La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Era evidente que a Stich lo concomían todas las preguntas sin contestar. La irritación se dibujaba en su rostro con claridad.
– A lo mejor, Peuckert puede ayudarnos de alguna manera a dar con una pista, Peter.
Stich se volvió hacia su esposa. Kröner sabía por qué había hablado desde la otra punta de la habitación. Cuando su marido estaba de aquel humor, era muy capaz de pegarle en cuanto se quedaban a solas. Aunque solía arrepentirse luego y sin duda ya no repartía sus golpes con la misma autoridad de antes, Kröner sospechaba que la mujer, a esas alturas de la vida, prefería que los golpes los recibieran otros. Como, por ejemplo el idiota que se encontraba en el comedor.
También ella se había debilitado con la edad.
Tras unas cuantas llamadas más, Stich entrecerró los ojos. Se volvió hacia Kröner y sacudió la cabeza. Ambos habían aceptado la inevitabilidad de la nueva situación.
El hombre del rostro picado se quedó mirando el teléfono un buen rato. A estas horas, su mujer y su hijo ya debían de haber llegado a su destino. En el momento en que se disponía a coger el auricular, Andrea entró por la puerta con el hombre robot a rastras. Todavía masticaba la comida. Stich lo cogió del brazo y lo sentó suavemente en el sofá. Luego le pasó la mano por el pelo; era una costumbre que había adquirido con el paso del tiempo. El demente se había convertido en una especie de animal de compañía. Se había convertido en su pequeña mascota encerrada. Su gatito y su pequeño mono. Sólo Lankau mantenía una actitud distante.
– ¿Has comido, pequeño Gerhart? ¿Andrea ha cuidado bien de ti?
La dulzura siempre irrumpía en su rostro cuando oía hablar de Andrea. Como ahora. Peuckert sonrió y miró hacia Andrea, que acababa de encender la araña.
– ¿Te gusta estar un rato sentado en el salón con nosotros, pequeño Gerhart? ¿Quieres que Kröner se siente un ratito a tu lado también?
Stich le cogió las manos y las frotó como si estuvieran heladas.
– Así, Gerhart, así es como te gusta a ti, ¿verdad?
El anciano volvió a acariciar el dorso nervudo de la mano de Gerhart y le sonrió.
– A Andrea y a mí nos gustaría saber si Petra sigue visitándote a menudo.
Kröner detectó un ligero fruncimiento en los labios de Gerhart, apenas perceptible. Ese pequeño gesto hablaba por sí solo. Stich volvió a palmearle la mano.
– Y también nos gustaría saber si te hace muchas preguntas, Gerhart. ¿Te hace preguntas extrañas de vez en cuando? ¿Te pregunta, por ejemplo, acerca del pasado, de los viejos tiempos, o de lo que hacemos cuando nos vamos de excursión al bosque? ¿Lo hace, pequeño Gerhart?
Gerhart apretó los labios y miró hacia el techo, como si pensara.
– Bueno, a veces es difícil acordarse. Pero entonces a lo mejor puedes decirme si alguna vez te ha hablado de Amo von der Leyen, amiguito.
El hombre que estaba sentado totalmente quieto en el sofá volvió a apretar los labios.
Stich se puso en pie y soltó las manos de Gerhart tan inesperadamente como las había cogido.
– Has de saber que ese tal Amo von der Leyen te está buscando, pequeño Gerhart. ¡Y no entendemos por qué! Y se hace pasar por otro. ¿Sabes lo que dice Kröner que se hace llamar?
Gerhart le envió una mirada apática a Kröner. Kröner no fue capaz de evaluar si lo había reconocido o si había sido una mirada fortuita.
– Se hace llamar Bryan Underwood Scott -prosiguió Stich riéndose secamente antes de carraspear de nuevo-. ¿No es gracioso? Ha estado en Santa Úrsula. Le habló en inglés a Frau Rehmann. Sorprendente, ¿no? ¿No te parece extraño?
Kröner se acercó a Peuckert y se agachó para observar su rostro de cerca. Como de costumbre, no detectó ni la más mínima reacción. Tendrían que ocuparse del asunto sin su ayuda.
– Encontraré a Petra -dijo Kröner incorporándose de golpe.
El anciano no le quitó los ojos de encima mientras se incorporaba. Abrió los ojos desmesuradamente.
