Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Y lo milagroso de Gina era que aceptaba que la forma en que él se había comportado apenas unos momentos antes no tenía importancia. Ella era el ahora personificado. El pasado era el pasado.
Gina deslizó una mano por su pecho y el brazo alrededor de su cuello. Le atrajo hacia ella mientras la otra mano se deslizaba cada vez más abajo para endurecerle.
– Deja que te ayude a relajarte -repitió, esta vez más cerca y contra su boca-. Déjame, cariño.
Él gimió indefenso y entonces hizo su elección. Recorrió el mínimo espacio que quedaba entre ellos.
Capítulo 17
– Se llama Yukio Matsumoto -le dijo Ardery a Lynley cuando él entró en su despacho-. Su hermano vio el retrato robot y nos llamó.
Revisó unos papeles que tenía encima del escritorio.
– ¿Hiro Matsumoto? -preguntó Lynley.
Ella alzó la vista.
– Es el hermano. ¿Le conoce?
– Sé algunas cosas acerca de él. Es un violonchelista.
– ¿En una orquesta de Londres?
– No. Es solista.
– ¿Famoso?
– Si se es aficionado a la música clásica.
– Algo que usted hace, ¿verdad?
Sus palabras sonaron un poco irritadas, como si él hubiese tratado de demostrar un conocimiento que ella consideraba a la vez misterioso y ofensivo. También parecía estar con los nervios de punta. Lynley se preguntó si ese estado de ánimo tendría alguna relación con lo que pudiera estar pensando acerca de la reunión que él había mantenido con Hillier. Quería decirle que no tenía nada que temer en ese sentido. Aunque Hillier y él habían alcanzado un punto de acercamiento personal después de la muerte de Helen, sabía que eso no duraría y que muy pronto volverían a su relación anterior, que era estar a matar.
– Le he oído tocar -dijo él-. Si, efectivamente, es el Hiro Matsumoto que la llamó por teléfono.
– No creo que haya dos tipos con ese nombre y, de todos modos, no vendrá aquí. Dijo que hablaría con nosotros en el despacho de su abogado. Hubo cierto tira y afloja en cuanto a eso, y finalmente quedamos en encontrarnos en el bar del hotel Milestone. No está lejos del Albert Hall. ¿Lo conoce?
– No puede ser difícil de encontrar -dijo él-. Pero ¿por qué no reunirse en el despacho de su abogado?
– No me gusta la imagen humilde de la gorra en la mano. -Echó un vistazo a su reloj-. Diez minutos -dijo-. Me reuniré con usted en el coche.
Le entregó las llaves.
Cuando se reunió con él ya habían pasado quince minutos. En el espacio limitado del coche, ella olía a menta.
– Muy bien -dijo Ardery mientras el coche ascendía la rampa-. Cuénteme, Thomas.
Él la miró.
– ¿Qué?
– No sea modesto. ¿Le ordenó Hillier que me vigilase y luego le informara?
Lynley sonrió para sí.
– No con tantas palabras.
– Pero era acerca de mí, verdad, esa reunión con sir David.
Al llegar a la calle, él frenó y la miró.
– ¿Sabe?, en algunas situaciones esa conclusión olería a narcisismo. La respuesta apropiada sería: «El mundo no gira a su alrededor, jefa».
– Isabelle -dijo ella.
– Jefa -repitió él.
– Oh, joder, Thomas. No tengo intención de dejar las cosas así. El tema de Isabelle, me refiero. En cuanto al otro asunto, ¿piensa contármelo o sólo tendré que suponerlo? Por cierto, quiero a gente leal trabajando conmigo. Tendrá que elegir un bando.
– ¿Y si no quiero hacerlo?
– A la calle. Volverá a ser agente de tráfico en un abrir y cerrar de ojos.
– Nunca he sido agente de tráfico, jefa.
– Isabelle. Y usted sabe jodidamente bien lo que quiero decir, detrás de esos impecables modales que exhibe.
Él enfiló por Broadway y consideró la ruta que debía tomar.
Decidió que irían por Birdcage Walk y, desde allí, continuarían hacia Kensington.
