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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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– ¿Qué te ocurre? Si eres demasiado delicada para trabajar aquí, ahí tienes la puerta.

Para Lili era normal examinar bien a las aspirantes al empleo, ya que no quería chicas con estrías, cicatrices, varices u otras imperfecciones que pudieran esconderse bajo los vestidos. Y si a las chicas les daba vergüenza desnudarse delante de ella, ¿cómo iban a hacer su trabajo?

La diosa africana levantó la barbilla, apretó los labios y dejó que Lili la examinara.

– No está mal, no está mal -murmuró Lili-. ¿Sabes hacer algo especial por lo que deba darte el trabajo?

– He sido esclava en casa de unos senhores muy ricos. Sé hablar como la gente educada, moverme, peinarme y vestirme como ellos, sé lo que les gusta comer y beber y qué música escuchan.

– ¡Aja! Entonces sabrás lo que les gusta hacer a los senhores ricos cuando sus esposas no les ven.

La muchacha asintió.

– En cualquier caso, aquí tendrás que hacer algo más que estarte quieta y callar, ¿está claro, no?

La muchacha asintió de nuevo.

– Los caballeros vienen aquí a divertirse. Debes conseguir que sientan que son apuestos, inteligentes e irresistibles, aunque se trate de idiotas enanos y desdentados. Deben sentir que hacen hervir tu sangre, aun cuando sus atributos corporales sean irrisorios. Y sobre todo tienes que borrar ese gesto de tu cara o sólo conseguirás que salgan corriendo.

– ¿Cuánto ganaré?

– ¡Bien! -gritó Lili-. ¡Muy bien! Piensa sólo en tu sueldo, así llegarás lejos. Cuanto más amable seas con los hombres, más ganarás.

– ¿Cuánto? ¿Quiero decir, serán quinientos o cinco mil reís la hora? ¿O no se cobran mis servicios por horas?

Lili le explicó a la muchacha con detalle cuánto podía cobrar por cada tipo de servicio, cuánto debía descontar y qué gastos adicionales tendría, por ejemplo, en cosméticos. La chica asintió, al parecer estaba de acuerdo con las condiciones.

– Bueno, ¿me va a admitir o no? Empiezo a tener frío.

Lili no estaba precisamente entusiasmada con los modales de la muchacha. Pero, por otro lado, era toda una belleza.

– Está bien, lo intentaremos. ¿Cómo te llamas?

– Miranda.

Maravilloso, pensó Lili. No había un nombre mejor para una puta. Al menos en la elección de su nombre artístico había demostrado la chica un buen instinto para los negocios. A lo mejor llegaba a ser algo, esta Miranda.

La Rúa da Alfandega, una de las principales calles comerciales donde se podía comprar artículos para el hogar a buen precio, estaba a sólo dos manzanas de La Mariposa de Oro. Félix iba allí siempre que se necesitaban grandes cantidades de copas, sábanas o utensilios de limpieza. Los comerciantes ya conocían al joven mudo, y ninguno cometía el error de infravalorarle. Félix hacía los cálculos tan deprisa y negociaba tan astutamente que incluso los libaneses y los judíos que estaban establecidos allí se quedaban sorprendidos. Y como La Mariposa de Oro era un cliente importante, a Félix se le recibía en todas las tiendas como al mismísimo emperador.

Aquel día Félix estaba en la Rúa da Alfandega para comprar guirnaldas, serpentinas y confeti para una fiesta que se celebraría con motivo del tercer aniversario del burdel de Lili. Había intentado inútilmente disuadir a Lili de que hiciera aquellos festejos carnavalescos, quería convencerla de que celebrara una fiesta más elegante. Pero ella, que había sido esclava de un criador de cerdos pobre, creía que los colorines eran la clave de una buena fiesta, y nadie podía convencerla de lo contrario. Y dado que Lili era la jefa y él su apoderado -así le llamaba pomposamente-, se haría lo que ella quería.

