Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– Bueno, no hay que tomarse las cosas a la tremenda. ¿Qué creías, Marta? ¿Que nuestra querida España iba ahora a ser perfecta? Deberías acostumbrarte a aceptar los hechos tal y como se presentan.
Marta no estaba para consejos. Pese a que recordó que el propio Mateo le había dicho: "Como no vigilemos de cerca, se aprovecharán de la guerra los obispos y los terratenientes", no dio su brazo a torcer. Dijo que no era en absoluto cuestión de "aceptar las cosas tal y como se presentasen". El sacrificio había sido demasiado duro para permitir que se volviese a las andadas.
Ignacio, viendo la cara de Marta, entendió que aquello estaba desembocando en un callejón sin salida y decidió cortar.
– De todos modos -dijo-, si no existieran estas cosillas, Manolo tendría que cerrar el bufete, ¿verdad?
– ¡Ah, claro! -contestó el aludido-. Todo es cuestión de tiempo. Cualquier día llama a la puerta un mirlo blanco y me da ocasión de lucirme…
Esther, que también quería zanjar el asunto, exclamó:
– ¿Lo veis? Lo que quiere es lucirse… Ya salió el pavo real.
Manolo e Ignacio se rieron. Y éste propuso:
– ¿No dijisteis que teníais en casa un belén como Dios manda? Me gustaría mucho verlo ¿A ti no, Marta?
Esther aceptó encantada. Se levantó sin más, y una vez de pie, ¡qué hermosa era!, se inclinó para marcarse la raya del pantalón. Seguidamente añadió:
– Cuando queráis vamos al cuarto de los niños.
Todos se levantaron. Marta tuvo que hacer un esfuerzo, pues el diálogo le había dejado mal sabor.
El cuarto de los niños, de Jacinto y Clara, era tan original y agradable que actuó de bálsamo. Juguetes aquí y allá y, en las paredes, pintadas con vivos colores, figuritas representando a los protagonistas de los más populares cuentos infantiles.
¡Ah, el belén! Era rústico y encantador. Lo habían instalado en la mesita de cabecera, entre las dos camas de los chicos. La cueva era de corcho, con la estrella y las figuras de la Virgen, de San José, del asno y del buey. Al fondo montañas, también de corcho, y un caminito por el que avanzaban los Reyes Magos, que todavía quedaban lejos.
Esther tomó al rey negro y dijo:
– Ahí tenéis una muestra de mi arte…
– ¿Cómo?
Ignacio tomó la figura en sus manos y le dio varias vueltas.
– Pero ¿tú haces eso?
– ¡Aja! Tengo mi pequeño secreto…
Manolo bromeó:
– Sí, un secreto de barro.
Marta había terminado por integrarse al grupo. Por un momento envidió a Esther, persona múltiple. La felicitó por sus dotes de "ceramista". Luego miró con detenimiento aquel cuarto y soñó con tener algún día en "su hogar" otro igual para sus hijos; y tal pensamiento la emocionó.
Regresaron a la sala de estar. Antes Ignacio pidió permiso para ir al lavabo -donde un eficaz desodorante le llamó la atención-, y al reunirse con los demás, otra vez en torno a la chimenea, se encontró ¡con que Esther había encendido una pequeña pipa! Una pipa… alemana, obsequio del Gobernador.
Aquello dejó fuera de combate al muchacho. Decididamente, Manolo y Esther eran excitantes. Tenían estilo. Ignacio sintió repentinos deseos de ponerse a su altura, de impresionarlos a su vez. Sintió ganas de soltar una de sus parrafadas, pues sabía que, hablando, a veces su cerebro se ponía febrilmente en marcha y que entonces era capaz de establecer también hermosas asociaciones mentales.
Lo difícil era encontrar el tema adecuado. Viendo de reojo el árbol de Navidad se le ocurrió una idea. Dijo que en los países nórdicos, al acercarse el veinticinco de diciembre, se produciría en los bosques de abetos un pánico tremendo. Los pobres árboles debían de saber que llegarían inexorablemente hombres con sierras y hachas, dispuestos a efectuar la gran exterminación.
La fábula no obtuvo el éxito esperado.
– ¡Jesús! -exclamó Marta-. Un poco tétrico, ¿no crees?
Entonces Ignacio, que estaba excitado, vio el tocadiscos al lado de Manolo y recordó que éste era un apasionado de la música de jazz. Impelido a hablar, efectuó un viraje.
