La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
En casa de los Leite Corrêias el día había ido algo mejor, en parte porque, al igual que los da Silva, habían tratado siempre bien a sus esclavos. No obstante, Edmundo tampoco pensaba en la comida. Sentía una gran pena y no podía comprender que esclavos que él consideraba como miembros de la familia y a los que había tratado como tales se hubieran marchado. Incluso la bella Laila, a la que él había cortejado, había colmado de regalos y había tratado como una princesa, Laila, la primera chica por la que sintió algo después de Vita, incluso ella se había dejado engañar por la equívoca idea de la libertad y se había marchado. ¿Se habría imaginado que ella respondía con deseo a sus tímidos besos y sus cariñosas caricias? ¿Y cómo diablos debía interpretar el sarcasmo de su mirada cuando se despidió?
Dona Doralice sintió una alegría por el final de la esclavitud, aunque sabía que muchos negros se comportarían de forma irresponsable. Algunos robarían, se meterían en líos y matarían. Creerían que ahora eran los amos del país, y en pocos días se darían cuenta de que no era así, con lo que la alegría desbordante daría paso al desaliento, un estado de ánimo que dona Doralice sabía por experiencia que era mucho más peligroso que la sensación momentánea de ser invencible.
Pero ¿quién podía reprochárselo? Después de siglos de estar sometidos y humillados, de no poder pensar y actuar por sí mismos, la reacción de los esclavos era natural. No obstante, dona Doralice estaba decidida a velar por el interés de los esclavos liberados haciendo que reinara la serenidad. Quizás consiguiera, al menos con unos pocos, frenar el entusiasmo desbordante. Cuando se hubiera impuesto la razón todos tendrían ante sí un futuro prometedor. Dona Doralice sonrió, ensimismada en sus pensamientos, y ello hizo que una mujer que no conocía de nada y estaba a su lado la tomara del brazo y se marcara unos pasos de baile con ella.
A menos de cien metros de dona Doralice se encontraba Aaron Nogueira en su veranda. Observaba sorprendido todo el revuelo que se había formado en la calle. Al fin y al cabo, el final de la esclavitud no les había cogido por sorpresa. Se venía anunciando hacía años. Comenzó con la aprobación de leyes que protegían a los negros y se manifestó en la política de inmigración de Brasil, que permitió la entrada de mano de obra europea para que fuera asumiendo poco a poco el trabajo de los esclavos negros. Los abolicionistas celebraron otro éxito en 1871 con la aprobación de la ley del “vientre libre”, y cuando en 1885 se dio la libertad por ley a todos los esclavos de más de 65 años de edad, la defensa de la esclavitud ya estaba condenada a desaparecer. A Aaron le sorprendía que hubiera pasado tanto tiempo hasta que la princesa Isabel pronunciara las históricas palabras: «Declaro abolida la esclavitud en Brasil».
Aaron se dio cuenta de que aquel domingo, el 13 de mayo de 1888, pasaría a la historia como una fecha realmente importante, aunque en realidad no era más que la consecuencia lógica, coherente y bastante tardía de lo que se discutía desde hacía más de ochenta años. Y Aaron tampoco veía tanto motivo de celebración. Pensaba que era una pena que Brasil hubiera tardado tanto tiempo en llegar hasta aquella ley y que ocurriera además en un momento en el que la libertad iba a suponer para los negros más inconvenientes que ventajas. Ahora, cuando en el país había mucha mano de obra procedente de Europa, los negros quedarían relegados a los peores trabajos y recibirían por ellos salarios irrisorios. Los esclavos serían libres… libres para vender su alma por un plato de alubias.
Aaron dejó de interesarse por el espectáculo de la calle, entró en su casa y se concentró de nuevo en los documentos en los que tenía que trabajar durante el fin de semana. Y aunque intentaba evitarlo, no podía dejar de pensar en Vita. Tenía razón. Con una hábil visión de futuro había incrementado su fortuna y se había asegurado una existencia al margen de las plantaciones de café y la esclavitud. Pero seguro que hoy tampoco tenía motivos para estar contenta. Aaron cerró los ojos y se permitió por un instante un toque de compasión, algo que normalmente no sentía nunca por sus clientes.
