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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Ignacio se impresionó tanto viendo a Adela -¿por qué solían gustarle las mujeres cuarentonas?- que la sacó a bailar inmediatamente. Y he ahí que al encontrarse con ella en el centro de la pista y al rodearle vigorosamente la cintura, sintió de pronto un estremecimiento mucho más intenso que el que experimentaba bailando con Marta. Fue uno de esos latigazos que su carne recibía de vez en cuando. Recordó al coronel Triguero, a su coronel en Fronteras: "¡Corrígeme si me equivoco!". "¡Apuesto que…!". Recordó también las muchas veces que por la calle y en el Café Nacional había piropeado a Adela, sin que ésta se molestase. Adela, feliz, le dijo al muchacho: "Bailas muy bien, Ignacio". Ignacio hizo: "¡Psé!". Pero al finalizar la pieza los dos permanecieron como clavados en el mosaico, hasta que la mujer, coloreadas las mejillas, le dijo: "¿Por qué no subes a casa algún sábado por la tarde, a tomarte un café…?".

¡Válgame Dios, aquél era el sueño que Ignacio había tenido en varias ocasiones y del que habló con Mateo al regresar con éste de Barcelona, después de los exámenes!

– Descuida -contestó Ignacio, tuteando a Adela, en tono de complicidad-. No faltaré…

Ignacio acompañó a Adela hasta su asiento -Marcos le dio las gracias al muchacho por su gentileza- e Ignacio se separó. Entonces buscó con la mirada a Marta: Marta bailaba con el Gobernador y desde lejos le hizo una seña amistosa. ¡Oh, claro, el Gobernador, el camarada Dávila, que aquella noche no llevaba gafas negras y que a fuer de buen andarín lo que prefería era el pasodoble, cumplía con su deber: bailaba con todo el mundo! De preferencia, con Pilar… Sí, Pilar era un poco la niña de sus ojos y le gastaba bromas. "¡Ay, Pilar, estás como para mandarle a Mateo una tarjeta y los padrinos!". Pilar fingía escandalizarse. "¡Por favor, qué dislate! ¡Mateo es demasiado joven para encontrarse convertido en Gobernador…!".

La fiesta se prolongó. Hubo serpentinas y bombardeo de pelotas de papel. Se anunció el baile de la escoba: quedóse con ella Esther, que exhibía un traje de raso, largo hasta los pies… Se sorteó un banderín conmemorativo ¡y correspondió al comisario Diéguez, quien llevaba en la solapa su eterno clavel blanco! José Luis Martínez de Soria, que bebió más de la cuenta y se chanceó con los camareros, en un momento dado se acercó a Manolo y lo llamó "jurídico desertor". Manolo no se lo tomó a mal. "¡Qué quieres! -le dijo-. A lo mejor eso nos permite ser buenos amigos". En cuanto al doctor Chaos, bailó también, aunque muy poco. De hecho dedicó casi la vela entera a doña Cecilia, a la que contó infinidad de historietas un poco subidas de tono. "¡Es usted un bribón, doctor! ¡Un bribonzuelo!". El doctor asentía, riéndose a mandíbula batiente: "Más de lo que usted se imagina, doña Cecilia".

A las tres de la madrugada, Damián, acercándose al micrófono, se dirigió a los asistentes:

– ¡Señoras y señores, deseamos que el baile haya sido de su agrado! ¡En nombre del Casino, y de la Gerona Jazz, muchas gracias! ¡Buenas noches a todos… y hasta pronto!

Todo el mundo se precipitó al guardarropa y empezó a desfilar. La majestuosa escalinata del Casino resbalaba -en una ocasión, el anarquista Santi estuvo a punto de romperse en ella una pierna- y había que bajarla con cuidado. Fuera hacía frío. Algunas señoras llevaban abrigo de pieles. Los coches del General y del Gobernador esperaban cerca, en la plaza del Ayuntamiento. Cuando arrancaron, los que estaban cerca aplaudieron. Los borrachos se rezagaban, se empeñaban en permanecer en el local. Pero por fin salieron también y echaron a andar por la acera, pegados a la pared.