– ¡Sí! Y cuando la encuentres, harás todo lo que esté en tus manos por sacarle la verdad, ¿verdad, Wilfried? Si tienes la más mínima sospecha de que nos ha traicionado, mátala, ¿has entendido? -dijo, a la vez que cogía a Peuckert jovialmente por la nuca.
– ¿Qué hay de la carta con la que siempre nos ha amenazado?
– ¿Qué prefieres, Wilfried? ¿La peste o el cólera? ¡Si no hacemos nada, no hay duda de que tendrás un problema! ¿Y si finalmente decides animarte a hacer lo que debes, ¿quién sabe lo que puede ocurrir después?
La mirada que le envió Stich fue despectiva.
– Han pasado ya casi treinta años, Wilfried. ¿Quién iba a tomarse un pedazo de papel como ése en serio? ¿Y quién nos asegura que realmente existe? ¿Acaso podemos fiarnos de la pequeña Wagner? ¡Vete ya y haz lo que te he dicho! ¿Lo has entendido?
– ¡No hace falta que me des órdenes, Stich! ¡ Sé pensar por mí mismo!
Sin embargo, la verdad era que no. Kröner ya no era capaz de pensar. Fuera lo que fuese lo que la reunión con Petra trajera consigo, la situación era totalmente nueva para él, nueva y mudable; dos elementos que se daban de narices con la seguridad que su vida cotidiana demandaba. Al abandonar el salón, se volvió hacia Gerhart Peuckert. Los labios del hombre encogido en el sofá temblaron levemente cuando Stich lo agarró amistosamente por la nuca. Sus ojos no expresaban ningún sentimiento. Su mirada era profunda, como de cansancio por el día que declinaba.
Mientras aún se colocaba el sombrero, Kröner percibió el movimiento difuso de Stich a sus espaldas. Se volvió hacia la puerta, a tiempo para ver cómo el golpe de Stich alcanzaba la sien de su víctima impotente. Peuckert rodó por los suelos protegiendo desesperadamente su rostro con ambas manos.
– ¿Qué quiere de ti Arno von der Leyen, imbécil? ¿Acaso eres valioso? -gritó, a la vez que le propinaba una patada con tal fuerza que su débil rodilla emitió un chasquido.
El viejo gimió y miró con sus fríos ojos el cuerpo que estaba tirado en el suelo despectivamente.
– ¿Qué tiene ese cerdo que ver contigo?
A pesar de la rodilla, el viejo volvió a patalear. Kröner atrapó la expresión del rostro de Peuckert durante un instante. Parecía más sorprendido que suplicante.
– ¿Qué tendrás tú que haga que ese diablo tal vez haya pasado casi treinta años en el extranjero sin olvidarte? ¡Me gustaría saberlo! ¿Qué me dices, pequeño Gerhart? ¿Puedes contárnoslo, a mí y a Andrea?
Stich volvió a propinarle una patada, sin esperar la respuesta.
– ¿Puedes decirnos lo que el presunto Bryan Underwood Scott quiere de ti?
A sus pies, el hombre había empezado a sollozar. Había pasado otras veces. Un flujo inarticulado de sonidos que, Kröner sabía, podía llevar a Stich a volver a pegarle con más fuerza, a pesar de que jamás lo había visto con sus propios ojos. Kröner volvió a entrar en el salón y agarró a Stich del hombro. La mirada que le devolvió éste le dijo que su gesto había sido innecesario. Stich sabía perfectamente que ya estaba bien. El tiempo podía ser escaso. Debía procurar tranquilizarse.
Andrea Stich pasó tranquilamente por delante de Kröner, se metió en la cocina y sirvió un snaps cristalino y aromático en un vasito sucio. Su marido se lo bebió de un trago, tras lo cual se sentó tranquilamente en la silla deslucida, delante del escritorio. Tras unos segundos iniciales de incertidumbre, apoyó la barbilla en la mano y se puso a pensar.
El hombre magullado se puso en pie y siguió a Andrea, que se dirigió al comedor para apagar la luz. Volvió a sentarse en su sitio sin decir nada. Delante tenía un platito con cuatro galletas untadas de mantequilla. Todos sabían que le gustaban las galletas con mantequilla.
No las tocó. En lugar de comérselas, empezó a mecer el cuerpo hacia adelante y hacia atrás, apoyando las muñecas en el borde de la mesa. Al principio, de forma casi imperceptible; luego, cada vez con más violencia.