañar a un hombre al hospital a visitar a su hermano. Pero de todos aquellos cambios que había esperado -los recitales de danza financiados por mi danna, los lujosos regalos o incluso los días de asueto pagados- no se produjo ninguno. Sucedió exactamente lo que había pronosticado Mamita. Que los militares no se ocupaban de las geishas del mismo modo que lo hacían los hombres de negocios o los aristócratas.

Puede que el general apenas aportara cambios en mi vida, pero lo que sí era cierto es que su alianza con la okiya resultó inestimable, al menos, desde el punto de vista de Mamita. Cubría gran parte de mis gastos, como normalmente suelen hacer los danna; entre los gastos se incluían el precio de mis clases, el registro anual, los honorarios del médico y… ¡oh!, no me acuerdo de qué más… mis medias, tal vez. Pero lo realmente importante era que su nuevo cargo de director de la intendencia militar consistía exactamente en lo que había insinuado Mameha, de modo que podía hacer por nosotras cosas que ningún otro danna habría podido hacer. Por ejemplo, en marzo de 1939, la Tía cayó enferma. Estábamos muy preocupadas por ella, y los médicos no parecían hacer mucho; pero tras una llamada telefónica al general, vino a verla un médico del Hospital Militar de Kaigyo y le dio una medicina que no tardó en sanarla. Así que aunque el general no me enviara a dar recitales de danza a Tokio ni me regalara piedras preciosas, nadie podía sugerir que a nuestra okiya no le fuera bien con él. Nos hacía envíos regulares de té y azúcar, así como chocolates, unos productos que cada vez iban escaseando más, incluso en Gion. Porque, claro está, Mamita se había equivocado totalmente al decir que en seis meses la guerra habría terminado. En ese momento no lo habríamos creído, pero apenas habíamos visto el principio de los oscuros años que nos aguardaban.

En el otoño en el que el general se convirtió en mi danna, Nobu dejó de solicitar mi presencia en las fiestas en las que con tanta frecuencia le había acompañado. Enseguida me di cuenta de que había dejado de frecuentar por completo la Casa de Té Ichiriki. No se me ocurre ninguna razón que explicara su ausencia, a no ser que fuera para evitar encontrarse conmigo. Suspirando, la dueña de la casa de té admitió que probablemente yo tenía razón. En Año Nuevo le envié a Nobu una tarjeta, al igual que hice con todos mis protectores, pero él no respondió. Recordándolo ahora parece fácil decir, como si no tuviera ninguna importancia, cuántos meses pasaron; pero entonces vivía angustiada. Sentía que había traicionado a un hombre que había sido tan bueno conmigo> un hombre en el que había llegado a ver un amigo. Además al no estar bajo la protección de Nobu, habían dejado de invitarme a las fiestas de la Compañía Eléctrica Iwamura, lo que significaba que apenas se me presentaba una oportunidad de ver al Presidente.

Cierto es que el Presidente seguía frecuentando la Casa de Té Ichiriki aunque Nobu no lo hiciera. Una noche lo vi en el vestíbulo echando una callada bronca a un joven socio, y no me atreví a molestarlo para saludarle. Otra noche fue él quien me vio cuando Naotsu, una joven aprendiza de aspecto preocupado lo acompañaba al servicio. Dejó a Naotsu esperándolo y se acercó a hablar conmigo. Intercambiamos las bromas de rigor. Creí ver en su suave sonrisa ese tipo de orgullo contenido que suelen sentir los hombres cuando observan a sus propios hijos. Antes de que siguiera su camino, le dije:

– Presidente, si alguna vez necesitara la presencia de una o dos geishas más…

Fue un atrevimiento por mi parte, pero para mi tranquilidad el Presidente no pareció tomarlo como una ofensa.

– Buena idea, Sayuri -me respondió-. Solicitaré tu compañía.

Pero pasaron las semanas y no lo hizo.

Una noche, a últimos de marzo, me dejé caer en una animada fiesta que daba la Prefectura de Kioto en una casa de té llamada Shunju. El Presidente estaba entre los invitados, jugando a ver quién aguantaba más bebiendo sake; parecía exhausto, en mangas de camisa y con la corbata floja. En realidad, su contrincante, el gobernador, había perdido casi todas las rondas, según me dijeron, pero seguía sosteniendo su copa mejor que el Presidente.

– ¡Cómo me alegro de verte, Sayuri! -me dijo-. Estoy en un aprieto y tienes que ayudarme.

Al ver la suave piel de su cara enrojecida, y sus brazos descubiertos hasta encima de los codos, pensé inmediatamente en Yasuda-san aquella noche en la Casa de Té Tatematsu. Por una fracción de segundo tuve la sensación de que todo en la habitación se evaporaba, salvo el Presidente y yo, y que dada su ligera embriaguez, podría inclinarme hacia él hasta que sus brazos me rodearan y poner mis labios en los suyos. Incluso me dio un poco de vergüenza haber sido tan obvia en mis pensamientos que el Presidente hubiera podido darse cuenta, pero si lo hizo, pareció que me seguía mirando igual. Para ayudarlo tenía que conspirar con otra geisha para que aminorara el ritmo del juego. El Presidente pareció agradecerme la ayuda, y cuando todo había acabado, se sentó a mi lado y charló conmigo un largo rato, mientras bebía vaso tras vaso de agua para recuperarse. Finalmente se sacó del bolsillo un pañuelo exactamente igual que el que llevaba yo remetido debajo del obi, se lo pasó por la frente y tras alisarse el pelo con la mano, me dijo:

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