La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Félix estaba convencido de que la nueva no le quitaría la respiración. Después de un año en La Mariposa de Oro era inmune a los encantos corporales de las chicas. Había visto a tantas mujeres ligeras de ropa que le dejaba frío ver unos pechos bonitos o una ropa interior provocativa. La única mujer a la que deseaba era a Fernanda, cuyo cuerpo, siendo objetivos, no podía competir con los de las chicas de La Mariposa de Oro. Sus grandes pechos, su nariz ancha y sus orejas ligeramente gachas le resultaban tan dulces que no se fijaba en las bellezas que veía todos los días.
Félix tomó un vaso de agua y se acomodó en el sofá junto a Lili. Le escribió en la pizarra lo que le había ahorrado ese día, pero Lili estaba pensando en otra cosa. Cada dos segundos miraba hacia la escalera para ver cómo estaría la nueva chica con la ropa que ella le había dado. Además, le había encargado a Laila que la ayudara a peinarse y maquillarse, y Lili esperaba impaciente los resultados.
Félix dejó su pizarra a un lado. Era inútil. Lili no mostraba el más mínimo interés por sus explicaciones, así que no podía ni mucho menos esperar un halago suyo. Se reclinó hacia atrás, tomó un sorbo de agua e hizo lo mismo que hacía Lili: miró hacia la escalera.
Poco después apareció Laila precediendo a la nueva y tapándola para que no la vieran. Laila sonrió, abrió los brazos e hizo una reverencia como si fuera a presentar a la reina de Saba.
– Y ahora, atención: ¡la nueva!
Y se apartó a un lado.
Félix casi se muere del susto. En momentos como ése era una gran ventaja ser mudo para no llamar la atención con sus gritos de sorpresa. ¡Cielos, si era Miranda! ¡Y vaya transformación más asombrosa había sufrido! Nada recordaba ya a la muchacha de aspecto estúpido que siempre tenía la boca abierta. Esta mujer parecía… ¡la reina de Saba! Muy alta y delgada, con las extremidades largas y musculosas acentuadas más que cubiertas por un vestido ligeramente transparente, el cuerpo de Miranda era una verdadera obra de arte. Llevaba la cabeza alta, sus labios mostraban una arrogante sonrisa. Aquella expresión de su rostro contribuía a su aspecto mayestático tanto como la gran cantidad de adornos que Laila había puesto a su colega y con los que podía hacer la competencia a la mismísima vizcondesa de Río Seco, de la que se decía que sus joyas pesaban tanto que la tenían que llevar en vilo porque apenas podía andar. Félix se preguntó si eran sólo los adornos los que hacían que Miranda fuera totalmente distinta a como él la recordaba. La edad no podía ser: en cinco años no se puede cambiar tanto. ¿O es que antes no se había fijado en el cuerpo perfecto de Miranda por los modestos vestidos que llevaba en Boavista?
– ¿No es una preciosidad, nuestra Miranda? -preguntó Lili a los presentes, para luego dirigirse a la joven-. Gírate para que podamos verte por todos lados. ¡Mirad qué culo más maravilloso!
En otras circunstancias Félix quizás le habría reprochado a Lili su ordinario vocabulario. Podía llevar los vestidos más caros y perfumarse con Eau de Giverny, pero su forma de hablar la haría parecer siempre una madame de burdel, y eso era precisamente lo que ella no quería. Pero en aquel momento Félix no pensaba en otra cosa que en Miranda y su triste destino. Nunca simpatizó con ella, pero le dolía que hubiera caído tan bajo como para prestar sus servicios en un burdel y tener que enseñar su “maravilloso culo”. Una cosa era ver ejercer esa profesión a muchachas sobre cuyo pasado no sabía nada, y otra muy diferente encontrarse allí a una conocida. Miranda, que siempre se había burlado de la beatería de dona Alma; Miranda, que escupía en el puchero de sopa cuando estaba sola en la cocina; Miranda, en cuya cabeza Luiza siempre estaba buscando piojos… ¿Esa Miranda iba a convertirse en prostituta? ¡Qué idea tan horrible! También le pareció horrible la idea de que a su vez Miranda no lo tomaría en serio como apoderado y mano derecha de la jefa, pues sabía cosas de su juventud que le harían perder autoridad. ¿Quién valoraría a un hombre que antes había tenido que frotar la espalda a su señor y cortarle los pelos de las orejas?
