Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Esta vez Matías había afrontado la realidad y le había preguntado al doctor:
– Exactamente ¿qué quiere usted decir con eso?
El doctor le había contestado, haciendo un expresivo ademán:
– Extirpación…
El aldabonazo había sido más tremendo que el que pegaba Jaime en las puertas al repartir el periódico. Matías, exceptuando lo de César, no estaba acostumbrado a noticias de esa clase, que afectasen a su casa de modo tan vital. Ésta la subrayó él mismo, con lápiz rojo, en el alma. Matías había creído siempre que su mujer era invulnerable, que era eterna. La palabra extirpación había desmoronado en su interior algo muy arraigado y profundo.
– En todo caso -había preguntado-, ¿quién se encargaría de la operación?
El doctor Morell había contestado sin vacilar:
– Yo les aconsejaría el doctor Chaos.
¡Doctor Chaos! ¡Precisamente el doctor Chaos…! A Matías le había parecido aquello una muy triste ironía del destino.
Y no obstante, era preciso seguir disimulando. Por Carmen Elgazu. Por los hijos. Y porque se acercaba la Navidad.
El abogado Manolo Fontana leía también las noticias y los anuncios de los periódicos, pues su curiosidad era muy grande y quería estar al corriente de todo lo que ocurría. Además, tenía fe en las asociaciones mentales. Si por algo se alegraba de su condición de universitario y de su pasión por la lectura era porque ambas cosas le permitían abordar los temas desde ángulos diversos. Siempre decía que con la guerra, carrera con meta única, sufrió grandemente "de claustrofobia ideológica". Por si fuera poco, en su obligado trato con la gente se daba cuenta de que la mayoría de las personas no tenían más allá de cinco o seis ideas en el caletre. Con eso se las iban arreglando; se las iban arreglando para desembocar en el tedio.
Manolo, sobre todo desde la apertura de su bufete de abogado se había hecho popular. Sin duda habían contribuido a ello su perilla a lo Balbo y su indumentaria, siempre alegre y vistosa. Ahora por ejemplo, desde la llegada del frío, llevaba un sombrerito tirolés, verde y pequeño, muy gracioso, que divirtió a sus conciudadanos. El sombrerito, en el que los domingos se colocaba una pluma irónica, y su gabán con cuello negro, de, piel, le daban un aspecto cosmopolita en perfecta concordancia con su personalidad. Como decía el profesor Civiclass="underline" "Acaba uno pareciéndose a aquello que admira". Además, tenía una voz rotunda, de amplios registros, que en la Audiencia, cada mañana -gracias a que su bufete se veía muy concurrido- lo ayudaba en gran manera.
Esther estaba tan contenta con las perspectivas profesionales que se le ofrecían a Manolo que, a imitación del Gobernador, había empezado a organizar en su casa amistosas meriendas. Con la ventaja de que ella podía elegir a sus invitados. María del Mar le decía: "Ay, hija, a eso le llamo yo tener suerte. ¿Sabes quién viene mañana a casa a cenar? ¡El delegado de Sindicatos! Cosas de mi maridito… Seguro que se presentará vestido de "productor".
Manolo y Esther llevaban mucho tiempo deseando recibir en su domicilio a Ignacio y a Marta, reunirse con ellos y charlar. Pero Ignacio continuaba con sus periódicos viajes a Figueras y a Perpiñán -el coronel Triguero, en Fronteras, sin Ignacio se sentía desamparado-, y los días habían ido pasando sin que se presentara la oportunidad.
Por fin la reunión iba a poder celebrarse, aprovechando unas pequeñas vacaciones que Ignacio consiguió. Esther, al enterarse, llamó por teléfono a Marta y le dijo: "Si no tenéis ningún compromiso, os esperamos a las seis, a tomar el té. Queremos que conozcáis nuestro piso. Y que veáis nuestro árbol de Navidad".
Ignacio no pudo disimular su alegría. También los asuntos del muchacho iban viento en popa. ¡Esperaba para fines de enero, o para febrero lo más tarde, la licencia! Y ahora, la invitación de Manolo y Esther, por quienes sentía una inclinación especial.
Marta le dijo:
– Ponte el traje azul marino. Y córtate las uñas, por favor…
– ¡Oh, desde luego!
