La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
– ¡Totalmente!
– ¿Y Frau Rehmann? ¡No fue capaz de decir nada concreto sobre el propósito de su visita!
– Nada más, fuera de lo que ya te he contado.
– ¿Y ella se creyó el cuento? ¿Que era psiquiatra?¿Que era miembro de no sé qué comisión?
– ¡Sí, así es! No le dio motivos para desconfiar.
Tras unos instantes de reflexión, Stich volvió a sacar sus gafas y examinó la carta una vez más. Eran las cinco y cuarto. Hacía un cuarto de hora que tenía que haber aparecido Lankau. Entonces volvió a quitarse las gafas.
– Lankau no vendrá -constató.
Kröner se frotó la frente e intentó sondear la fría mirada de Stich. De pronto notó un escalofrío en el pecho. El abrazo del niño y su mirada cándida y abierta volvieron a llevar sus pensamientos por otros derroteros,
– ¿No creerás que le ha pasado algo? -dijo y volvió a frotarse la frente.
– ¡Creo lo que haga falta creer! Arno von der Leyen no ha aparecido repentinamente en el sanatorio por casualidad. ¡Y no es normal que Lankau se retrase de esta manera!
La piel le pareció rugosa cuando se frotó la frente por tercera vez.
– ¿A lo mejor se está deshaciendo del cadáver por su cuenta?
Kröner dirigió la mirada hacia el teleférico.
– ¡Siempre es tan malditamente terco!
Aunque, con el paso de los años, Kröner se había suavizado y la gente que lo rodeaba se había vuelto más benévola con él, la ingenuidad no era uno de sus pecados capitales. La manera en que se habían ido sucediendo los acontecimientos aquel día y, sobre todo, la tardanza de Lankau eran razones suficientes para inquietarse. Durante años, la fraternidad de los simuladores se había preparado para que pudiera surgir alguien que amenazara su posición. Por esa misma razón, en algunos momentos de su vida, Horst Lankau había jugado con la idea de realizar su empresa y emigrar. A Argentina, Paraguay, Brasil, Mozambique, Indonesia; eran tentadoras las historias de países más calurosos y ambientes cerrados y seguros. Sin embargo, su familia se había opuesto: desconocían sus motivaciones.
En cuanto a Stich y a Kröner, siempre habían antepuesto la comodidad a todo lo demás. Ahora las cosas habían cambiado; Kröner ya no estaba dispuesto a correr ningún riesgo en aras de la comodidad. En los últimos años, en los que había fundado una familia nueva y había aprendido a hacerles sitio a los sentimientos, habían ido cobrando peso otras y más trascendentales consideraciones. Se había hecho mayor, un trasplante no era deseable, aunque posible. En cambio, su mujer era joven y podría adaptarse a cualquier rincón del mundo. Un mundo nuevo de acuerdos mutuos y los sueños menudos y cercanos de un niño lo habían clavado al lugar sin provocar ningún tipo de aversión.
Kröner también echó un vistazo a su reloj.
– ¡Petra! -dijo.
– ¡Petra, claro!
El viejo asintió con la cabeza.
– No cabe otra posibilidad.
Carraspeó una vez más, se secó la comisura de los labios y prosiguió:
– ¿Quién sabe? A lo mejor ha estado esperando todos estos años a que surgiera la ocasión adecuada. ¡Y, por lo visto, le ha llegado ahora!
– ¡Debe de habérselo contado todo!
– ¡Es posible, sí!
– ¡Eso quiere decir que Lankau ya no está vivo!
– ¡Probablemente, no!
El jefe de sala se apresuró a acercarse a la mesa en cuanto Peter Stich lo llamó.
– ¡Nos vamos! -dijo.
Las huellas en el suelo de la columnata evidenciaban que había tenido lugar una pelea. En cuanto Stich y Kröner se hubieron asegurado de que no habían pasado por alto ningún rastro de sangre u otra señal que pudiera dar una pista del desenlace de la contienda, se dirigieron rápidamente hacia el piso de Peter Stich en Luisenstrasse, donde, unas horas antes, habían dejado a Gerhart Peuckert al cuidado maternal de Andrea.
