La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¡Pero sinhá Vitória! ¿No lo ha oído? ¡Somos libres! ¡Se acabó la esclavitud!
– Que yo sepa, tú ya eras libre. Te pagamos por tu miserable trabajo, ¿o no? Y ahora sal fuera y gánate el dinero.
Cuando el chico hubo desaparecido Vitória recapacitó sobre sus palabras. Si era cierto lo que decía, y la euforia que reinaba en la casa así lo hacía creer, se avecinaban tiempos catastróficos para ella y su familia.
Vitória se puso un ligero chal sobre los hombros y salió a la calle. A lo mejor los vecinos tenían más información. Pero dona Anamaria estaba tan desconcertada como ella. Juntas fueron hasta el Largo da Gloria, confiando en que pronto llegaría el chico de los periódicos con una edición especial. Si no, en la Praça París, a varios minutos andando, seguro que se enteraban de algo. Cuando iban hacia allí Vitória tuvo claro que debería retrasar su viaje a Boavista. Si en Río los negros mostraban ya tal desenfreno que bailaban por la calle, se abrazaban e incluso mostraban su agresividad reprimida contra los senhores, ¿qué ocurriría en el valle del Paraíba?
La noticia llegó a las 15.15 a la oficina de telégrafos de Vassouras. Poco después se había extendido ya por toda la ciudad, y una hora más tarde ya la conocía todo el valle. En los campos de café los negros dejaron de trabajar y se unieron a los que marchaban a la ciudad a probar suerte. La cosecha se pudriría en las plantas. Las obras de la iglesia de Sao José das Três, cuyas dos torres ya sobresalían por encima de la nave central, quedaron abandonadas. A muchos señores no se les sirvió la comida en las fazendas, pues ni en la cocina ni en toda la casa quedaba un solo negro dispuesto a trabajar. Los senhores que habían tratado especialmente mal a sus esclavos podían decir que habían tenido suerte porque las hordas tanto tiempo sometidas no habían caído sobre ellos y sus familias para pagarles con la misma moneda por lo que habían sufrido. En las senzalas reinaba un gran ajetreo, pues los negros recogían sus escasas pertenencias -ropa, colchones de paja, pucheros abollados, pipas, primitivos instrumentos musicales, algunas flores de seda, botones de plata u otros inútiles regalos que les habían dado sus amos- y se ponían en camino en busca de una vida nueva. Alguno incluso hizo antes una visita a la casa de sus señores para robar todo lo que le parecía que luego podría vender. Los senhores intentaron por todos los medios mantener la disciplina, pero a la vista del número de negros les resultó imposible. Ahora, cuando tenían la ley de su parte y eso les llevaba a la desobediencia, los negros se dieron cuenta de lo fácil que habría sido resistirse antes a los senhores… si hubieran actuado unidos.
En la mansión de Boavista cundió el pánico. Dona Alma atrancó todas las puertas por dentro y luego se encerró en su habitación muerta de miedo. Oyó cómo rompían las ventanas. Un par de jóvenes entraron enfurecidos en el salón, pero fueron ahuyentados por Luiza, que encontró en un puchero de aceite hirviendo un arma eficaz contra los intrusos. Delante de la casa José intentaba apartar con el látigo a dos hombres que pretendían robarle el coche de caballos, pero sus valientes esfuerzos fracasaron. Los hombres abordaron el carruaje con gran griterío, pero unos metros más allá el coche se desmoronó bajo el peso de todos los que habían subido luego a él.
Eduardo da Silva estaba aquella tarde con su administrador en una zona apartada de sus campos valorando los daños que había producido una tormenta. No se enteró de la otra tempestad que a esas horas barría el valle. Sólo cuando poco antes del anochecer emprendieron el camino de regreso y un grupo de negros se acercó a ellos se enteraron de lo que había ocurrido. De pronto descubrió en medio del grupo a Miranda, cuyo limpio vestido destacaba entre los harapos de los demás.
– Sí, senhor Eduardo, ahora nos ha llegado el turno a nosotros.
– Pero Miranda, muchacha, ¿a dónde vas a ir? ¿Crees que esta gente -y señaló con evidente desprecio al resto del grupo- puede ofrecerte lo mismo que nosotros?