Félix se dirigió a la papelería de seu Gustavo. En ese momento, cuando ya habían pasado la nochevieja y el carnaval, no había mucha demanda de artículos de ese tipo, pero el viejo Gustavo tenía de todo en su almacén. Después de regatear, Félix consiguió una rebaja del treinta por ciento y la oferta de trabajar en el negocio de seu Gustavo.

– Me gustas, joven. Un chico listo como tú me vendría bien aquí. Si eres tan bueno como pienso incluso podrías llegar a ser mi sucesor, suponiendo que puedas aportar el capital necesario, naturalmente. Pero seguro que en La Mariposa de Oro te pagan bien y tienes algunos ahorros. Sabes, Félix, mis hijas y sus maridos no quieren saber nada del negocio, y yo cumpliré sesenta años el año que viene. Ven cuando haya cerrado la tienda, hablaremos tranquilamente mientras tomamos algo.

Félix se sintió muy halagado y le prometió al viejo que iría a verle a lo largo de la semana. En el camino de vuelta a La Mariposa de Oro no pensó en otra cosa que en sus perspectivas de futuro. ¡Una tienda propia, una empresa seria y no un establecimiento de medio pelo! Fernanda dejaría por fin de llamarle chulo, y a lo mejor incluso quería ser su mujer.

¡Con una papelería estaría en una posición cien veces mejor que la de Zeca con su zapatería!

Un fuerte grito devolvió a Félix a la realidad. En su euforia no se había fijado en los demás peatones que iban por la estrecha acera, y un hombre que tuvo que esquivarle había tropezado y se había caído en un charco. Félix ayudó al hombre a incorporarse. Enseguida lo reconoció, a pesar de que hacía muchos años que no se veían: Joao Henrique de Barros, uno de los amigos que Pedro da Silva invitó a Boavista. Joao Henrique no pareció reconocer a Félix. Siguió soltando maldiciones, y le gritó:

– ¿Qué pasa? ¿Eres mudo? ¡Al menos podías disculparte, estúpido!

Félix gesticulaba como un loco precisamente para disculparse. Lamentaba profundamente que el hombre hubiera tropezado con tan mala suerte, pero a la vez tenía que hacer un esfuerzo para no echarse a reír en un momento que irritaba tanto a la gente: Joao Henrique había caído en el único charco grande que había en muchos metros a la redonda.

– Yo te conozco de algo -dijo Joao Henrique, mirando a Félix con curiosidad-. Eres realmente mudo, ¿verdad?

Félix asintió. Sacó su pizarra y escribió: «Félix. Antiguo esclavo de Boavista». Lo único bueno de la gente de la categoría del menor de Barros era que se podía entender con ellos por escrito.

– ¡Oh, la chusma libre sabrá escribir, pero no tiene modales! Bueno, en el futuro ten más cuidado. Basta con que seas mudo, mejor que no piensen que además eres ciego.

Félix hizo una profunda reverencia antes de salir corriendo. Los encuentros con personas que le conocían de antes provocaban en él un horrible sentimiento de culpabilidad. Cuando las veía seguía sintiéndose como un esclavo, aunque hacía años que vivía en libertad. El miedo a ser descubierto que le había acompañado durante tres años estaba demasiado arraigado en él como para poder sentirse realmente libre. Pero eso cambiaría muy pronto, cuando tuviera su propio negocio. Animado por esta idea, se puso en camino sin pensar ni por un segundo qué haría Joao Henrique en una calle en la que no se solían ver senhores.

Entró en La Mariposa de Oro por la puerta de atrás, silbando una canción popular.

– ¿Estás enamorado o qué? -Lili, que bajaba en ese momento por la escalera, se sorprendió de la cara de felicidad de Félix. Normalmente iba muy serio para que, a pesar de su juventud, lo considerara un buen apoderado. Félix sacudió la cabeza, medio asintiendo, medio negando, lo que Lili interpretó como “más o menos”.

– Espera a ver a la nueva. He contratado hoy a una chica que deja sin respiración. Vete al salón a verla, se está cambiando y en un par de minutos estará abajo.

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