El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Él le puso una mano en el hombro para calmarla. No le dijo: «Lo sé». Solo asintió.
Algo parecido a la excitación impulsaba a Karin.
– No cerrarán el piso hasta dentro de diez días. Puedo alojarme allí. Será muy sencillo… solo lo imprescindible. Puedo usar el dinero de la venta para alquilar un apartamento. Puedo volver al trabajo y empezar a reembolsarte todo lo que has pagado, todos estos…
Él la hizo callar. Dirigió una rápida mirada por encima del hombro a la hilera de ventanales, a través de los cuales los vecinos miraban aquella pieza de teatro callejero en la noche de septiembre. Ahora, encima de todo lo demás, ella hacía una escena y le avergonzaba. Se levantó bruscamente y cogió una de las maletas para arrastrarla hasta el coche. La repentina rapidez le hizo perder el equilibrio y cayó sobre él. Daniel la afianzó sujetándola por los hombros. Se inclinó para coger la maleta.
– Déjame que te ayude.
Su estúpida y burda compasión hizo que Karin perdiera los estribos. Se apartó de él, se llevó ambos puños a la mandíbula y empezó a respirar rápida y profundamente. Él se le acercó, para darle todo el consuelo que pudiera, y ella lo rechazó con ambas manos.
– Déjame en paz. No me toques. Estas lágrimas no son reales. ¿No te das cuenta todavía? No soy ella. Soy solo una simulación. Algo que has creado en tu cabeza.
No podía comprender sus propias palabras, húmedas y correosas. Un temor vívido cruzó por su mente: estaba sufriendo aquello sobre lo que ella y Mark tanto especulaban en el terror de la infancia: una crisis nerviosa.
Pero su furia cesó con la misma rapidez, y Karin permaneció en el bordillo, tranquilizada. De algún modo debía de haberlo sabido desde el principio: actuar como lo acababa de hacer sería siempre lo único que estaría a su alcance, jamás podría ir más allá. Si se marchaba, le daría la razón a Daniel. La despojaría de cualquier explicación que pudiera dar de sí misma. La embargó una gran curiosidad, una impaciencia por saber aquello en lo que aún podría convertirse si se quedaba allí. Quién podría llegar a ser todavía si ya no podía ser la otra. Se sentó en la maleta volcada, y Daniel lo hizo en el césped, a su lado, ahora indiferente a lo que cualquier otra persona viera o pensara de ellos.
– No puedo marcharme todavía -le anunció-. Me había olvidado. La nota del doctor Weber. Volverá la próxima semana.
– Sí -respondió Daniel-. Es cierto.
No hizo ni siquiera amago de alentarla a seguir. E incluso eso, de una manera que ella no podía nombrar, era un pequeño alivio. Se sentaron juntos en la maleta llena de ropa hasta que los primeros goterones de una escasa lluvia otoñal empezaron a caer a su alrededor. Entonces él la ayudó a entrar el equipaje en la casa.
Al día siguiente, Karin vio a Karsh. Este caminaba por Central, delante de su oficina, un trecho que ella había evitado durante meses. La mañana era espléndida, uno de esos días de otoño cristalinos, secos, azules, en que la temperatura ronda casi a la perfección las previsiones. Karin sabía que acabaría yendo allí, lo sabía desde que Daniel pronunció aquellas palabras durante su desastrosa cena. Casi como si la provocara a atreverse, sacando a la luz el asunto sin terminar. Nuevo consorcio de promotores. «Trapicheros locales.» ¿No sabrás por casualidad si…? Pues no, ella no sabía. No sabía absolutamente nada de nadie.
Pero había ciertas cosas que podía descubrir acerca de sí misma. Deambuló por las calles de delante del edificio de Platteland, fingiendo mirar aquellos pocos escaparates de tiendas (suministros médicos, Ejército de Salvación, libros usados) que aún no habían desaparecido desde la llegada del Wal-Mart. Él saldría a almorzar a las doce menos diez y se dirigiría al café Home Style. Cuatro años no habrían cambiado nada. Robert Karsh era el hábito personificado. «Una mente de primera clase sabe lo que quiere.» Todo lo demás era caos.
