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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— Trabajamos para ganarnos la comida a medida que viajamos. Os lo recomiendo. Trabajar, quiero decir.

— ¿Ah, sí? Por si no te has dado cuenta estamos en invierno. No hay trabajo. El otoño pasado el ejército nos robó las provisiones. Mis padres no tienen nada para pasar el invierno.

— Lo siento, hijo. Quizá…

— ¡Eh! ¿Qué es esto, viejo? —Había descubierto el collar de plata opaca. Le dio un tirón—. ¿Cómo se quita esto? ¡Contesta!

— Ya te lo he dicho —replicó la anciana, esquivando la silenciosa furia que reflejaban los ojos del mago—, mi hermano es sordomudo. No os entiende y tampoco puede contestaros.

— ¿Sordomudo? ¡Pues dime tú cómo le quito esta maldita cosa!

— No es más que un recuerdo de hierro forjado hace mucho tiempo. No vale nada.

El asaltante que la amenazaba con la espada se inclinó cautelosamente hacia ella y con un solo dedo le abrió la capa.

— ¿Qué es esto? ¡Un monedero! ¡He encontrado su monedero! —Dio un tirón a la pesada bolsa llena de monedas de oro que le colgaba al cinto—. ¡Seguro que está llena de oro!

La anciana se rió entre dientes.

— Me temo que sólo hay bizcochos resecos. Coge uno, si quieres, pero no trates de hincarle el diente o se romperá. Tienes que ablandarlo en la boca.

El muchacho sacó una moneda de oro de la bolsa y se la colocó entre los dientes, pero se estremeció con gesto agrio.

— ¿Cómo podéis comer esto? He probado bizcochos malos, pero éstos ni siquiera llegan a malos.

Qué fácil resultaba con una mente joven, pensó la mujer. Lástima que con los adultos fuese más complicado.

El chico escupió y arrojó el monedero a la nieve antes de seguir registrando la capa en busca de algo que la mujer pudiera haber ocultado. Ella suspiró, impaciente.

— Podríamos acabar ya con el asalto, muchachos. Nos gustaría llegar a la siguiente ciudad antes de que anochezca.

— Nada —dijo el segundo—. No tienen nada que merezca la pena robar.

— Bueno, están los caballos —sugirió el primero, mientras seguía palpando la gruesa capa en busca de algo—. Al menos podemos llevarnos los caballos. Nos darán algo por ellos.

— Sí, lleváoslos, os lo ruego —intervino la mujer—. Ya estoy cansada de que esos viejos jamelgos nos retrasen. Me haréis un favor. Los cuatro cojean, y yo no tengo corazón para poner fin a su miserable existencia.

— La vieja tiene razón —confirmó el segundo bandido tras tirar de uno de los caballos cojos para comprobarlo—. Los cuatro cojean. Iremos más deprisa caminando. Si nos llevamos a esas cuatro bolsas de huesos, seguro que nos atrapan.

El primer bandolero seguía registrando la capa. Se detuvo en un bolsillo.

— ¿Qué es esto?

— Nada que pueda ser de tu interés —respondió la mujer en un nuevo tono.

— ¿Ah sí? —El chico toqueteó el libro de viaje que había hallado en el bolsillo de la mujer. Mientras lo hojeaba, ella se fijó en que había un mensaje escrito. Por fin.

— ¿Qué es?

— Sólo un cuaderno. ¿Sabes leer, hijo?

— No. De todos modos, no me parece que diga nada que valga la pena leer.

— Cógelo —dijo el segundo muchacho—. Aunque no haya nada escrito, puede que nos den algo por él.

La mujer posó de nuevo la vista en el joven que la amenazaba con la espada.

— Ya es suficiente. Considerad el robo como acabado.

— Acabará cuando yo lo diga.

— Devuélvemelo —ordenó Ann serenamente, tendiendo una mano—. Y luego marchaos antes de que os arrastre hasta la ciudad llevándoos por la oreja y vuestros padres deban venir a recogeros.

El muchacho blandió la espada a la par que saltaba hacia atrás para protegerse.

— ¡Eh, no te las des de valiente conmigo o probarás mi acero! ¡Sé cómo usar la espada!

