La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Vitória miró a León en busca de ayuda. Él también debería estar interesado en que sus padres se marcharan, y eso sólo lo harían cuando tuvieran dinero, que a su vez sólo lo conseguirían si vendían Boavista. Pero León le devolvió una irónica sonrisa.
– Sí, querida Vita, ¿cómo es que tienes tanto interés en vender Boavista?
– ¡Porque la amo, por eso! Vosotros preferís abandonarla a las termitas, la carcoma y el moho antes que vendérsela a alguien que la cuide y la mantenga en buen estado.
– Pero Vitória, ¡qué tonterías dices! -dijo dona Alma-. Nosotros la mantenemos en buen estado, en todo su esplendor.
– Con mi dinero. ¿Tiene usted idea del dineral que cuesta? ¿Y para qué? ¡Para nada! ¡Para mantener la casa deshabitada y unos campos sin uso. Estoy pagando a cinco antiguos esclavos para que limpien los muebles, aireen las habitaciones y cuiden las flores del jardín. Y apostaría lo que fuera a que por la noche esos cinco esclavos se sientan en nuestro salón y juegan a que son señores. Puede que incluso duerman en nuestras camas.
– ¡No se atreverán! -Dona Alma no podía imaginar que un negro tuviera la osadía de profanar su cama-. Además, uno de los cinco es Luiz, y él se ocupará de que no pase nada raro.
– Si usted cree… -Vitória miró cansada a León, que seguía la conversación con una sonrisa de satisfacción-. ¿Lo encuentras divertido?
– Sí, por supuesto. ¿No te parece bien que los pobres negros se sienten en vuestro salón y se diviertan un poco? No tienen muchos motivos de alegría en una casa tan solitaria como Boavista.
– No. No me parece bien. Incluso me resulta repugnante que un esclavo se siente en el sofá de terciopelo verde, beba de nuestras copas de cristal y apeste el aire con su pipa. Tan repugnante como tu sonrisa.
– Eso último, al menos, te lo puedo ahorrar. Pensaba marcharme enseguida. -León dejó los cubiertos en su plato medio lleno, dio un último sorbo de vino y se puso de pie. Se despidió de sus suegros con una leve reverencia-. Les deseo una velada agradable. Y, por favor, saluden cordialmente a Pedro y Joana de mi parte. -Luego se inclinó para dar un beso aparentemente rutinario a Vitória-. Deberías acompañar a tus padres -le susurró-. Quizás pueda el apuesto Rogério… ejem, relajarte un poco con sus habilidades.
Una vez que León se hubo marchado y mientras sus padres discutían amablemente sobre cuál de los tres coches debían utilizar para ir a casa de Pedro, Vitória meditó dolida sobre las infames palabras de León. Si le aconsejaba buscar consuelo en otros hombres, eso era fácil de conseguir.
– Creo que iré con ustedes -dijo Vitória de repente a sus padres, que la miraron sorprendidos.
Capítulo veinticinco
Lili no podía creer que hubiera tenido tanta suerte. Félix era un verdadero tesoro. El joven no sólo puso en orden todos sus papeles, sino que además la convenció de la necesidad de hacer ciertas inversiones que habían contribuido de un modo decisivo a los excelentes resultados del año anterior. La adquisición de muebles nuevos y una grandiosa lámpara de cristal, los elegantes vestidos de las chicas, la calidad de las bebidas que se ofrecían en La Mariposa de Oro, así como el agradable acompañamiento musical a cargo de su propio pianista, habían elevado notablemente el nivel de la clientela… y del precio. Incluso el nombre del burdel había sido idea de Félix. «Ningún blanco con un mínimo de gusto y respeto a sí mismo va a un burdel que se llama “El agujero de Lili”. Tienes que dar a tu negocio un nombre adecuado, un nombre que puedas poner en un cartel bonito y que suene distinguido, elegante y caro. De lo contrario sólo tendrás entre tus clientes a pobres diablos», había escrito Félix en su pizarra, utilizando más palabras de lo habitual.
– Sí, ¿pero quién va a saber entonces que se trata de una casa de putas?
– ¿Qué te parece “Miel dorada”?
– ¡Qué estupidez! Las amas de casa vendrán creyendo que vendemos dulces. Sería mejor “La yegua de oro”.