Salió de la oficina con dos colegas. Vestía una impecable chaqueta gris, corbata de color burdeos y pantalones negros Brooks: un hombre de negocios con sobrecompensación psicológica, que fingía que Kearney sería la próxima Denver. Karin se volvió para inspeccionar el escaparate de un cerrajero, un carrusel de llaves sin tallar. Él la vio a dos manzanas de distancia. Ella se llevó una mano al cabello, y la dejó caer al instante. Él hizo a sus acompañantes un vago saludo con la mano de «nos vemos luego». Entonces estuvo ante ella, sin tocarla, pero absorbiéndola con la mirada, consumiéndola de nuevo. Un turista de los tiempos en que viajar era todavía duro.
– Tú -le dijo, con la voz un poco más profunda-. Eres tú. No puedo creer que seas tú.
Por primera vez en meses, ella se reconoció a sí misma. Los seis últimos meses le quitaron la presa de su garganta. Sus hombros cayeron. Alzó la cabeza.
– Créelo -le dijo, su voz como la de la misma recepcionista de Dios.
Él crispó el rostro mientras movía las manos.
– ¿Qué te has hecho? -El corte de pelo: la única variación destinada a hacer creer a Mark que era ella-. Diablos, estás asombrosa. Como si hubieras vuelto a la etapa virginal, como si volvieras a estar en la universidad.
Ella frunció el ceño, procurando no reírse.
– Querrás decir el instituto.
– Claro, lo que he dicho. ¿Has perdido peso?
Cierta vez la había llamado anoréxica fracasada.
Ella casi adoptaba una pose, saboreando la venganza.
– ¿Cómo están tus hijos? -Casi podía actuar así. Capaz, pragmática-. ¿Y tu mujer?
Él sonrió y se pasó los dedos por el cabello.
– ¡Bien, bien! Bueno… es una larga historia.
Su corazón, ese estúpido vestigio, daba vueltas como una paloma en una caja de Skinner. * Cierta vez le había comprado a aquel hombre un libro titulado Cómo fugarse, incluso mientras buscaba vestidos de boda. Por lo menos se había limitado a los colores albaricoque y melocotón.
Él seguía mirándola, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
– ¿Cómo… está tu hermano?
– ¿Mark? -respondió ella.
Esperaba de él que se disculpara. No en vano llevaba mucho tiempo viviendo con Daniel.
– Sí. Leí acerca de él en el Hub. Una pesadilla.
Con una notable economía de palabras, se dirigieron al banco ante el monumento conmemorativo de la guerra. Karsh se sentó a su lado, en plena luz del día, en el centro de la ciudad. Prescindía por completo de la cautela. Le preguntó una y otra vez si quería algo, un bocadillo, tal vez algo más elaborado. Ella respondió a todo con gestos negativos. «Come tú», le dijo. Habría de transcurrir algún tiempo antes de que ella pudiera comer de nuevo. Rechazó la idea de alimentarse, insistiendo en que aquello era más importante que la nutrición. Él le pidió detalles de Mark y se mantuvo callado durante un rato sorprendentemente largo, en comparación con lo que habría hecho el Robert Karsh de cuatro años atrás. Sacudía la cabeza y decía cosas como La dimensión desconocida o La invasión de los ultracuerpos. Burdo, de poco tacto, trivial, pero unas palabras que procuraban a Karin una sensación de hogar.
Ella se lo contó todo con la facilidad con que respiraba, haciendo que su crisis nerviosa pareciera casi cómica.
– Solo he vivido para él en los últimos seis meses, pero él ha llegado a la conclusión de que nunca volveré a ser yo misma. ¿Y después de medio año…? Tiene razón.
– Vamos, mujer, sigues siendo tú misma, permíteme que te lo diga. Unas pocas arrugas nuevas, tal vez.
El lema de Robert: «El gilipollas de la verdad». Cuanto más brutalmente sincero, tanto mejor. Decuplicaba el conocimiento de sí mismo que tenía Daniel. Casi siempre le había encantado admitirlo ante todas las mujeres a las que codiciaba. «Soy un hombre, Conejita. Estamos programados para mirar. Todo aquello que merece la pena mirar.» La verdad brutal era el motivo de que ahora estuviera sentada junto a él, en el centro de la ciudad, ante el monumento conmemorativo de la guerra, a la vista de todo el mundo.
* Instrumento para el estudio del condicionamiento operante, con una palanca que el animal puede apretar y un dispositivo para suministrar (alimento) cuando lo haga. (N. del T.)