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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– Tienes dieciocho años, Sayuri -continuó-. Ni tú ni yo podemos prever tu destino. ¡Puede que nunca llegues a conocerlo! El destino no siempre es algo semejante a una fiesta al anochecer. A veces no es más que la lucha por sobrevivir día tras día.

– ¡Qué crueldad, Mameha-san!

– Sí, sin duda, es cruel. Pero nadie puede escapar a su destino.

– ¡Por favor, si no se trata de escapar a mi destino ni nada por el estilo! Nobu-san es un buen hombre, como acaba de decir. Sé que sólo puedo estarle agradecida por su interés, pero… había soñado con tantas cosas.

– Y tienes miedo de que una vez que te haya tocado Nobu ya no puedan hacerse realidad. ¿Pero cómo te creías que era la vida de las geishas? No nos hacemos geishas para tener una vida gratificante. Nos hacemos geishas porque no tenemos elección.

– ¡Oh, Mameha-san… por favor… por favor…! He sido tan estúpida de mantener viva la esperanza de que tal vez un día…

– De joven se sueña todo tipo de tonterías, Sayuri. Las esperanzas son como los adornos del pelo. De joven se pueden llevar demasiados. Pero cuando envejeces, tan sólo uno ya te hace parecer tonta.

Estaba decidida a no volver a perder el control. Conseguí contener las lágrimas, salvo las pocas que se me escapaban como la savia sale de los árboles.

– Mameha-san -le dije- ¿quiere mucho al barón?

– El barón ha sido un buen danna para mí.

– Ya, claro, eso es verdad, pero ¿lo quiere como hombre? O sea, algunas geishas quieren a sus danna, ¿no?

– La relación que tenemos el barón y yo es cómoda para él y beneficiosa para mí. Si mezcláramos la pasión en nuestros tratos… bueno, la pasión no tarda en derivar hacia los celos o incluso hacia el odio. No puedo permitirme enfadar a un hombre poderoso. He luchado durante años para hacerme un sitio en Gion, pero si un hombre poderoso decide destruirme, lo hará. Si quieres llegar a algo, Sayuri, tienes que asegurarte de que controlas siempre los sentimientos de los hombres. Puede que el barón sea a veces insoportable, pero tiene mucho dinero y no le importa gastarlo. Y además, no quiere hijos. Nobu será un reto para ti. Se conoce a sí mismo demasiado bien. No me sorprendería que esperara más de ti de lo que el barón ha esperado nunca de mí.

– Pero, Mameha, ¿y sus sentimientos? ¿Es que nunca ha habido un hombre…?

Quería preguntarle si había habido algún hombre que hubiera despertado en ella sentimientos apasionados. Pero me di cuenta de que su irritación conmigo, que hasta entonces no había pasado de ser un pequeño brote, empezaba a abrirse y a estar a flor de piel. Se irguió, sin levantar las manos del regazo; creo que estaba a punto de regañarme, pero yo me disculpé rápidamente por mi descortesía, y ella volvió a la posición inicial.

– Tú y Nobu tenéis un en, Sayuri, del que no puedes escapar así como así -me dijo.

Sabía, incluso entonces, que tenía razón. Un en es un vínculo kármico de por vida. Hoy en día, mucha gente se cree que elige su vida; pero en mis tiempos pensábamos que éramos trozos de arcilla que llevan impresa para siempre las huellas de todos los que los han tocado. El contacto con Nobu había dejado en mí una huella más profunda que la mayoría. Nadie podría decir si él iba a ser mi último destino, pero yo siempre había sentido que había un en entre nosotros. Nobu siempre estaría presente en algún lugar del paisaje de mi vida. Pero ¿podría ser verdad que de todas las lecciones que había aprendido ninguna fuera la más difícil y que ésta todavía me estuviera aguardando?

– Vuelve a la okiya, Sayuri -me dijo Mameha-. Prepárate para la noche que te espera. No hay nada como el trabajo para superar las desilusiones.