– ¿Queréis que os cuente lo que soñé anoche? Pues veréis… Soñé que yo era un fox lento… Todo el mundo bailaba a mi alrededor, con calma y ritmo. Y de pronto, mi nariz se convertía en saxofón…
– ¡Eso está mejor! -admitió Manolo, moviendo la cabeza en signo aprobatorio.
Esther musitó:
– Extraño mundo el de los sueños…
El tono de la voz de Esther fue inesperadamente serio. Ignacio la miró. Al mirarla pensó en las toscas figurillas de barro que la mujer de Manolo modelaba por su cuenta. Relacionó esas figurillas con el recuerdo de César, que también había pintado imágenes en un taller, en el taller Bernat. Entonces se emocionó más aún que Marta al pensar en la posible habitación de "sus hijos" y habló de César y de su proceso de beatificación.
Ahí acertó definitivamente. Manolo había oído hablar de ello en la Audiencia y el asunto le interesaba sobremanera, incluso desde el punto de vista jurídico, dado que por aquellos días hojeaba precisamente unos artículos del Derecho Canónico…
– ¿Qué hay de eso? Cuéntame…
Ignacio se excusó, alegando que desde el punto de vista jurídico no podía decir nada, excepto que, al parecer, y según un informe recogido por Pilar en alguna parte, mosén Alberto, ¡precisamente él!, se encargaría de buscarle los defectos a su hermano…
– Ah, sí, el "abogado del diablo"… -terció Manolo.
– Eso es -admitió Ignacio. Luego añadió-: ¡Defectos a mi hermano! Tiene gracia…
El muchacho se disparó. Él, por supuesto, no se sentiría capaz de encontrarle ninguno. El recuerdo de su hermano era puro, puro absolutamente. Hasta el extremo que en más de una ocasión le impidió a él cometer tonterías. O algo peor que tonterías.
Ahora bien, en todo aquello había puntos oscuros. ¿Cómo podía la Iglesia afirmar que una persona era santa y que se encontraba en el cielo? Él tuvo la desgracia de ver los restos de César en el cementerio, con motivo de su traslado al nicho de propiedad familiar. Eran "restos" nada más. Como los de todo el mundo. Por otra parte, ¿cómo era el cielo? ¿Y dónde se encontraba? Ni siquiera el padre Forteza, que tanto amaba las Altas Norias, acertaba a definirlo con precisión. "Todo esto es un poco complicado, ¿no creéis? Confieso que a veces me armo un pequeño lío".
Marta se asustó de nuevo. No veía la menor necesidad de saber dónde estaba el cielo; le bastaba con saber que existía. En cuanto a los restos de César, también ella los había visto. Y la impresionaron muchísimo. Pero de su visión y de su miseria no sacó tan escépticas conclusiones, sino todo lo contrario. Porque lo que valía de César era precisamente el alma.
– No sé por qué hablas así, Ignacio. No sé lo que te ocurre, la verdad…
El muchacho torció el gesto… Entonces Manolo intervino y lo hizo con mucha autoridad. Admitió que costaba comprender el problema de las beatificaciones, pero añadió que ello no afectaba para nada a las verdades fundamentales de la fe. Sin contar con que la gente necesitaba de símbolos, y no sólo para creer, sino también para vivir.
– En fin… -concluyó, dirigiéndose a Ignacio-. Estoy seguro de que, con todas tus dudas, de vez en cuando le rezas a tu hermano…
Ignacio se ruborizó, corno si le hubiera pillado en falta. Por fin aceptó:
– Pues… sí. Le rezo a menudo.
Intervino Esther.
– Más bien quieres decir… que le rezas todas las noches.
Ignacio sonrió.
– En efecto, así es… -admitió.
Marta, en un imprevisto arranque cariñoso, tomó la mano de Ignacio y, acercándola hacia sí, depositó en ella un beso.
– ¿Qué es lo que le pides exactamente? Anda, dínoslo…
Ignacio se levantó, también de improviso. Se acercó a la chimenea. Tomó con las tenazas una brasa locamente enrojecida y la contempló. El fuego iluminó por un momento su cara, que iba haciéndose angulosa. Todo el mundo permanecía expectante: hubiérase dicho que la tortuga Berta aparecería de un momento a otro procedente del despacho.