Aparte de Petra, Andrea era la única persona capaz de arrancarle una sonrisa a Gerhart. Sólo ocurría muy de vez en cuando y solía ser una sonrisa torpe, pero ocurría. Y Andrea pagaba por la confianza que él le brindaba. Cada vez que habían instalado a Gerhart Peuckert en el piso de Stich, Andrea se había desvivido por él. Kröner alzó la vista hacia los edificios que aparecieron al doblar la esquina. Jamás había comprendido por qué Andrea se mostraba tan generosa; normalmente no era así.
A lo largo de todos los años, durante los que el marido de Andrea y sus amigos habían pagado por la estancia de Gerhart Peuckert en el sanatorio, Kröner siempre supo que ella había considerado a Gerhart un ser indigno. La sociedad debía desembarazarse de los parias, ésa había sido siempre su opinión. Lo había visto puesto en práctica en los campos de concentración y le había gustado. El exterminio decidido significaba menos gastos y menos trabajo. Tan sólo el extraño afecto que su esposo y los amigos de éste mostraban para con el demente la hacía mostrarse falsamente solícita.
Andrea era buena fingiendo.
En general, había muchas razones por las que Kröner se oponía a que su esposa la tratara.
Andrea percibió su nerviosismo antes de que hubieran entrado al corredor. Kröner la vio desaparecer como una sombra por el estrecho pasillo. Antes de devolverles el saludo, había agarrado a Gerhart Peuckert por el brazo y se lo había llevado al comedor. Allí solía dejarlo a menudo a oscuras.
Esta vez, Andrea encendió una de las lámparas de la pared.
– ¿Qué ha pasado? -dijo, a la vez que señalaba una botella de vino de Oporto que había en el aparador.
Stich sacudió la cabeza.
– ¡Nada que podamos remediar, me temo!
– ¿Dónde está Lankau?
– No lo sabemos. ¡Ése es el problema!
Andrea Stich se secó las manos en una toalla y, sin decir nada, fue a por el listín de teléfonos de su marido que estaba sobre la carpeta, en su estudio. Peter Stich lo cogió sin darle las gracias.
Ni la llamada a la casa de Lankau ni a su segunda residencia surtieron efecto. Kröner se mordió la cavidad bucal. Frunció el ceño e intentó rememorar su casa y sus alrededores al despedirse de su esposa y de su hijo. No había notado nada fuera de lo normal. De pronto un escalofrío le recorrió el cuerpo y sus hombros empezaron a temblar. Había que reprimir los malos presentimientos. Ahora se trataba de Lankau. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.
– Veamos -dijo Stich colocándose detrás de Kröner, desde donde disfrutaba de una amplia vista de los aparcamientos y de la calle en la que todavía se respiraba vida a la luz tardía y pálida del atardecer.
– En el caso de que Von der Leyen haya acabado con Lankau, cabe suponer que muy pronto pasará algo. Por lo visto, Gerhat Peuckert es importante para Amo von der Leyen. Pero ¿por qué lo es? ¿Puedes decírmelo tú, Wilfried? ¿Por qué ese diablo no escatima ningún medio para ponerse en contacto con nuestro amigo mudo?
– ¡Creo que es todo lo contrario! Estoy convencido de que nosotros somos su objetivo. ¡Peuckert no es más que una herramienta para dar con nosotros!
– Ya, pero ¿qué sentido tiene eso, Wilfried? ¿Por qué iba a creer que nos encontraría a través de Peuckert? Lo único que, en lógica, nos une a Peuckert es haber pasado unos meses con él en una casa de locos. Y debo añadir que de eso hace cientos de años.
– No lo sé. ¡Pero estoy seguro de que lo que pretende Von der Leyen es chantajearnos!
– ¡En eso estoy de acuerdo! Llegados a este punto, lo hace para lucrarse, eso también lo creo yo. Bien es cierto que entonces fuimos muy duros con él, pero no creo que lo impulse la sed de venganza.
Stich se volvió, dejándose absorber por la gran superficie de cristal de la ventana.
– A ése lo deja frío la venganza, estoy convencido. La venganza sólo es para los seres irracionales. Von der Leyen no es irracional, si quieres saber mi opinión. ¡Sea quien sea ese tipo!