En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¿Y hoy? -volvió a resonar su voz sarcástica-. ¿No llevas corsé, princesa? ¿Esperas a que un hombre de verdad pase por aquí mientras tu blando está en su camita?
Gwyneira se levantó de un salto cuando Gerald se dirigió a ella. Instintivamente, se apartó de él. Gerald la siguió.
– Ajá, huyes cuando ves a un auténtico hombre. Ya me lo pensaba…, Miss Gwyn. ¡Te haces rogar! Pero un hombre de verdad no arroja la toalla…
Gerald la agarró por el corpiño. Gwyneira tropezó cuando la agarró. Lucas se puso entre los dos.
– Padre, ¡te estás propasando!
– ¿Ah, sí? ¡Que yo me insolento! No, mi querido hijo. -El viejo propinó a Lucas un colérico empujón en el pecho. Lucas no se atrevió a devolvérselo-. Los buenos espíritus me abandonaron cuando compré este caballito purasangre para ti. Demasiado bueno para ti…, demasiado bueno… Me lo tendría que haber quedado yo. Ahora la cuadra rebosaría de herederos.
Gerald se inclinó sobre Gwyneira, que volvió a caer en su butaca. Intentó ponerse en pie y huir, pero de un manotazo la arrojó al suelo y se puso encima de ella antes de que ella pudiera levantarse.
– Ahora te enseñaré… -jadeó Gerald. Estaba completamente borracho y se quedaba sin voz, pero no sin fuerza. Gwyneira distinguió puro deseo en sus ojos.
Llena de pánico intentó recordar. ¿Qué había pasado en Gales? ¿Lo había excitado ella? ¿Había sentido siempre lo mismo por ella y ella había sido tan ciega de no darse cuenta?
– Padre… -Lucas se acercó poco decidido, pero el puño de Gerald fue más rápido. Borracho o no, sus golpes eran certeros. Lucas fue impelido hacia atrás y perdió el conocimiento por unos segundos. Gerald se bajó los pantalones. Gwyneira oyó a Cleo ladrar en la terraza. La perra arañaba la puerta alarmada.
– Ahora te enseño, princesa… Ahora te mostraré cómo se hace…
Gwyneira gimió cuando le desgarró el vestido, le rompió la ropa interior de seda y la penetró de forma brutal. Olía a whisky, sudor y a la salsa del asado que se había derramado en su camisa, y Gwyneira se sintió invadida por el asco. Vio odio y triunfo en los ardientes y malvados ojos de Gerald. La sostuvo con una mano por debajo, le frotó con la otra los pechos y la besó ansioso en el cuello. Ella le mordió e intentó rechazar la lengua del hombre en su boca. Tras el primer shock empezó a luchar y quejarse con tal desespero que él tuvo que agarrarla por las dos manos para mantenerla quieta. Pero seguía penetrándola y apenas si podía soportar los dolores. Ahora sabía por fin a qué se refería Helen, y se aferró a las palabras de su amiga: «Al menos se acaba pronto…»
Gwyneira, desesperada, se quedó quieta. Oyó los tambores del exterior, los ladridos histéricos de Cleo. Esperaba que no intentase saltar por la mitad abierta de la puerta. Gwyn se obligó a tranquilizarse. En algún momento acabaría…
Gerald notó su resignación y la interpretó como conformidad.
– Qué… ¿te gusta, princesa? -jadeó y empujó más fuerte-. ¡A que te gusta! Ahora no tienes…, no tienes suficiente, ¿verdad? Eso es otra cosa…, un hombre de verdad, ¿eh?
Gwyneira ya no tenía fuerzas para insultarlo. Parecía que el dolor y la humillación no iban a acabar nunca. Los segundos se convirtieron en horas. Gerald gemía, jadeaba y pronunciaba palabras incomprensibles que se mezclaban con los tambores y los ladridos en una cacofonía que aturdía a la mujer. Gwyneira no sabía si había gritado o si había soportado la tortura en silencio. Lo único que quería era que Gerald se apartara de ella, incluso si eso significaba que él…
Gwyneira sintió un asco enorme cuando al final él eyaculó dentro de ella. Se sintió sucia, manchada, humillada. Llena de desesperación, apartó la cabeza cuando él se dejó caer sobre ella, jadeando, y hundió el rostro sofocado en su cuello. El peso del cuerpo del hombre la mantenía inmovilizada en el suelo. Gwyn tenía la sensación de no poder respirar. Intentó quitárselo de encima, pero no pudo. ¿Por qué no se movía? ¿Se había muerto sobre ella? Gwyn se habría alegrado. Si hubiera tenido un cuchillo se lo habría clavado.
