La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Enfermera, ocúpese de que se cierren todas las ventanas y contraventanas. Después procure que las enfermeras atiendan a los enfermos y no pierdan el tiempo con el indigno espectáculo de ahí fuera. -Luego esbozó una maliciosa sonrisa-. Todos esos que se comportan como locos estarán muy pronto en nuestra clínica.
Joao Henrique tenía razón. A media tarde empezaron a llegar los primeros heridos a la “sección Vitória Castro da Silva” del hospital, a la que todos llamaban “ala sur”. La mayoría de los pacientes estaban casi inconscientes por el consumo excesivo de cachaça, por lo que apenas sintieron dolor cuando les cosieron las heridas. Había varias mujeres que se habían desmayado, probablemente de tanto bailar al sol, y al caer se habían hecho heridas o se habían golpeado en la cabeza. Llegaron negros y blancos, viejos y jóvenes, ricos y pobres. Había que tratar los tobillos dislocados, arreglar las narices rotas, limpiar heridas y enderezar espaldas. A todo aquel caos había que añadir, naturalmente, los pacientes normales del hospital. Joao Henrique trajo niños al mundo, diagnosticó úlceras gástricas y suministró grandes dosis de morfina a los enfermos al borde la muerte. Entablilló piernas, abrió furúnculos, trató hernias inguinales. Todo lo hacía con toda la concentración de que era capaz y sin alterarse. Su enfado inicial fue despareciendo por la tranquilidad que llevaba asociada la rutina. Trabajaba como una máquina, sin permitirse un descanso ni atender a las señales de su propio cuerpo.
Hacia las ocho de la tarde mandó abrir las ventanas de nuevo. El olor era insoportable en las habitaciones. Además, Joao Henrique estaba convencido de los beneficios del aire libre. Sólo las circunstancias extraordinarias le habían obligado a suprimir provisionalmente la ventilación natural. Poco a poco se fue apoderando de él la agitación que reinaba entre los demás. Justo cuando el joven médico se disponía a sentarse en su escritorio para tomarse la taza de café que la enfermera Ursula le había llevado, apareció un mensajero en su puerta.
– ¿Es usted el doutor Joao Henrique de Barros? La senhora Joana da Silva le reclama. Es muy urgente.
Pedro había apostado al caballo adecuado y había ganado: cinco veces lo apostado. Se fue a celebrarlo a la ciudad con un amigo al que se había encontrado en el Joquei Clube. Los negros también tenían un motivo de celebración, pensó Pedro, y se alegró con ellos. Pero su estado de ánimo cambió cuando se enteró de lo que se celebraba por las calles. En el corto trayecto del café a su coche se golpeó en la frente con la reja oxidada de una ventana cuando la multitud que llenaba las calles de la ciudad lo arrastró y empujó. Cuando consiguió ponerse a salvo en la entrada de una casa -ya había perdido de vista a su amigo-, se pasó la manga por la frente y notó que estaba sangrando. ¿Por qué había usado aquel día el pañuelo que Joana siempre la ponía en la chaqueta para limpiarse el polvo de los zapatos y se lo había dejado en el coche? No importaba. Había cosas más urgentes en que pensar. ¿Qué pasaría en Boavista? ¿Estaría su padre en condiciones de sacar la fazenda adelante sin el trabajo de los esclavos? ¿Sería conveniente ir hasta allí y ofrecerle su ayuda? Quizás juntos pudieran conseguirlo. Pero no, no se podía pensar en viajar al valle del Paraíba en los próximos días. Si los negros estaban así de alborotados en Río, ¡cómo sería la situación en el campo!
Cuando Pedro llegó a su casa subió a lavarse y cambiarse de ropa antes de que su mujer le viera y le diera el beso de saludo habitual. No quería intranquilizar a Joana. Seguro que ya estaba bastante atemorizada.
Pero cuando entró en el comedor le esperaba una resplandeciente Joana con un vestido muy elegante y una cena especial.
– ¿Hay algún motivo de celebración?
– ¿Es que no lo hay?
– No lo creo. Ya sé que tú siempre has defendido la abolición de la esclavitud y que pagas a los negros.
Joana miró a Pedro sorprendida.
– Bueno, pero nunca he dicho nada porque considero que la casa y el personal son asunto tuyo. Nunca he querido inmiscuirme.
Joana hizo ademán de responder, pero Pedro la detuvo con un movimiento de la mano.
– No es eso lo que me preocupa. Al contrario: te agradezco tu forma de actuar, pues sólo a ella se debe que los esclavos no hayan salido corriendo, que podamos sentarnos ahora a esta fantástica mesa y nos sirvan esta maravillosa cena. Pero Joana, ¿has pensado qué ocurrirá en Boavista? ¿Y cómo nos afectará antes o después a nosotros? El poder de los barones del café se ha terminado, Joana.
Pero a su mujer eso no parecía afectarle mucho. Le retiró a su marido el pelo de la frente y se asustó al ver la herida.
Pedro le contó brevemente y sin inmutarse cómo se la había hecho.
– Pedro, tú no necesitas ni el dinero ni las influencias de tu padre para ser algo en la vida. Eres listo, trabajador y reúnes todas las condiciones para seguir tu propio camino. Sólo te falta a veces un poco de sentido común. ¡Dios mío, cómo se puede ignorar una herida tan horrible! Tienen que vértela enseguida. Mandaré a buscar a Joao Henrique, probablemente esté todavía en la clínica y aún no haya acabado su trabajo.
Y antes de que Pedro pudiera decir nada, Joana ya había tocado la campanilla para ordenar a Humberto aquel importante encargo.
La Viuda Negra estaba sentada sola, pensando, en la pequeña habitación cuyo alquiler seguía pagando León. Toda su aura, su aspecto, su extravagancia… todo había llegado a su fin aquel día. Como negra libre ya no sería nada especial, y sin su vestimenta negra -cuyo supuesto motivo, la pena por su pueblo, ya no tenía sentido- ya no llamaría la atención de nadie. Otros negros irían al teatro, a los restaurantes, a las veladas y recepciones. Otras mulatas de buen ver harían girar la cabeza a los hombres. La lucha por la abolición de la esclavitud había llegado a su fin, y con ello desaparecían los pretextos para ver a León. La Viuda Negra maldijo el 13 de mayo de 1888, sí, maldecía el día que había acabado con la imagen de sí misma en la que tanto había trabajado en los últimos años.
Pero no habría llegado tan lejos si se dejara hundir por un pequeño golpe como aquél. Era luchadora por naturaleza, y seguiría luchando. Acabaría con la presumida esposa de León, y convertiría en una victoria los inconvenientes que la liberación de los esclavos suponían para ella. ¿Pero cómo? La Viuda Negra se sirvió otra copa de jerez, se recogió el pelo y se dispuso a diseñar un plan de ataque.
Fernanda estaba rellenando el viejo barril con piedras, arena y tierra para plantar unas flores, cuando llegó Zeca corriendo.
– ¿Qué haces aquí sola? ¡Todos están de fiesta, ven!
– ¡Por Dios, Zeca! Ya te he dicho que no voy a ir al cumpleaños de Feijáo. Quería quedarme tranquila en casa. Hay mil cosas que durante la semana no puedo hacer y a las que prefiero dedicar mi atención antes que a ese presuntuoso al que, la verdad, no soporto. Además, me pregunto de dónde sacará el dinero para invitar a tanta gente; seguro que no lo ha ganado de una forma honrada.