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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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Una vez que Isaura dejó su delantal en la zona de servicio, tomó la sombrilla de su senhora y la siguió hasta la calle. Hacía un día precioso, propio de julio, con el cielo azul brillante y la temperatura en torno a veinticinco grados. Isaura pensó en los inviernos en el valle del Paraíba, que, aunque sólo estaba a medio día de viaje de Río, era mucho más fresco.

Vitória se dirigió hacia la Rúa do Catete, y para sus adentros se compadeció de Isaura por su mala suerte. ¿Tenían que ir por las calles más concurridas, donde la gente las miraría con extrañeza?

– Vamos a ver qué pasa en la residencia del barón de Nova Friburgo -dijo Vitória-. Dicen que la casa y todo el mobiliario pertenecen ahora al banco. Pero estoy segura de que la familia se llevará las cosas de más valor cuando se marche.

La casa del barón, un palacio de estilo neoclásico de dimensiones gigantescas, era la residencia privada más grande y exclusiva de Río, y eso que era una especie de residencia de verano donde la familia sólo pasaba un par de semanas al año para escapar de la monotonía de la vida en el campo. Pero al barón de Nova Friburgo le ocurrió lo mismo que a casi todos los barones del café: sin sus dos mil esclavos no era nadie. Vitória pensó si debería hablar con Inácio Duarte Viana, que era el experto en hipotecas de su banco y seguro que conocía más detalles del endeudamiento del barón. A lo mejor podía conseguir el palacio a buen precio. Se trataba no sólo de un magnífico edificio, sino también de un terreno fantástico que daba por un lado a la elegante Rúa do Catete y por el otro a la playa de Flamengo. Detrás del palacio había un jardín gigantesco que permitía a los inquilinos de la casa disfrutar de la tranquilidad de un parque inglés en medio del barullo de Río. Pero no, pensó Vitória, con el coste que le había supuesto adquirir Boavista la compra de aquel inmueble sería una locura. ¿Y para qué querían los techos de estuco dorado, un salón árabe y otras extravagancias? A diferencia de aquel ostentoso palacio, su casa disponía de agua corriente, retretes y baños.

Una conocida que estaba también ante el palacio viendo lo que ocurría sacó a Vitória de su ensimismamiento.

– Senhora Castro, ¿no es una vergüenza? -dijo la mujer a voz en grito-. ¡El pobre barón!

Menuda bruja, pensó Vitória. Al morir, el marido de dona Rita sólo le había dejado deudas, a pesar de lo cual la viuda seguía viviendo en una casa muy grande que languidecía lentamente debido a la falta de personal y dinero para su mantenimiento. No obstante, la senhora, que iba siempre con vestidos viejos, se incluía a sí misma entre lo mejor de la sociedad de Río y se permitía juzgar a otros.

– Ay, querida dona Rita -respondió Vitória-, yo no compadezco mucho a este hombre. El que cae en bancarrota teniendo esa inmensa fortuna es el único responsable de su propia ruina.

– Sí, es cierto, aquí se puede ver hasta dónde puede llevar el despilfarro. Eso me recuerda que he visto antes a su encantador padre, en el Largo do Machado, jugando al tres en raya con otros caballeros.

– Sí, disfruta mucho de su estancia en Río.

A Vitória le costó mucho mantenerse serena. ¿Su padre jugaba al tres en raya en un sitio público como si fuera un comerciante cualquiera o un funcionario jubilado? Por suerte, Sábado distrajo su atención con un tímido ladrido.

– Ah, tenemos que seguir. Adiós, dona Rita.

– Adiós. Y salude de mi parte a su señora madre.

Al marcharse, Vitória sintió la mirada de dona Rita clavada en la espalda. ¿A quién más le habría contado aquella vieja cotilla cómo pasaba el tiempo su padre? Bueno, al fin y al cabo casi nadie escuchaba ya a dona Rita.

