El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Su voz la dejó helada: el sonido del tiempo que comenzaba de nuevo. Su cabello, ahora con una capa de escarcha muy tenue, le cubría las orejas. La camisa estaba tensa por encima del cinturón, en lugar de abombada. Por lo demás no había cambiado: un hermano Baldwin olvidado, ligeramente fofo, la cara un poco demasiado ancha para ser actor de cine y, por lo tanto, separado del resto del clan. Algo incomodaba a Karin, alguna pequeña diferencia. Tal vez solo fuese su manera de caminar. Se había vuelto un poco más lento, más abierto y apacible. Su acidez había sido neutralizada en parte. Mostraba menos labia, era menos agresivo, menos satisfecho de sí mismo. Cualquiera podía ser cualquier cosa, durante una hora.
La tomó del codo, como si fuese ciega y él le ayudara a cruzar la calle. Ella no lo apartó.
– ¿Por qué has tardado tanto?
El temblor en su voz la sorprendió.
– ¿Qué quieres decir?
– Has tardado en venir a verme.
– No he venido a verte, Robert. Estaba paseando por el centro. Eres tú quien me ha encontrado.
Él sonrió, lleno de simpatía por su mentira transparente.
– Me llamaste la primavera pasada.
– ¿Yo? No lo creo.
Entonces recordó la maldición del identificador de llamadas.
– Bueno, era el número de tu hermano, pero aún estaba en el hospital. -Su sonrisa era más burlona que sádica-. En fin, supuse que eras tú.
Ella cerró los ojos.
– Se puso tu hija. ¿Ashley? Me di cuenta nada más oírla… Lo siento. Un error estúpido.
Recordó las palabras de su madre la víspera de su muerte: «Ni siquiera los ratones caen dos veces en la misma trampa».
– Bueno -dijo él-. He visto crímenes peores contra la humanidad.
Se sacó una pequeña agenda negra del bolsillo de la chaqueta y pasó las páginas hasta llegar a la primavera. Le mostró la nota, en su caligrafía gélida y pulcra: «Ha telefoneado Conejita». El apodo cariñoso que le daba su hermano cuando eran pequeños. La palabra que nunca debería haber revelado a Karsh. El apodo con el que no había creído que nadie volviera a llamarla jamás.
– Ojalá no hubieras colgado. Podría haberte sido de ayuda.
No era un sentimiento que el Robert Karsh de antes hubiera sido capaz de fingir. Su encuentro podría haber finalizado así, sin que ella volviera a verle de nuevo y, de todos modos, sintiéndose justificada, mil veces mejor consigo misma de lo que él le había hecho sentir al final de su relación.
– Ahora estás siendo de ayuda -comentó.
Robert enfocó de nuevo la conversación en torno a Mark. Los síntomas le fascinaban, el pronóstico le deprimía y la reacción de los médicos le indignaba.
– Cuando vuelva ese médico escritor, házmelo saber. Me gustaría someterle a algunas pruebas.
Karin no le habló a Karsh de Barbara. No quería que se conocieran, ni siquiera en la imaginación.
– Háblame de ti -le pidió-. ¿Qué has estado haciendo?
Él abarcó con un gesto de la mano los edificios circundantes.
– ¡Todo esto! ¿Cuándo viniste por última vez? La ciudad debe de parecerte muy cambiada.
La ciudad parecía Brigadoon. La tierra de la que el tiempo se olvidó. Karin soltó una risita ahogada.
– Creía que nada había cambiado desde los tiempos Roosevelt. Teddy.
Él hizo una mueca, como si le hubiera dado un rodillazo.
– Estás de broma, ¿verdad? -Miró a su alrededor, a tres puntos cardinales, como si él mismo pudiera estar sufriendo alucinaciones-. La ciudad de Nebraska que ha crecido con más rapidez, aparte de la capital. ¡Tal vez de todas las Llanuras orientales!
Ella sofocó la risa con pequeños hipidos.
– Lo siento, de veras… He reparado en algunas cosas nuevas… Sobre todo cerca de la autopista interestatal.