Un esclavo bastante alto se situó ante Miranda protegiéndola, miró a Eduardo con odio y le escupió en los pies.
– Eso y mucho más, senhor -dijo con tanto sarcasmo, que Eduardo sintió miedo. Al hombre se le notaban las ganas de matar en el rostro. Lo mejor sería alejarse de los negros cuanto antes.
– ¡Mucha suerte, muchacha! -gritó, y espoleó a su caballo.
Cuando Eduardo y su administrador llegaron a Boavista, sintieron un gran horror. La fazenda estaba en silencio, y aunque ya era casi de noche, no se veía ninguna luz en la casa.
– ¡Oh, cielos! -exclamó Eduardo.
El administrador también estaba horrorizado.
– Senhor Eduardo, si no tiene inconveniente, voy a ver qué pasa en mi casa.
Eduardo despachó a Fernando con un gesto impaciente. Nada le era más indiferente en aquel momento que la casa del administrador y sus habitantes. Eduardo desmontó del caballo, lo ató a uno de los postes de la escalera y subió lentamente los escalones, cansado y como si hubiera envejecido de pronto. Pisó un trozo de cristal que, al crujir, le asustó. No podía abrir la puerta principal.
– ¡Alma! -gritó por un agujero que había en la puerta-. ¡Alma! ¡Abre, soy yo!
Tras unos segundos que le parecieron una eternidad oyó pisadas en el recibidor.
– Sinhô Eduardo, qué alegría que haya llegado sano y salvo. Dona Alma no se encuentra bien. ¡Qué vergüenza, qué vergüenza…!
Luiza abrió la puerta, que estaba atrancada con una cómoda por dentro.
– Buena mujer, corre y trae una lámpara. La oscuridad no facilita las cosas.
Cuando Luiza regresó con una lámpara Eduardo vio que llevaba un revólver en la cintura de la falda. Eduardo no pudo evitar echarse a reír.
– ¡Ay, Luiza! ¿Habrías disparado realmente contra tu propia gente?
– ¿Mi gente? ¿Sucios negros del campo, desagradecidos gamberros y cerdos depravados? Ésa no es mi gente. Usted y dona Alma y sinhazinha Vita y nhonhô Pedro, ustedes son mi gente.
José llegó también al recibidor. Se echó a llorar cuando le contó a su amo la pérdida del coche de caballos. También les habían robado los demás caballos, y el holgazán de Bolo, al que había tratado como a un hijo, había sido uno de los cabecillas.
– Ese haragán inútil tiene mi precioso coche sobre su conciencia, aunque sin caballos tampoco nos serviría de mucho.
No pudo evitar unos sollozos dignos de compasión.
Eduardo escuchaba los lamentos del viejo cochero sin demasiado interés.
– ¿Dónde está dona Alma? -le interrumpió.
– Arriba, en su habitación.
Luiza subió la escalera delante de Eduardo con la lámpara, alumbrándole el camino. Cuando llegaron a la habitación de dona Alma, Eduardo le dijo que encendiera todas las lámparas de la casa, que retirara del comedor los cristales rotos y otras huellas del asalto y preparara la cena. Los daños no parecían ser muy grandes.
– No vamos a permitir que los acontecimientos del día nos quiten el apetito, ¿verdad?
Otros fazendeiros, en cambio, sí perdieron el apetito. Eufrasia y Arnaldo estaban contentos de haber salido con vida después de que los negros les atacaran. Sólo la pequeña Ingenia mamaba ansiosa del pecho de su madre, una imagen que dona Iolanda, a pesar de las circunstancias extraordinarias, encontró escandalosa. No había motivo para no guardar la compostura sólo porque la nodriza se hubiera marchado o un par de negros hubieran roto la nariz a su hijo, hubieran golpeado en un ojo a su marido, le hubieran roto el vestido a ella y hubieran arañado la cara a Eufrasia.
Rogério y su familia miraban agotados las ruinas de su casa, que había ardido por completo a pesar de las largas horas que habían pasado luchando contra el fuego. Un par de esclavos del campo había entrado en la cocina para abastecerse de víveres y, en un ataque de rabia, habían golpeado con fuerza el fogón, soltándolo de sus anclajes y provocando con ello el incendio.