Poco después la calle quedó desierta. El sereno del barrio, que se había pasado aquellas horas calentándose en la panadería, y que salió al advertir que la música había cesado, cuando vio que no quedaba nadie hizo sonar su bastón en dirección a la plaza Municipal. Llegado allí miró el reloj del Ayuntamiento, que marcaba las tres y media, y encendió un pitillo. Las ferias y fiestas de San Narciso, patrón de la ciudad, habían terminado.

CAPÍTULO XXVI

Mes de diciembre. La vida continuaba. Prueba de ello eran las noticias que por aquellas fechas Jaime subrayó con lápiz rojo en Amanecer.

"En los Estados Unidos Al Capone había sido puesto en libertad y se había marchado a vivir con su familia a Pensilvania".

"Los generales laureados habían sido incluidos en las listas de honor del Real Automóvil Club de España".

"Los académicos habían comenzado en Madrid la revisión del Diccionario de la Lengua, al que incorporarían los vocablos que con la guerra adquirieron carta de naturaleza".

"En Barcelona habían sido clausurados los canódromos y los bailes-taxi".

"El conocido ex policía gerundense Julio García, que en París llevaba una vida de vilipendio, había sido identificado como espía de los aliados".

"Los ex maestros David y Olga, responsables de tantos crímenes en la provincia, habían fundado en Méjico una editorial cuyo primer título publicado era: Lo que todo el mundo debe saber del marxismo".

"Por orden gubernativa, habían sido retirados los desnudos que figuraban en la exposición de pinturas recién abierta en la Biblioteca Municipal".

Etcétera.

Matías seguía leyendo con delectación las noticias señaladas por Jaime. Pero no se limitaba a eso. Leía también los partes de guerra -los alemanes continuaban hundiendo barcos mercantes enemigos y los rusos no conseguían avanzar en Finlandia- y, con especial atención, los anuncios, pues siempre había creído que éstos eran muy útiles para tomarle el pulso a la sociedad.

¿Por qué -se preguntaba Matías- los anuncios más frecuentes por aquel entonces, con abrumadora diferencia sobre los demás, eran los de aparatos ortopédicos para curar las hernias; los de máquinas usadas; los de productos antivenéreos y antidiarreicos; los que curaban la sarna; el Fósforo Perrero y los productos de belleza para la mujer?

Después de reflexionar con cierta intensidad, Matías sacó sus conclusiones. La gente necesitaba más que nunca fósforo para reforzar la cabeza. La falta de higiene propagaba las enfermedades venéreas y la sarna. Las máquinas usadas y las diarreas eran consecuencia de la lucha sostenida a lo largo de tres años. Las mujeres querían embellecerse -pomadas para el cutis, fijadores para el pelo, barras de labios…- y él tenía en la familia dos buenos ejemplos de ello, cada cual a su manera: Pilar y Paz. Ahora bien ¿y lo de las hernias? ¿Tantos herniados había en España? ¿Por qué? El chismoso señor Grote le decía: "La cosa está clara, amigo Matías. Los españoles, casados o solteros, hacemos muchos ejercicios violentos".

Matías esperaba que algún día apareciera en Amanecer un anuncio que curara los trastornos que, pese a los cuidados del doctor Pedro Morell, sufría Carmen Elgazu. "¿Por qué no aparecerá un remedio eficaz contra esas horribles hemorragias?", se preguntaba. Sí, ésa era la preocupación que gravitaba sobre los Alvear, precisamente cuando se acercaba la Navidad. Las medicinas prescritas a modo de prueba por el doctor Pedro Morell no daban el resultado apetecido. Carmen Elgazu disimulaba, pero desmejoraba a ojos vistas. Pilar e Ignacio se habían dado cuenta de ello y le preguntaban: "¿Qué te ocurre, mamá?". "Nada, hijos. Que no tengo apetito. Y que yo no me pongo en la cara esos potingues que le quitan a una años de encima". No, no era eso. De tal modo, que en la última visita que Matías y Carmen le hicieron al competente ginecólogo, éste había llamado aparte a Matías y le había dicho: "Lamento tener que hablarle así. Vamos a darle a su esposa unas sesiones de radioterapia; pero creo que no quedará más remedio que practicarle la intervención de que le hablé".

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