El hotel Milestone era uno de los muchos establecimientos de moda que habían surgido en Londres en los últimos años. Instalado en una de las distinguidas mansiones de ladrillo rojo que miraban hacia Kensington Gardens y el palacio, era un hotel de roble, tranquilo y discreto, un oasis en el bullicio de High Street Kensington, que discurría cerca de la puerta principal del edificio. También contaba con aire acondicionado y eso era una auténtica bendición.
El personal del hotel vestía uniformes caros y hablaba con las voces susurrantes de los asistentes a un servicio religioso. En el momento en que Lynley e Isabelle Ardery entraron en ese lugar, fueron recibidos por un amable conserje que les preguntó en qué podía ayudarlos.
Querían ir al bar, le dijo Ardery. Su tono era seco y oficial.
– ¿Dónde está? -preguntó.
El momento de vacilación del hombre fue algo que Lynley reconoció como un indicio de reprobación que no expresaría con palabras. Para el conserje, ella bien podía ser era una inspectora de hoteles o algo por el estilo que se disponía a escribir acerca del Milestone en una de las innumerables guías de Londres. Por lo que el interés de todos, cooperaría de la manera más neutra posible con apenas una minúscula demostración de lo que pensaba acerca de los modales de Ardery. El hombre dijo: «por supuesto, señora», y les acompañó personalmente al bar, que resultó poseer un ambiente íntimo ideal para mantener una conversación.
Antes de que les dejase solos, Isabelle le dijo que buscara al camarero y, cuando éste se presentó, pidió un vodka con tónica. Ante el rostro cuidadosamente inexpresivo de Lynley, ella dijo:
– ¿Piensa contarme lo que habló con sir David o no? -Era una pregunta que le sorprendió, ya que pensaba que Isabelle probablemente haría algún comentario acerca de la bebida.
– Hay poco que explicar. Está interesado en cubrir el puesto lo antes posible. Ha pasado demasiado tiempo sin que haya alguien con carácter permanente en el lugar de Webberly. Usted tiene una buena posibilidad para hacerse con el puesto…
– Siempre que no me meta en problemas, use medias en la oficina, no ofenda a nadie y no me desvíe del camino -contestó ella-. Y supongo que eso incluye también no beber vodka con tónica en horas de servicio, no importa cuál sea la temperatura del día.
– Iba a decir «hasta donde yo sé» -dijo Lynley. Pidió un agua mineral para él.
Ella entrecerró los ojos y frunció el ceño ante la botella de Pellegrino cuando el camarero la dejó en la mesa.
– Usted no aprueba lo que hago, ¿verdad? -dijo-. ¿Se lo dirá a sir David?
– ¿Qué yo no apruebo lo que hace? De hecho, no es así.
– ¿Ni siquiera que beba ocasionalmente un trago estando de servicio? No soy una borracha, Thomas.
– Jefa, no tiene por qué darme explicaciones. Y, en cuanto al resto, no estoy ansioso por convertirme en el soplón de Hillier. Él lo sabe.
– Pero su opinión cuenta para él.
– No me imagino por qué. Si cuenta ahora, sería una novedad.
El sonido de una distendida conversación llegó hasta ellos y, un momento después, dos personas entraron en el bar. Lynley reconoció al violonchelista al instante. Su acompañante era una atractiva mujer asiática que llevaba un vestido elegante y tacones de aguja que resonaban como chasquidos de látigo contra el suelo.
Ella miró a Lynley, pero habló dirigiéndose a Ardery.
– ¿Superintendente? -dijo. Ante el gesto de asentimiento de Ardery, ella se presentó como Zaynab Bourne-. Y él es el señor Matsumoto -añadió.
Hiro Matsumoto se inclinó en una ligera reverencia, aunque también extendió la mano. La estrechó con firmeza y musitó un saludo convencional. Tenía un rostro muy agradable, pensó Lynley. Detrás de las gafas de montura metálica, sus ojos parecían bondadosos. Para tratarse de una celebridad internacional en el mundo de la música clásica, parecía excesivamente humilde. Pidió con suma educación una taza de té. Té verde si tenían, dijo. Si no, té negro estaría bien. Hablaba sin un acento claro. Lynley recordó entonces que había nacido en Kioto, pero había estudiado y tocado en el extranjero durante muchos años.