Pero Miranda pareció no darse cuenta de que él estaba allí. Dejó que Lili y las chicas la admiraran y disfrutó con la expectación que su aparición había despertado. Lo mejor sería desaparecer, pensó Félix. Pero en ese momento ella le miró.
Miranda se quedó helada. Félix vio en sus ojos primero incredulidad, luego vacilación, al final rabia. Ella se volvió hacia Lili, que estaba a su espalda arreglándole encantada el peinado.
– Si hubiera sabido que ese monstruo estaba aquí no habría venido nunca.
– ¿Qué monstruo?
– Ése de ahí -dijo Miranda, señalando al sofá. Pero el sitio que antes ocupaba Félix estaba vacío.
Cuando Félix regresó esa noche a casa vio luz en la cabaña de Fernanda. Después de la abolición había regresado a su viejo barrio, a su vieja chabola, cuya principal ventaja era que estaba cerca de Fernanda. Aunque ella no correspondiera a su amor, seguía siendo su mejor amiga y la persona en quien más confiaba. Y después de un día tan lleno de acontecimientos era bueno poder compartir un rato con alguien que supiera leer y además fuera inteligente, razonable y comprensivo.
– ¿Te has encontrado a dos personas que conocías de antes? ¡Qué casualidad! Pero si eso te ha hecho sentirte tan mal, deberías pensar un poco sobre ello.
Fernanda cortó el hilo con los dientes, dejó a un lado la blusa a la que acababa de coserle un botón y dirigió a Félix una penetrante mirada.
– Si no te gusta que esa prostituta te vea en La Mariposa de Oro, quizás sea el momento adecuado para dejar de trabajar allí.
Félix intentó explicar a Fernanda su complicado estado de ánimo, intentó hacerla ver que no era vergüenza lo que sentía, sino esa incómoda sensación que invade a una persona cuando desempeña un papel distinto al que los demás conocen. Igual que le habría horrorizado frotar la espalda a alguien delante de Lili, también le parecía mal aparecer ante Miranda como empleado de un burdel. Pero Fernanda hacía oídos sordos. Siempre que acababan hablando del lugar de trabajo de Félix se mantenía firme en su idea de que él era demasiado bueno para Lili y su establecimiento.
– Lili es y seguirá siendo una guarra. En Esperança pude conocerla lo suficiente para saber que es corrupta, avara y mentirosa. Y aunque a ti te pagara el doble, se aprovecha de la desesperada situación de las muchachas en su propio beneficio, y yo no quiero que tú saques provecho de la miseria en ese sucio negocio.
¿Es que no lo entendía? Félix sólo quería ganar un buen sueldo por ella. Y que él trabajara o no en La Mariposa de Oro no iba a cambiar nada, absolutamente nada, en la prostitución en Río de Janeiro, que cada vez estaba más extendida. Probablemente incluso había ayudado a muchas chicas. Gracias a su intervención, La Mariposa de Oro se había convertido en un establecimiento en el que se podía aguantar bien, en el que no había peleas, las camas no estaban infestadas de chinches y no se engañaba a las chicas.
– Bien, y ahora explícame mejor lo de seu Gustavo -dijo Fernanda cambiando bruscamente de tema cuando vio el gesto de Félix y temió que la conversación acabara en una riña, como pasaba siempre que hablaban de su vergonzoso trabajo.
En el breve resumen de aquel día cargado de acontecimientos, Félix sólo había mencionado de pasada que el viejo comerciante le había propuesto un negocio. Tras el encuentro con Miranda, Félix estaba tan alterado que el asunto se le había olvidado y había desaparecido la euforia que todavía le llenaba a mediodía. Probablemente con su promesa de traspasarle el negocio, Gustavo sólo quisiera engatusarle para conseguir un dependiente servicial y barato. Seguro que el viejo avaro le haría matarse a trabajar y le encargaría las tareas más indignas. Ya le oía decir: «Los años de aprendizaje no son años de señorito». Y posiblemente le pediría un precio absurdamente elevado por su tienda cuando se jubilara, lo que podía tardar años en hacer. ¿Cinco años, diez? Demasiado tiempo, para entonces Félix ya sería viejo.