Vitória e Isaura regresaron a casa después de haber estado más de una hora andando, cuando el perro ya daba muestras de cansancio al no tirar tanto de la correa. Eran poco antes de las cinco, lo que en esa época del año significaba que pronto anochecería. León le había contado a Vitória que en el norte de Europa en invierno apenas había luz durante el día, mientras que en verano lucía el sol en plena noche. ¡Cómo le habría gustado ver ese maravilloso capricho de la naturaleza con sus propios ojos! Pero el viaje a Europa era una de las promesas con las que León la había engatusado, pero luego no había cumplido. Vitória había renunciado ya a recordárselo, del mismo modo que había renunciado a intercambiar con él más palabras de las estrictamente necesarias.

Su matrimonio no había ido demasiado bien, pero desde que tres meses antes se trasladaran los padres de Vitória a vivir con ellos, se había convertido en un infierno. Todos los días León salía de casa nada más levantarse y no regresaba hasta la hora de cenar, para luego volver a salir. Reuniones políticas, actos de caridad, encuentros en el club con importantes personalidades, invitaciones a la Corte o estrenos teatrales… León siempre encontraba motivos para estar alejado de su casa. Generalmente llegaba tan tarde por la noche que Vitória ni se enteraba, pues llevaba ya mucho tiempo durmiendo. Los días en que esperaba intranquila a León eran, desde que dormían en habitaciones separadas, cosa del pasado.

Jamás olvidaría el desgraciado día en que conoció a la madre de León. Vitória se quedó tan desconcertada al saber de su existencia que castigó a León del único modo que sabía que le afectaría realmente: se negó a estar con él por la noche. A Vitória le costó al principio casi tanto como a León, pero enseguida dejó de necesitar ardientemente sus caricias. Fue como liberarse de una adicción: los primeros días fueron insoportables, las semanas siguientes resultaron difíciles, hasta que por fin el deseo fue cediendo y el adicto -sin la alegría de vivir que creía encontrar en la droga- fue encontrando una cierta paz interior resignándose a llevar una vida triste.

Todo esto podría haber sido más fácil para ella si no tuviera que afrontar continuamente la inquietante presencia de León. A veces le descubría mirándola por el rabillo del ojo, y creía ver en sus miradas algo más que la aburrida atención con la que la miraba normalmente. Unas veces lo interpretaba como odio, otras como deseo, y ambas cosas le resultaban horribles a Vitória. Si no tuviera que ver a León regularmente podría llevar una vida normal, sin esa inquietud irracional que sentía en su presencia. Vitória había considerado más de una vez la idea de separarse de León. Pero las separaciones estaban tan mal vistas que enseguida rechazó esa posibilidad. A su padre, que ya tenía suficientes problemas, le habría partido el corazón. Y en el fondo no importaba tanto si estaba casada con León o no: cada uno vivía su propia vida, cuidaba de sus propios intereses, convivían como extraños. Sólo compartían la casa, pero por suerte era tan grande que podían esquivarse fácilmente.

Dona Doralice iba de vez en cuando a visitar a su hijo, y ni dona Alma ni Eduardo se sorprendían ya de que León recibiera con besos y abrazos a una mestiza. En aquella casa entraba gente de lo más variopinto, extranjeros, hombres de color, chusma. Su excéntrico yerno no tenía el tipo de relaciones que correspondían a su posición social, aunque ellos le disculpaban por su esnobismo, que sin duda se había traído de su estancia en Inglaterra.

¡Cielos, si sus padres supieran que dona Doralice, una ex-esclava, era la madre de León! Vitória no sabía muy bien por qué les ocultaba aquella información. Parecía ser ella la pecadora que tenía que confesar una horrible mentira y aplazaba esa confesión, cuando en realidad era León el único responsable de todo. Pero como un escolar que está tiranizado por otros alumnos mayores y se avergüenza de su propia debilidad, Vitória no conseguía dar una explicación a sus padres. El resultado fue que ante ellos León gozó de más respeto que ella misma, pero ante Vitória perdió por su cobardía el poco respeto que ella le tenía.

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