Alcé la vista, mirándola, con la idea de suplicarle por última vez, pero cuando vi la expresión de su cara, me lo pensé mejor. No puedo decir en qué estaría pensando Mameha, pero parecía concentrada en el vacío, y con el esfuerzo, el óvalo perfecto de su cara se había encogido en las comisuras de la boca y de los ojos. Dejando escapar un profundo suspiro, posó la vista en su vaso de agua de cebada con una expresión que a mí me pareció de intensa amargura.

Puede que una mujer que viva en una gran casa se vanaglorie de todas las hermosas cosas que la rodean, pero en cuanto oiga crujir el fuego, decidirá en un abrir y cerrar de ojos cuáles son las que realmente más valora. En los días que siguieron a mi conversación con Mameha, llegué a tener la sensación de que mi vida estaba en llamas; pero cuando intentaba encontrar algo que siguiera importándome después de que Nobu se convirtiera en mi danna, no lograba encontrar ni una sola cosa. Una noche que estaba arrodillada en torno a una mesa en la Casa de Té Ichiriki, intentando no pensar demasiado en mis penas, me vino de pronto a la cabeza la imagen de una niña perdida en la nieve. Cuando alcé la vista y vi las cabezas canas de los hombres a los que estaba divirtiendo, me parecieron tan semejantes a árboles cubiertos de nieve que durante un momento espantoso sentí que era el único ser humano vivo sobre la tierra.

Las únicas fiestas en las que lograba convencerme a mí misma de que mi vida todavía tenía algún sentido, por pequeño que fuera, eran aquellas organizadas por miembros del ejército japonés. Ya en 1938 nos habíamos acostumbrado a oír las noticias de la guerra de Manchuria, y todos los días se nos recordaba de mil formas distintas -por ejemplo, con el Menú Sol Naciente, que consistía en un cuenco de arroz con una ciruela en salmuera en el centro, imitando a la bandera nacional- que había tropas japonesas luchando. A Gion siempre habían venido a relajarse y divertirse marinos y oficiales de tierra. Y, sin embargo, entonces, tras la sexta o séptima copa de sake, empezaban a contarnos, con los ojos empañados de lágrimas, que nada les levantaba tanto la moral como venir a Gion. Probablemente éste sea el tipo de cosas que dicen todos los oficiales a las mujeres con las que hablan. Pero la idea de que yo -que no era más que una joven venida de la costa- pudiera estar aportando algo importante a la nación… No digo que esas fiestas aminoraban mi sufrimiento, pero sí que me ayudaban a recordar lo egoísta que era en realidad ese sufrimiento.

Pasaron unas semanas, y entonces una noche en el vestíbulo de la Casa de Té Ichiriki, Mameha dejó caer que había llegado el momento de cobrar a Mamita lo que le debía de su apuesta. Sin duda recordarás que se habían apostado si yo conseguiría saldar mis deudas antes de cumplir veinte años o no. Y, aunque sólo tenía dieciocho, ya las había saldado.

– Ahora que ya has hecho el cambio de cuello -me dijo Mameha-, no veo razón alguna para seguir esperando.

Esto fue lo que dijo, pero creo que la verdad era más complicada. Mameha sabía que Mamita odiaba pagar las deudas, y todavía odiaría más tener que saldarlas cuando las apuestas estaban subiendo. Mis ganancias se incrementarían considerablemente en cuanto tuviera un danna; y no cabía la menor duda de que Mamita intentaría proteger aún más sus ingresos. Supongo que Mameha pensó que lo mejor era cobrar lo que se le debía lo antes posible, y dejar para más adelante la preocupación por mis futuras ganancias.

Varios días después, me llamaron a la sala, donde encontré a Mameha y a Mamita sentadas una a cada lado de la mesa, charlando del tiempo. Al lado de Mameha estaba la Señora Okada, una mujer de pelo cano a la que había visto varias veces. Era la dueña de la okiya en la que había vivido Mameha, y todavía le llevaba la contabilidad a ésta a cambio de un porcentaje de sus ingresos. Nunca la había visto tan seria, con la vista fija en la mesa y sin interés alguno en la conversación.

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