Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » Tiempos de gloria [Glory Season - es]
Tiempos de gloria [Glory Season - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
1 ... 87 88 89 90 91 92 93 94 95 ... 180
Перейти на страницу:

Fue sólo un juego, intentó convencerse a la mañana siguiente, mientras barría. Al menos, eso es lo que las mujeres piensan, y ellas son las que cuentan.

Sin embargo, el desagradable recuerdo de la humillación permaneció mientras la escarcha de gloria se evaporaba bajo el sol. Los pequeños parches que ella y la otra joven var habían pasado por alto pronto se sublimaron. Con visible reluctancia, el capitán Poulandres se acercó a la barandilla y tocó una campana.

De inmediato, la cubierta se llenó de mujeres, tanto pasajeras como tripulantes, que inhalaban los últimos aromas y miraban alrededor con energía en los ojos. Maia vio que una var de ancha constitución se colocaba detrás de un marinero de mediana edad y lo pellizcaba, haciendo que el hombre diera un salto y profiriese un alarido. La víctima se dio la vuelta, con expresión enfadada. Respondió un instante después con una risotada, agitó un dedo en señal de advertencia, y se retiró rápidamente al mástil más cercano. Un número inusitado de marineros parecía tener cosas que hacer allá en lo alto aquella mañana.

No era una reacción universal. El pinche de cocina parecía complacido por las atenciones de las mujeres reunidas alrededor de la olla de gachas. ¿Y por qué no? Las mujeres excitadas rara vez eran peligrosas, y era dudoso que aquel pobre tipo recibiera mucha atención durante el verano. Sin duda atesoraría el recuerdo de aquel breve flirteo durante los solitarios meses confinado en un santuario.

Dos vars cercanas, una rubia baja y una delgada pelirroja, se reían y señalaban. Maia se volvió para ver qué les llamaba tanto la atención.

Renna, pensó con un suspiro. El Visitante se había acercado a un último cubo medio lleno que no había terminado de tirar por la borda. Se inclinó para coger un puñado de escarcha de gloria, y se la llevó a la nariz para olisquearla con delicadeza y curiosidad. Renna pareció perplejo durante un momento, y luego echó la cabeza hacia atrás y sus ojos se ensancharon. Con cuidado, se sacudió las manos y se las metió en los bolsillos.

Las dos rads se rieron. A Maia no le gustó la forma en que lo miraban.

—Supongo que si una está lo bastante desesperada… —le comentó una a la otra.

—Oh, no sé —fue la respuesta—. Me parece bastante exótico. Tal vez, cuando lleguemos a Ursulaborg…

—¡Tienes esperanzas! El Comité ya ha seleccionado a aquellas que tendrán la primera oportunidad. Esperarás tu turno, y masticarás un kilo de ovop si tienes suerte.

—Puaf. —La segunda hizo una mueca. Sin embargo, el brillo de sus ojos no desapareció mientras observaba al hombre del espacio acercarse al alcázar.

Los pensamientos de Maia se desbocaron. Al parecer, las rads planeaban mantener a Renna ocupado mientras lo protegían y negociaban con el Consejo Reinante. Su primera reacción fue de furia. ¿Cómo se atrevían a suponer que él accedería, así de sencillo?

Entonces reprimió su ira inicial y trató de verlo con calma. Supongo que está en deuda con ellas, admitió a regañadientes. Sería un desagradecimiento negar a sus rescatadoras al menos un esfuerzo, incluso en mitad del invierno. La organización radical sin duda había prometido recompensas a las miembros de la patrulla de rescate si tenían éxito; tal vez una impregnación de invierno, con un apartamento y una beca para que su primera hija clónica pudiera ir a la escuela primaria. Las líderes, Kiel y Thalla, serán las primeras, se dijo Maia. Dada su educación y sus talentos, Kiel estaría entonces en buena posición para convertirse en madre fundadora de un clan en alza.

De modo que la política es parte de ello, pensó Maia, considerando los motivos de sus ex compañeras de casa. No es asunto de mi incumbencia, se dijo, sabiendo lo muchísimo que le importaba a pesar de todo. La primera rad miró a Maia, que las escuchaba de cerca.