– No puedo creerte. Este lugar está viviendo un renacimiento. Por todas partes hay mejoras.
– Se está acercando a la perfección, Bob.
Pronunció sin querer el diminutivo que se había jurado no utilizar de nuevo jamás.
El pareció dispuesto a emprender un ataque frontal, como en los viejos tiempos, pero se pasó los nudillos por el pelo, un poco avergonzado.
– ¿Sabes, Conejita? Tenías razón respecto a mí. Hemos construido un montón de mierda. Nada de calidad inferior, pero de todos modos… Muchas galerías comerciales y complejos de apartamentos de hormigón ligero, por los que te tendré que pagar cuando llegue el día del Juicio. Por suerte, el próximo vendaval se llevará todo eso. -Tarareó una aguda versión de la música del tornado de El mago de Oz, y ella se echó a reír sin querer-. Pero ahora hemos cambiado. Tenemos dos nuevos socios y somos mucho más ambiciosos.
– La ambición nunca ha sido un problema para ti, Robert.
– No, me refiero a la buena ambición. ¡Estuvimos involucrados en el proyecto de la Arcada!
A ella le entraron nuevos hipidos. Pero el entusiasmo de niño explorador de Robert la asombraba. Era inconcebible que alguna vez hubiera temido a aquel hombre. Simplemente se había equivocado con él, nunca había comprendido lo que buscaba realmente.
– Tardé algún tiempo en comprenderlo, pero es preciso reconocer que la buena conciencia vende. Solo tienes que enseñar a la gente a reconocer qué es lo que más le conviene. Logramos encargarnos de la planta recicladora de papel. ¿La has visto? Yo la llamo Mea Pulpa…
Ella le preguntó por los nuevos proyectos. En cuanto hubo plena confianza entre ambos, le sondeó. ¿Algo grande y nuevo cerca de Farview? La franqueza era lo mejor con Robert. Él no trató de ocultar nada; nunca lo había hecho. Se quedó pensativo ante la pregunta, su sorpresa amenazando con convertirse en deseo.
– ¿Dónde diablos has oído hablar de eso? ¡Te estás refiriendo a una operación comercial de alto secreto!
– Esta es una ciudad pequeña.
¿Por qué se había pasado su vida adulta tratando de abandonarla? ¿Por qué nunca lo había conseguido?
Él quería averiguar cuánto sabía, pero se negó a interrogarla. Se limitó a mirarla, con una mirada tan íntima como un brazo alrededor de su cintura.
– Espera un momento. ¿No habrás hablado de nuevo con el Druida? ¿Cómo anda estos días el mundo del sagrado ecoterrorismo?
– No seas malicioso, Bob.
Él sonrió.
– Tienes razón. En cualquier caso, ahora él y yo estamos prácticamente en el mismo negocio. Construyendo un futuro mejor. Cada uno según sus capacidades.
Ella le miró, indignada y, al mismo tiempo, encantada. Las cuatro manzanas del centro que ella podía ver habían revivido de alguna manera. Tal vez Kearney estaba resucitando de veras, volvía a sus días gloriosos de un siglo atrás, cuando los optimistas ciudadanos de la Edad Dorada hacían presión para trasladar la capital desde Washington a su milagrosa ciudad en el centro de la nación. Aquella burbuja estalló con tal violencia que Kearney tardó un siglo en recuperarse. Pero al oír a Karsh hablando de banda ancha, red de acceso, satélites de comunicaciones y radio digital, se diría que la geografía había muerto y la imaginación era una vez más el único límite al crecimiento.
Llevaban media hora juntos, y ella ya pensaba como él. Señaló un banco renovado al otro lado de la calle, con amplios movimientos del brazo, como la ayudante de un mago o una actriz que vendiera electrodomésticos en la teletienda.
– ¿Eres el responsable de ese edificio?
– Tal vez. -Se restregó la ancha cara de Baldwin, divertido por su propio fervor-. Pero esta nueva… construcción es algo diferente. Esta es una cosa buena, Karin.