De pronto, en el quieto aire del atardecer, resonaron unos atronadores cascos de caballos. La mujer se había percatado de que un grupo de soldados se aproximaba sigilosamente tras doblar el recodo y cruzar el puente, pero debido al fragor de las aguas los dos jóvenes bandidos no habían advertido su presencia hasta que el grupo cargó hacia ellos. Aprovechando que el bandido se volvía, aterrado, Ann le arrebató la espada. Nathan quitó el cuchillo al otro.

Los soldados d’haranianos, montados, no tardaron en llegar a su altura.

— ¿Qué sucede aquí? —preguntó con voz calmada y grave un sargento de mandíbula cuadrada.

Los dos muchachos permanecían paralizados por el terror.

— Bueno —respondió Ann—, nos topamos con estos dos jóvenes, que nos advertían que debíamos tener cuidado con los bandidos. Viven por aquí. Nos estaban mostrando cómo defendernos, a la vez que su pericia con las armas.

— ¿Es eso cierto, chico? —inquirió el sargento cruzando las manos sobre el pomo de la silla.

— Yo… nosotros… —Su implorante mirada se posó en la mujer—. Es verdad. Vivimos por aquí cerca, y estaba advirtiendo a estos dos viajeros que tuviesen cuidado, pues hay bandidos en la zona.

— Ha sido una exhibición impresionante de destreza con la espada. Te prometí que te daría un bizcocho a cambio. Pásame la bolsa con los bizcochos, anda.

El muchacho se inclinó, recogió del suelo la pesada bolsa llena de oro y se la tendió. Ann tomó dos monedas y dio a cada uno una.

— Como os prometí, un bizcocho para cada uno. Ahora será mejor que os marchéis antes de que anochezca, o vuestros padres se inquietarán. Dadles mi bizcocho como agradecimiento por enviaros a que nos avisarais.

Uno de los jóvenes bandidos asintió sin saber qué decir.

— Bueno, sí… Pues buenas noches. Tened mucho cuidado.

Ann extendió un brazo y lanzó al muchacho una mirada preñada de amenaza.

— Si has acabado de echar un vistazo a mi cuaderno, te agradecería que me lo devolvieras.

Amedrentado por la mirada, el muchacho le devolvió el libro como si le quemara en los dedos, pues justamente eso sucedía.

— Gracias, hijo —le dijo Ann con una sonrisa.

El chico se secó las manos en su harapienta chaqueta.

— Bueno, adiós. Y tened cuidado.

Ya se marchaba cuando Ann lo detuvo.

— Eh, te olvidas esto. —La mujer le tendía la espada por la empuñadura—. Tu padre se pondría furioso si regresaras sin la espada.

El muchacho la cogió con cuidado. Nathan, incapaz de resistirse a un gesto teatral, hizo girar el cuchillo entre los dedos. Seguidamente lo arrojó al aire, lo atrapó detrás de la espalda y, sin dejar de dar vueltas, se lo pasó por debajo de la axila hasta la otra mano. Ann hizo un gesto de disgusto e impaciencia mientras Nathan, de un golpe, invertía el giro del arma. Finalmente lo atrapó por la hoja y le tendió el mango al otro muchacho, que había contemplado su exhibición con aire pasmado.

— ¿Dónde aprendiste a hacer eso, anciano? —preguntó el sargento.

Nathan puso ceño. Si había una cosa que le disgustara profundamente era que lo llamasen «anciano». Él era un mago, un profeta de insuperable talento, por lo que creía que debería despertar un temor reverencial o al menos asombro. Si Ann no estuviera refrenando su don mediante el rada’han, sin duda habría prendido fuego a la silla de montar del sargento. Ann también le impedía hablar; la lengua de Nathan era tan peligrosa, o más, que su poder.

— Me temo que mi hermano es sordomudo. —Con un ademán ahuyentó a los dos jóvenes bandidos. Tras despedirse con un gesto, se internaron en el bosque tan apresuradamente que sus pies levantaban la nieve—. Mi hermano se distrae practicando juegos de manos.

— ¿Estáis segura de que esos dos no os causaban problemas, señora?

— No, ningún problema —se mofó Ann.

El sargento alzó las riendas, y los veinte hombres que lo seguían lo imitaron, listos para ponerse en marcha.

— Bueno, creo que de todos modos debería tener una pequeña charla con ellos, sobre robos.

— En ese caso no os olvidéis de pedirles que os cuenten cómo los soldados de D’Hara robaron las provisiones de comida de su familia, por lo que ahora se mueren de hambre.

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