La entrevista había de resultar decisiva. A la hora precisa Marta e Ignacio subían la escalera que conducía al piso que perteneció a Julio García. Abajo, una placa dorada decía: "Manuel Fontana, abogado". Ignacio recordó muchas cosas al pisar aquellos peldaños. Recordó, sobre todo, la visita que le hiciera a Julio en compañía de su primo José Alvear.
Les abrió la puerta una doncella muy atractiva, muchacha que Esther se había traído de su tierra, de Jerez de la Frontera. Pero al instante aparecieron en el pasillo Manolo y Esther, ésta con unos pantalones de corte excelente y raya impecable.
– ¡Magnífico! A eso le llamo yo ser puntual -saludó Manolo.
Esther, por su parte, dijo:
– Dadnos los abrigos. La calefacción funciona aquí de maravilla.
Ya el vestíbulo llamó la atención de Ignacio. Colgados en en la pared, dos pequeños retablos y un estupendo grabado antiguo de Barcelona. ¡Y nada de perchero! Un armario, en el que los abrigos quedaron guardados. En un rincón, una ánfora con altas espigas.
Pero la impresión fuerte la recibió el muchacho al penetrar en lo que fue comedor de Julio García. Ignacio sintió muy adentro que "aquello era lo que él desearla tener". La estancia se había convertido en salón y parecía mucho más espaciosa que antes, debido al color claro de las paredes, a la desaparición de la lámpara que colgaba del techo y a la asimétrica disposición de los muebles. Alfombras exóticas, la chimenea ardiendo y libros por todas partes. En un ángulo, ¡el árbol de Navidad! Un abeto adornado con bolitas de color, estrellas de plata y regalos. Probablemente, el único abeto de la ciudad…
Manolo, observando que Marta contemplaba el árbol con ceño, ironizó:
– No hagas juicios temerarios, por favor. En el cuarto de los niños hemos puesto un belén como Dios manda…
Ignacio, para decir algo, preguntó por los "reyes magos" de la casa, por los niños, Jacinto y Clara. "Los hemos mandado de compras -sonrió Esther-. Para que no nos den la lata".
Ante la chimenea había una mesa baja, redonda, cuya superficie era un mapamundi. Minutos después estaban los cuatro sentados en torno. Y mientras Esther, utilizando una campanilla, llamaba a la doncella, Ignacio se puso a mirar el suelo, inspeccionando todos los rincones.
– ¿Buscas algo? -le preguntó Manolo, quien tenía a mano, a su derecha, un pequeño tocadiscos.
– Sí, busco a Berta.
– ¿A Berta?
Ignacio asintió con la cabeza.
– Era la mascota de Julio García. Una tortuga muy inteligente…
– Ya…
Manolo se interesó por la personalidad del ex policía.
– Un tipo colosal -opinó Ignacio.
– Sí, eso dice todo el mundo -comentó Manolo.
La doncella apareció con el servicio y depositó la bandeja sobre la mesa. Esther, palpó la tetera y luego llenó las cuatro tazas, preguntando a cada uno: "¿Con leche o con limón?". Ignacio, que no había probado nunca el té, lo pidió con limón y le supo a demonios. Pero no dijo nada y, estirando el brazo, tomó dos pastas a un tiempo, de lo cual se arrepintió.
Ignacio había hecho desde el primer día muy buenas migas con Manolo y Esther, y sabía que éstos le tenían en gran aprecio. No obstante, aquella tarde, sin saber por qué, se sentía acomplejado. Tanto, que cuidaba de sus ademanes como si estuviera ante un tribunal. Ni siquiera se había atrevido a pedirle a Manolo que le enseñara el despacho, el bufete en que trabajaba. Sólo había comentado, después de echar una ojeada a los libros de los estantes: "Ortega y Unamuno ¿eh? Te van a meter en la cárcel".
Esther, que parecía de muy buen humor y que jugueteaba graciosamente con su pelo, con su cola de caballo, abrió el diálogo. Primero felicitó a Marta por el vestido que llevó en el Casino, en el baile de gala -"de veras que te sentaba muy bien"- y luego… se dedicó a chismorrear, como hubiera podido hacerlo el mismísimo señor Grote. Menos mal que confesó: "¿Por qué negarlo? ¡Me chifla meterme con la gente!".