A Félix le seguía doliendo la cabeza. Cuando la noche anterior se había presentado por sorpresa en casa de Lili, sin nada más que lo que llevaba puesto y temblando de miedo, su antigua conocida de los tiempos de Esperança no le reconoció. Pero cuando se quitó la peluca y respondió con gestos a sus ásperas preguntas, ella se acordó.
– ¡Félix, el feliz! Me parece que no has tenido mucha suerte, ¿no? Pero eso lo vamos a solucionar. Elige una chica, en recuerdo de los viejos tiempos y como muestra de mi hospitalidad.
Félix estaba desconcertado. Sabía que Lili regentaba un burdel, ¡pero él no había ido allí con la intención de pasar un buen rato! Dio a entender a Lili que no buscaba el tipo de distracción que ofrecía el burdel.
– Sigues tan tímido, ¿eh? ¿O es que has vivido tanto tiempo con personas refinadas que esta casa y la gente que hay en ella no son suficientemente buenas para ti?
A Félix realmente le repugnaban las prostitutas, que eran viejas, gordas y desaliñadas. Le repelía pensar en el diván de flecos del “salón” y, sobre todo, el olor a pecado, vomitona y cerveza. Pero ¿tenía otra elección? Sólo en los bajos fondos de Río podía resultar invisible, sólo allí podría sobrevivir protegido por la oscuridad, el pudor y el especial sentido del honor que derivaba de todo ello. Le explicó por gestos a Lili que estaba enamorado.
Lili soltó una sonora carcajada.
– ¡Como si eso hubiera impedido alguna vez a un hombre disfrutar un poco de nuestra compañía! Bien, muchacho, cuando lleves un par de días sin ver a tu amada puedes venir aquí, mi ofrecimiento sigue en pie.
De pronto se quedó muy seria.
– Dime, Félix, tú eres un chico listo, ¿verdad? En Esperança fuiste el primero en aprender a leer y escribir. ¿Te acuerdas de algo? Yo sólo sé contar bastante bien, pero eso ya podía hacerlo antes. Las letras se me dan peor.
Félix asintió y le dio a entender que en el tiempo que había pasado había aprendido todavía más.
– Escucha: si quieres, te daré una habitación y toda la comida y bebida que quieras, además de un pequeño salario. A cambio sólo tendrás que ayudarme un poco con mis papeles. Contestar cartas, escribir invitaciones, y cosas así. ¿Qué te parece?
A Félix le gustó la propuesta. Cuando Lili le dijo la suma que estaba dispuesta a pagarle, le pareció muy generosa. ¡Qué suerte había tenido! Estaba en un sitio seguro y al mismo tiempo había conseguido un trabajo bastante más lucrativo, y seguro que más entretenido, que el de la oficina. Su nueva jefa cogió de una bandeja dos copas que parecía que no habían sido lavadas desde la última vez que fueron utilizadas, las llenó de aguardiente de caña de azúcar y le dio una a Félix para brindar por el trato que habían hecho.
Y ahora, apenas veinticuatro horas más tarde y todavía bajo los efectos del aguardiente, tenía que beber de nuevo. En el burdel de Lili las prostitutas, que se acababan de levantar, brindaban por el final de la esclavitud, y Félix tenía que beber con ellas, quisiera o no, para no quedar mal con las mujeres en su primer día de trabajo. Ahora que era libre y que no temía que le apresaran estaba seguro de que quería conservar el trabajo en el burdel.
El médico jefe doctor Joao Henrique soltó una maldición que pudieron oír todos. Los domingos siempre tenían poco personal, pero hoy, cuando algunas de las enfermeras habían abandonado la clínica y habían salido a la calle para enterarse de todas las novedades, no podían hacer frente a todo el trabajo. Los pocos empleados que quedaban en la clínica apenas le servían de ayuda. Tenía que llamarles continuamente al orden. Sí, la nueva ley y la celebración en las calles eran más emocionantes que el cuidado de los pacientes. ¿Pero eran también más importantes? Había que cambiar los vendajes al senhor Ribeiro de Assis con urgencia, había que controlar la fiebre de la pequeña Kátia renovando constantemente los paños fríos que se le ponían en las piernas, y no se podía aplazar otra vez la operación de intestino de la anciana dona Ursula. ¿Cómo podía hacer bien su trabajo si ni siquiera su mano derecha, la enfermera jefe Roberta, estaba en su puesto?