La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Su hermano y su esposa tampoco tenían hijos. Pero mientras Vitória tenía que escuchar continuamente el deseo de sus padres de convertirse en abuelos, a su hermano Pedro lo dejaban en paz. Al parecer, Vitória no sólo tenía la obligación de sustentar a su familia, sino también la de asegurar su continuidad.
– Sabes perfectamente que Pedro no tiene suficiente espacio para nosotros.
– ¿Y por qué no se han ido a la preciosa casa de Botafogo que yo les quería alquilar?
– También lo sabes perfectamente. En primer lugar, porque tu padre no quiere que tengas tantos gastos por nuestra culpa. En segundo lugar, porque nuestra familia no saldría muy bien parada. ¿Quieres que la gente piense que no soportas a tus padres?
– Deje que la gente piense lo que quiera.
– A ti te dará igual tu reputación. Después de todo lo que he oído decir a las damas en la iglesia no te queda mucho por salvar. Pero tu padre y yo no queremos que nos miren mal.
– ¡Por favor, mae! Nadie la va a mirar mal porque viva en su propia casa. Al contrario, las damas de la iglesia verían muy bien que no compartiera casa con su degenerada hija.
Vitória sabía que las mujeres que su madre había conocido en la iglesia, adonde iba a diario, habían difundido el rumor de que ella, Vitória, tenía un lío con Aaron Nogueira. ¡Qué locura! Aaron era su abogado y su apoderado en todas las transacciones comerciales. Los hombres preferían tratar con un hombre antes que con una mujer, y en vez de enfrentarse a ello, Vitória decidió que sería mejor que Aaron la representara.
– Das la vuelta a mis palabras. ¿Qué clase de hija eres que intentas deshacerte de nosotros por todos los medios?
Vitória se había preguntado eso mismo muy a menudo. ¿Su independencia la había convertido en dura y egoísta?
¿Era injusta con las personas a las que tanto debía y a las que amaba de corazón? ¿Cómo podía mirar a su madre enferma y sentir tanto odio? ¿Cuándo había perdido su sentido de la compasión, la generosidad y la paciencia? Pero por otro lado, ¿no había hecho ella un sacrificio enorme al casarse con León y, de ese modo, salvar una parte de la fortuna familiar? ¿Era su conducta realmente tan miserable como su madre quería hacerle creer? ¿Era tan reprochable proporcionarles a sus padres dinero, personal y cualquier ayuda posible para que llevaran una vida desahogada? ¿No era más reprochable la insistencia de dona Alma en permanecer en Río? ¿O las mentiras de Eduardo da Silva? Su padre iba contando que estaban en Río de visita para no tener que reconocer que era la necesidad económica la que les obligaba a hacer esa “visita”. Cuantas más veces contaba esa historia, más parecía creérsela él mismo. Siempre decía que en Boavista todo estaba estupendamente y, agradeciendo el interés, añadía que a dona Alma y a él les iba muy bien.
Nadie creía a Eduardo da Silva. Incluso su aspecto desmentía todo intento de mantener las apariencias. Su piel estaba pálida, su cabello y su barba se habían vuelto blancos en poco tiempo, tenía bolsas bajo los ojos. Iba tan encogido que parecía medir veinte centímetros menos, y estaba tan delgado que aparentaba diez años más. El que fuera un elegante y respetable fazendeiro se había convertido en un hombre viejo, agotado y que movía a compasión. Conservaba su ampulosa forma de hablar, pero sus palabras ya no imponían respeto, sino que provocaban miradas muy elocuentes.
– Somos y seguiremos siendo una monarquía. Ni tú, ni yo, ni nuestros nietos, mi querido joven -así le gustaba dirigirse a Léon-, viviremos en una república brasileña.
León sabía que las cosas eran muy distintas, y Vitória también lo sabía. Con la abolición de la esclavitud la princesa Isabel había cavado una fosa para la monarquía, pues la esclavitud había sido siempre uno de los motivos principales por los que se guardaba fidelidad al emperador. Y el marido de la sucesora al trono, el impopular Conde d'Eu, había conseguido que hasta los conservadores más convencidos se pasaran al bando republicano. ¿Quién quería ser gobernado por un francés? Era sólo una cuestión de tiempo que Brasil se convirtiera en una república, y Vitória estaba segura de que eso ocurriría pronto.