—Naturalmente, hay un elemento de elección por su parte, también —dijo—. Igualdad de derechos, ya sabes. Y no se pueden saber los gustos alienígenas…

La var se volvió hacia Maia, y le hizo un guiño.

Maia se ruborizó y se marchó. Apoyada en la banda de estribor, contempló las olas coronadas de espuma, incapaz de detener sus pensamientos. La chismosa había dado voz a una pregunta que la propia Maia no había admitido: ¿Qué le gustará a Renna en las mujeres? Sacudiendo vigorosamente la cabeza, hizo un decidido esfuerzo por pensar en otra cosa. Preocuparse por asuntos como éstos era, en el mejor de los casos, poco práctico, y ella había jurado ser una persona práctica.

Piensa. Pronto se llevarán lejos a Renna y estarás sola en una gran ciudad. Cuando se haya marchado, tendrás que vivir con lo que sabes.

¿Con qué activos cuentas? ¿Qué habilidades puedes vender? Intentó concentrarse, plantearse una lista de recursos, pero se encontró frente a una desconcertante pantalla en blanco.

La pantalla no era neutral. Nacida en un tenso momento de furia, se extendía hacia fuera desde sus oscuros pensamientos y parecía teñir su visión de cuanto la rodeaba, saturando el paisaje marino, envolviéndolo como un lienzo pintado con una paleta salvaje de tonos primitivos y brutales. Sentía el aire cargado, como antes de una tormenta, y una sensación de expectación hacía redoblar su corazón.

Maia intentó cerrar los ojos para escapar a aquella inquietante sensación, pero las impresiones la siguieron. Apretar con fuerza los ojos sólo le causó más sensaciones aplastantes familiares. Un grupo de manchas claras y oscuras fluctuó y giró, cambiando demasiado rápido para que pudiera seguirlas. Había conocido el fenómeno toda su vida, pero ahora la asustaba y a la vez la fascinaba. Combinándose en formas solapadas, las manchas parecían ofrecer un extraño significado, apartándose de su visión centrada hacia algo al mismo tiempo hermoso y terrible.

El aliento escapó de sus pulmones con un suspiro. Maia encontró la voluntad necesaria para frotarse los ojos y volver a abrirlos. Manchas púrpuras latieron concéntricas antes de difuminarse, junto con aquella extraña sensación de forma informe. Sin embargo, durante unos instantes Maia experimentó una vaga pero persistente seguridad. Al mirar hacia fuera ya no veía, pero siguió imaginando un panorama de pautas siempre cambiantes, extendiéndose en infinita sucesión por el cielo moteado de nubes. Momentáneamente, las nubes parecieron hechas de formas efímeras y emblemáticas que cambiaban rápidamente, solapándose y mezclándose para tejer la ilusión de solidez que había aprendido a llamar «realidad».

El alivio se mezcló con el asombro cuando aquel momento pasó. Sólo podía haber durado instantes. La atmósfera recobró su carácter de aire denso y húmedo. La baranda de madera parecía firme bajo sus manos.

Ahora me estoy volviendo loca, pensó Maia irónicamente. Como si no tuviera ya suficientes problemas.

Llamaron para el desayuno. Tentativamente, como si la cubierta pudiera moverse bajo sus pies, Maia se puso en la cola. Vio cómo el cocinero servía dos porciones, una para Renna y otra doble para ella, según las órdenes del médico del barco. Se volvió, buscando al Visitante, y lo encontró enfrascado en una conversación con el capitán, aparentemente ajeno al ridículo que había hecho la noche anterior. Ella se acercó desde detrás, y llamó su atención lo suficiente para asegurarse de que veía su plato sobre la mesa de mapas, cerca de su codo. Renna sonrió, e hizo ademán de querer hablar con ella, pero Maia fingió no darse cuenta y continuó caminando. Llevó su cuenco de calientes gachas a proa, hasta el mismo bauprés, donde los rítmicos movimientos del barco al subir y bajar encontraban chorros de salada espuma. Eso hacía que el lugar fuese incómodo para estar de pie, pero ideal para hallarse a solas, acurrucada bajo el refugio protector de la cubierta de proa.

1 ... 87 88 89 90 91 92 93 94 95 ... 180
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)