– Demasiado ordinario. ¿Qué tal “La Mariposa de Oro”?
El nombre se le ocurrió a Félix de forma espontánea, pero cuanto más pensaba en él y más observaba los gestos de Lili, mejor le parecía. Sonaba tierno, delicado y exótico, pero al mismo tiempo era inconfundible: en lenguaje coloquial “mariposa” hacía referencia al sexo femenino.
– ¡Es genial! -exclamó Lili-. ¡Brindemos por ello!
Así, un recargado cartel en forma de mariposa adornaba la entrada del establecimiento de Lili desde hacía un año. En el interior se repetía el mismo motivo: en las horquillas del pelo de las chicas, en las puertas de las habitaciones, en los almohadones de seda bordados. Félix recibió por tan brillante idea una recompensa que, en comparación con los beneficios que le había proporcionado a Lili, no era demasiado alta.
Pero el joven se conformaba. Desde que Lili había sustituido a las viejas prostitutas por chicas jóvenes y guapas, Félix disfrutaba siendo el único hombre que acompañaba a las mujeres durante el día. Cuando estaban sin maquillar, vestidas con trajes sencillos y contando chistes inocentes apenas se diferenciaban de las jóvenes decentes. Además, se podía echar un rato a media mañana si estaba cansado o podía tomarse una copa de aguardiente si lo necesitaba. Estas libertades serían impensables en otros trabajos, y mucho menos en la oficina. Pero lo mejor de su nuevo empleo era que allí nadie se burlaba de él por el color de su piel o por su mudez. Todos le respetaban y valoraban sus capacidades. Las chicas sentían simpatía hacia él, y no era infrecuente que jugaran con él a las cartas incluso durante su horario de trabajo. Félix tenía un pequeño despacho, pero desde que Lili notó que su presencia tenía un efecto “tranquilizador” sobre los clientes, intentaba que estuviera en el salón el mayor tiempo posible. Desde entonces habían disminuido tanto el número de hombres que tenían problemas a la hora de pagar o que perdían los modales por efecto del alcohol, como los costes de limpieza de alfombras y reparación de muebles.
A Lili le benefició la abolición de la esclavitud más que al resto de los negros. Todos los días llegaban a su casa nuevas mujeres, desesperadas y demacradas, en busca de una ocupación que les permitiera sobrevivir a ellas y a sus hijos. Pero Lili era muy estricta en la selección de sus empleadas. Sólo trabajaban con ella las más bellas, jóvenes y sanas, y realmente no escaseaban. Lili prefería a las negras que habían sido esclavas en las casas. Eran educadas y tenían buen gusto, sabían vestirse bien y mantener una conversación con los clientes. Algunas de ellas llevaban orgullosas en sus balangandas un gran número de amuletos de plata que reflejaban el afecto que les tenían sus antiguos senhores. Aunque chicas como Laila, que tenía una gracia especial y un don natural para todas las variedades del amor corporal, no eran frecuentes, las demás aprendían enseguida lo que Lili les enseñaba. Algunas chicas se mostraban remilgadas y obstinadas al principio, lo que Lili no podía entender. Estaban allí voluntariamente, y además llevaban una buena vida en La Mariposa de Oro, ¿o no? ¿Qué otro burdel ofrecía a sus chicas tanto confort, comida tan buena, vestidos tan bonitos o clientes tan selectos? ¿En qué otro empleo iban a ganar tanto dinero? Incluso después de descontar el cincuenta por ciento que las chicas debían entregar a Lili les quedaba dinero suficiente para asegurarse un futuro. Además, por cada chica que no estaba a gusto en el trabajo había esperando otras diez que estaban dispuestas a todo. Por eso, Lili despedía enseguida a las que estaban a disgusto, a no ser que tuvieran algo especial que exigiera un poco más de paciencia en el adiestramiento.
Ése parecía ser el caso de la muchacha que estaba ante Lili en aquel momento. Se trataba de una negra bellísima con el cuerpo de una diosa africana: piernas interminables, un trasero redondo perfecto y una piel inmaculada que parecía madera de palisandro pulida. Lili examinó con los ojos entornados a aquella criatura divina que estaba ante ella. Le pidió a la chica que se girara para poder observarla desde todos los ángulos, y como si se tratara de una fruta que se prueba en el mercado, palpó su trasero y su pecho. La chica retrocedió un paso.