No obstante, no contradecía a su padre. Al fin y al cabo, él no la escuchaba, y ella no quería disgustarle recordándole que en la cuestión de la abolición ella había tenido razón. Aquél era uno de los temas sobre los que no se hablaba en presencia de Eduardo da Silva. En cierta ocasión en que Pedro y su esposa habían ido a comer con ellos, Joana cometió el error de felicitar a Vitória por su capacidad de previsión.
– Vita, si no hubieras sido más lista que todos nosotros juntos, ahora nos iría mucho peor a todos.
Vitória se alegró de que alguien valorara por fin su habilidad para los negocios, pero le dijo a Joana:
– ¡Bah! Cualquiera en mi situación habría hecho lo mismo, y posiblemente habría ganado más dinero.
Probablemente Pedro le había dado a su mujer una patada bajo la mesa para que se estuviera callada, pues no se volvió a hablar del tema nunca más.
Dona Alma se reclinó en sus almohadones respirando con dificultad y cerró los ojos como si no tuviera fuerzas para seguir hablando con su hija. Vitória miró la habitación que apenas dos años antes había decorado con mucha ilusión y que ahora tanto le desagradaba. El papel pintado de rayas rosa y blanco, los cojines de encaje blanco sobre la cama, las cortinas de color rosa, los delicados muebles de rojiza madera de Brasil… todo eso le pareció en su momento delicado y femenino. Pero en el futuro lo asociaría siempre a dona Alma y a su mal humor.
Unos arañazos en la puerta sacaron a dona Alma de su supuesto estado de total agotamiento.
– ¡Ese horrible perro! En esta casa hay sitio para él, pero no para tus padres.
– A Sábado le gustan los negros.
– Sí, hasta dónde hemos llegado, ahora los perros y los negros cuentan más que la propia familia.
– No quiere entender lo que digo, ¿verdad, mae? Busca pelea. Pero puede dirigir sus provocaciones hacia otra parte. Hoy tengo pensado hacer algo mejor que dejar que me insulten. ¡Que tenga un buen día!
Vitória tuvo que hacer un esfuerzo para no dar un portazo cuando abandonó la habitación. Pero en el pasillo Sábado se puso muy contento al verla, lo que le subió el ánimo.
– Sí, ya sé que es la hora de nuestro paseo, pequeño.
El “pequeño” le llegaba a Vita por la cintura. Sábado se había convertido en un animal precioso que, aunque no era de una raza identificable, tenía un aspecto noble. A pesar de su tamaño era esbelto, tenía las patas largas y el tronco delgado. Al tener las patas negras parecía que llevaba zapatos, y la mancha negra de la oreja era como un complemento a juego con el calzado. Vitória suponía que uno de los antepasados paternos de Sábado debió de ser un dogo, aunque su perro no tenía los ojos legañosos y el hocico lleno de babas propio de esa raza, sino una cara típica de perro, con el hocico puntiagudo, la nariz rosada y despiertos ojos marrones que en caso de necesidad podían parecer tristes para ablandar el corazón de quien le mirara.
Vitória siguió a su perro hasta la planta baja de la casa, donde Sábado se detuvo ansioso y sin dejar de mover el rabo junto al perchero donde colgaba su correa.
– ¡Isaura! -gritó Vitória a la muchacha, a la que estaba viendo en el comedor a través de la puerta abierta-. Hoy tienes que acompañarme. El polvo de la vitrina puede esperar.
Isaura dejó el plumero con desgana y salió al recibidor. ¡Otra vez le tocaba a ella! ¡Ya había tenido que acompañar a la sinhazinha dos días antes!
Los negros, con su marcado sentido del estatus social, estaban muy orgullosos de trabajar en una de las casas más bonitas y para una de las mujeres más ricas de Río, pero se avergonzaban de cualquier minucia que no correspondiera al espíritu de los tiempos. ¿No podía tener la sinhá Vitória un pequeño perro de aguas como otras damas de la alta sociedad? ¿Por qué tenía que salir a pasear con aquel monstruo, y encima a unas horas en que la veía todo el mundo? ¿No podía sacar al perro por la mañana temprano o cuando ya hubiera anochecido? Todos, incluso los negros que trabajaban para los Ferreira en la Rúa Mata-Cavalos a pesar de que estaban arruinados, se reían ya de ellos, del personal de la sinhá Vitória.