La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Cuando volvieron a encontrarse en Munich y durante el tiempo inmediatamente posterior al encuentro, los tres vivieron modestamente. La ciudad estaba invadida. Los aliados se habían apoderado con gran efectividad de todos los órganos centrales de control. Cada vez se hacía más complicado vivir en ella sin levantar sospechas y fue entonces cuando el Cartero les presentó una propuesta redentora y sorprendente: que se establecieran en Friburgo, la más bella de entre todas las bellas ciudades de Alemania.
De esta manera transcurrió un tiempo libre de preocupaciones, hasta que el Cartero se enteró de que, inmediatamente antes de la destrucción del lazareto de las SS, habían salido de allí varios transportes, cuyo destino era el Lazareto de Ensen bei Porz, cerca de Colonia. Este lazareto había tenido como misión examinar y descubrir en qué medida aquellas neurosis y psicosis provocadas podían tener un origen orgánico. La mayoría de los pacientes fueron encontrados no aptos como objetos de investigación y dados de alta inmediatamente tras un examen superficial, siendo luego destinados al servicio de campaña. Pero, por lo que pudo averiguar el Cartero, algunos de los antiguos inquilinos de la Casa del Alfabeto seguían allí.
Una vez allí, descubrieron que Gerhart Peuckert no se encontraba entre los pacientes que fueron trasladados y que ya había muerto.
Lankau se recostó en el asiento y miró a Amo von der Leyen. Su historia había tenido un final repentino. No había revelado la verdadera identidad del Cartero. Estaba satisfecho de sí mismo, dejando de lado que todavía seguía atado a la silla.
Amo von der Leyen sacudió la cabeza. Su tez había adquirido un tono gris.
– ¿Dices que Gerhart Peuckert murió?
– Sí, eso es lo que he dicho.
– ¿En qué hospital?
– En el lazareto de Ortoschwanden, ¡joder!
– ¿Es el que también llamas la Casa del Alfabeto? ¿Ése fue el lugar en el que estuvimos ingresados? ¿Murió durante el bombardeo?
– ¡Sí, sí, sí! -se mofó Lankau-. ¿Y qué más da?
– ¡Quiero oírtelo decir una vez, más! ¡Tengo que estar seguro!
Von der Leyen entrecerró los ojos. Era evidente que intentaba atrapar cualquier convulsión en el rostro de Lankau que pudiera revelar algo. Éste lo miró sin siquiera pestañear.
De pronto, el rostro de Von der Leyen se tornó frío.
– ¡Ha sido un relato muy interesante, Lankau! -dijo con voz apagada-. Sin duda, habéis tenido razones más que suficientes para proteger vuestra conspiración. ¡Debe de tratarse de mucho dinero!
– ¡Y que lo digas! -replicó Lankau, apartando la vista-. Pero si crees que nos puedes presionar, te equivocas. ¡No lo conseguirás, hagas lo que hagas!
– ¿Acaso me has oído poner condiciones? Lo único que te he exigido es saber qué le pasó a Gerhart Peuckert.
– ¡Eso ya te lo he contado! Murió entonces.
– ¿Sabes qué creo, Lankau?
– ¿Acaso piensas que puede interesarme lo que tú creas?
Lankau cerró los ojos e intentó concentrarse en el sonido que acababa de registrar: un crujido insignificante que se repitió en cuanto volvió a echarse hacia adelante. El golpe que Von der Leven le propinó en el pecho lo arrancó de inmediato de aquellos tanteos. El tono gris se había esfumado de su rostro. Volvió a empujarlo con la culata de la pistola. Lankau la miró y contuvo la respiración.
– Te pegaré un tiro ahora mismo, si no me cuentas cómo están las cosas realmente, y qué tiene que ver Petra Wagner en todo esto.
Von der Leyen volvió a golpearle con la pistola. La respiración de Lankau era entrecortada.
– ¡De acuerdo! ¡De todos modos, no creas que tengo tanto miedo a esa amenaza!
De pronto, el hombre corpulento sacudió el cuerpo hacia adelante, como si quisiera propinarle un cabezazo a su guardián.
– Pero ¿qué te imaginabas? ¿Que podrías sacarnos el dinero que hemos ido amasando a lo largo de los años? ¿No deberías haber previsto que no iba a ser tan fácil?