Pero luego, Gerald se movió. Se levantó sin mirarla. ¿Qué sentía? ¿Satisfacción? ¿Vergüenza?
El viejo estaba en pie tambaleándose y volvió a coger la botella.
– Espero que esto os haya servido de lección… -dijo vacilante. Su tono no era triunfal sino más bien pesaroso. Lanzó una mirada de soslayo a Gwyneira, que gimoteaba-. Has tenido mala suerte, si te ha dolido. Pero al final te ha gustado, ¿verdad, princesa?
Gerald Warden subió dando traspiés las escaleras, sin volver la vista atrás. Gwyneira sollozaba en silencio.
Lucas se inclinó sobre ella.
– ¡No me mires! ¡No me toques!
– No voy a hacerte nada, cariño mío… -Lucas quería ayudarla a levantarse, pero ella le rechazó.
– Vete -dijo sollozando-. Ahora es demasiado tarde, ahora ya no puedes hacer nada.
– Pero… -Lucas se detuvo-. ¿Qué debería haber hecho?
A Gwyneira se le habrían ocurrido de golpe un montón de cosas. Ni siquiera hubiera necesitado un cuchillo: el atizador de hierro de la chimenea habría bastado para derribar a su padre.
Pero a Lucas no se le había pasado tal idea por la cabeza. Era evidente que le preocupaban otras cosas.
– Pero…, pero ¿es que no te ha gustado? -preguntó en voz baja-. ¿De verdad que no has…?
Le dolían todos los músculos del cuerpo, pero la ira la ayudó a levantarse.
– ¿Y si fuera así, tú…, cobarde? -respondió a Lucas. Nunca antes se había sentido tan ofendida, tan traicionada. ¿Cómo podía ese imbécil imaginar que ella había disfrutado con esa humillación. De repente, lo único que deseaba era herir a Lucas-. ¿Qué sucedería si hubiera otro que realmente lo hiciera mejor? ¿Irías a él y le pedirías explicaciones, al padre de Fleur? ¿Sí? ¿O de nuevo esconderías la cola como ahora, peleando contra un viejo? Maldita sea, ¡estoy harta de ti! Y de tu padre, que tan vigoroso está. ¿Qué es en realidad un «marica», Lucas? ¿Es también algo que vale más ocultar a las ladies? -Gwyneira vio el dolor en los ojos del hombre y olvidó su cólera. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Por qué se vengaba en Lucas por lo que había hecho su padre? Lucas no tenía la culpa de lo que era.
»Está bien, no quiero saberlo -dijo-. Sal de mi vista, Lucas. Desaparece. No quiero verte más. No quiero ver a nadie. Vete, Lucas Warden. ¡Desaparece!
Cautiva en su pena y dolor, no lo oyó marchar. Intentó concentrarse en los tambores para evitar los pensamientos que se agolpaban en su cabeza. Entonces pensó de nuevo en la perra. Ya no ladraba, Cleo sólo gimoteaba. Gwyneira se arrastró hasta la puerta de la terraza, dejó entrar a Cleo y tiró también del cesto con los cachorros a través del umbral, cuando las primeras gotas caían en el exterior. Cleo lamió las lágrimas del rostro de la joven y ésta escuchó con atención la lluvia que caía con fuerza sobre las baldosas…, rangi lloraba.
Gwyneira lloraba.
Consiguió llegar hasta su habitación cuando la tormenta descargó sobre Kiward Station, el aire refrescó y se aclaró su mente. Al final durmió sobre la suave alfombra de color azul pálido que Lucas había elegido para ella, junto a la perra y sus cachorros.
Ni se le ocurrió que Lucas fuera a abandonar la casa al amanecer.
Kiri no hizo ningún comentario acerca de lo que encontró cuando entró en la habitación de Gwyneira por la mañana. No dijo nada sobre la cama sin abrir, el vestido desgarrado o el cuerpo sucio y manchado de sangre de Gwyneira. Sí, esta vez había sangrado.
– Bañarse, Miss. Luego estar mejor, seguro -dijo Kiri compasiva-. El señor Lucas seguro no ser malo. Los hombres beben, muy enfadados, ayer mal día…