– Hasta hace diez minutos no sabía de qué iba todo. ¡Y desconocía por completo que hubiera dinero de por medio! ¡De hecho, aún no lo sé! Estoy aquí porque quiero saber qué fue de Gerhart Peuckert.
Lankau volvió a oír el crujido.
– ¡Anda ya, cállate de una maldita vez, gusano de mierda! -le espetó, mientras intentaba tomar nota de los movimientos de la silla-. ¿No pretenderás que te crea? Me parece que has olvidado que pasamos varios meses juntos en el mismo lazareto. ¿Acaso crees que he olvidado cómo te movías en la cama mientras prestabas oídos a lo que hablábamos? ¿Acaso crees que he olvidado cómo intentaste escapar con todo lo que sabías?
– En cualquier caso, olvidas que no entiendo el alemán. Jamás entendí nada de lo que decíais. Lo único que quería era salir de allí y perderos de vista.
– ¡Ya puedes irte a otro lado con ese cuento!
Lankau no creía ni una sola palabra de lo que le decía aquel tipo.
El hombre que tenía delante había jugado su juego durante décadas. Era astuto, peligroso y voraz. Las dudas que había albergado Stich acerca de la verdadera identidad de Von der Leyen le llegaron como el eco de un lejano pasado. Poderoso es el enemigo capaz de sembrar la duda en su adversario; superior es quien es capaz de hacerse invisible. Lankau jamás había dudado ni un solo momento. Para él, Von der Leyen era visible, ahora como entonces.
Bajó la comisura de los labios en una mueca y, por primera vez, echó un vistazo por su cuerpo. Había perdido la sensibilidad en las piernas embutidas en calcetines de deporte. Intentó tensarlas sin que por ello se intensificara el riego sanguíneo. Ya no le dolía nada. De un tirón que volvió a descubrir el crujido, abrió la boca y profirió una retahila de sonidos inarticulados. Por un momento, la figura que estaba sentada delante de él pareció sorprenderse.
– Y tampoco has entendido lo que acabo de decir, ¿verdad, Herr Von der Leyen?
Se rió brevemente de esta burla y se quedó callado un buen rato. Cuando el color de su rostro hubo vuelto a la normalidad, cerró los ojos y volvió a hablar en inglés, en una voz tan baja que su guardián apenas fue capaz de oír lo que decía,
– En cuanto a Petra, no pienso contarte una mierda. De hecho, no pienso contarte nada más. ¡Estoy harto de ti! ¡Pégame un tiro o déjame en paz!
Cuando sus miradas se encontraron, Lankau supo que, de momento, Von der Leyen le perdonaría la vida.
CAPÍTULO 43
El Restaurant Dattler, en Schlossberg, no era el restaurante preferido de Kröner. Aunque el menú era elegante y la comida, lo que su esposa acostumbraba llamar exquisita, las raciones solían ser escasas y los camareros corteses de una manera que podía llegar a resultar despectiva. Kröner prefería que sus comidas fueran sencillas, abundantes y caseras. Su anterior esposa, Gisela, no sabía cocinar. A lo largo de los casi veinte años que habían compartido, habían desgastado a un sinnúmero de cocineras sin que por ello hubieran obtenido resultados dignos de mencionar. En cambio, su actual esposa era un sueño en la cocina. Kröner apreciaba ese don y la recompensaba por él. Por ese don y por mucho más.
Stich estaba sentado frente a él y volvía a mirar su reloj, por quinta vez en un par de minutos. Había sido un día agitado. Kröner todavía notaba el abrazo que su hijo le había dado al despedirse de él y de su madre. Por aquella sensación y por todos los futuros abrazos, Arno von der Leyen debía desaparecer de la faz de la tierra.
Stich se pasó la mano por la barba blanca y volvió a echar un vistazo por la ventana panorámica que dejaba postrada toda la ciudad a sus pies.
– ¡Me pasa lo mismo que a ti, Wilfried!
Miró fijamente a Kröner y empezó a dar unos golpes secos en la mesa con sus nudillos finos y marchitos.
– Preferiría que todo hubiera terminado ya. ¡Ahora todo depende de Lankau! Esperemos que todo haya ido según lo planeado. Hasta ahora hemos tenido suerte. ¡Menos mal que encontraste a Gerhart Peuckert a tiempo! Ya sospechaba yo que sería necesario. ¿Estás seguro de que Von der Leyen no te vio?