Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Habló de lo ridículo que resultaba que hubieran quitado los desnudos de la exposición de pinturas de la Biblioteca Municipal. El pintor se llamaba Cefe -abreviación de Ceferino- y era un pobre diablo. "Habrá sido cosa del obispo ¿no creéis?". A continuación se refirió a la viuda Oriol. Aseguró que coqueteaba con 'La Voz de Alerta'. "Eso termina en boda. Y si no, al tiempo". Por fin se refirió a Agustín Lago. "Es un tipo intrigante. ¿Qué opináis? Con sus gafas bifocales, con su aire intelectual… No tengo idea de lo que pueda ser el Opus, pero a juzgar por la vida que lleva ese caballero, debe de ser un batallón disciplinario".
Manolo soltó una carcajada.
– Mi padre me dijo que en Barcelona están a matar con los jesuítas… Pero aquí como el Opus es sólo Agustín Lago…
Marta comentó:
– ¡Bueno! Pronto conseguirá adeptos, supongo. Cuando Mateo vino a Gerona no había tampoco más falangista que él.
Llegados a este punto, se produjo el primer quiebro en el diálogo. Manolo enfocó inevitablemente el tema de la Navidad. Tenía unos discos de villancicos que eran una maravilla. "Si queréis, luego oímos alguno".
Ignacio, después de decir que, como todos los años, él acompañaría a su madre a la misa del gallo, comentó que las fiestas de Navidad lo ponían siempre de un triste subido. "No lo puedo remediar. Nunca he podido alegrarme a fecha fija".
Manolo pareció sorprenderse. Marta, en cambio, compartió la opinión de Ignacio.
– Yo también me pongo muy triste por Navidad.
Manolo discrepó. Dijo que tal vez ello les ocurriera porque no tenían hijos. "Si tuvierais hijos…" Luego agregó, como si su propio comentario le hubiera parecido superficiaclass="underline"
– De todos modos, no es obligatorio alegrarse… Navidad es sobre todo amor. Amor y, si es posible, comprensión…
– ¡Monsergas! -protestó Esther, que se había reclinado con estudiada indolencia en su sillón-. ¡Alegrémonos en el Señor! ¡Alegrémonos, que ha nacido el Niño-Dios!
– Bueno, bueno, no te quejes… -contemporizó Manolo, ofreciendo a todos tabaco rubio.
Manolo tenía la costumbre de decirle "no te quejes" a Esther cuando ésta tenía razón.
La fusión en el aire del humo de los cigarrillos de Manolo y de Ignacio tuvo la virtud de dar otro quiebro a la conversación. Manolo, fiel a su costumbre, contó un par de chistes, nada vulgares, a decir verdad y luego, tras de reclamar de Esther otra taza de té, cogió su varita de bambú y se golpeó con ella repetidas veces la puntera del zapato. A continuación dijo:
– ¿Sabéis que estamos muy contentos de nuestra decisión de quedarnos en Gerona?
– ¿De veras?
– Pues, sí. A Esther le costó decidirse. Temió que a mí me faltaran clientes y que a ella le sobrara tiempo para aburrirse. Pues bien, ni lo uno ni lo otro. Yo no doy abasto con tanto pleito y ella, con el tenis, el bridge y su afición a colocarme plumitas en el sombrero, se siente feliz.
Esther hizo un mohín.
– ¡Bueno! -exclamó- Eso de la plumita es cosa de mi madre. Me escribió desde Jerez diciendo: "¡Procura que todo el mundo se entere de que Manolo es un pavo real!".
Ignacio soltó una carcajada.
– De todos modos, en Gerona habrá siempre más conventos que raquetas…
– ¡Hum! -hizo Manolo-. Esther es capaz de alterar el orden de los sumandos.
El clima era tan cordial, que Marta aprovechó la ocasión para preguntarle a Manolo:
– Si no es indiscreción… ¿es cierto que te ocupas de la herencia de los hermanos Estrada?
Manolo asintió con la cabeza.
– Pues sí… Es uno de los pocos asuntos agradables que hasta ahora han llegado a mi bufete.
Intervino Ignacio.
– ¿Por qué dices eso? Todo tendrá su interés, ¿no?
Manolo depositó en el suelo la varita de bambú y tomó un sorbo de té.
– No lo creas -contestó-. En general, a un abogado que empieza no se le encomiendan más que pleitos perdidos. Y perder tiene un interés profesional muy escaso, la verdad…
Ignacio se rascó con la uña la ceja derecha.
– ¿Querrás creer que no te imagino perdiendo?
Manolo se encogió de hombros.
– ¿Pues qué quieres que haga? Multas por estraperlo; multas por escuchar la BBC; colonos a los que sus amos quieren expulsar de la finca; inquilinos urbanos a los que los propietarios les han cortado el gas y la electricidad… ¿Cómo quieres defender eso?
Ignacio preguntó con estupor:
– Pero ¿cómo puede multarse a alguien por escuchar la BBC? ¿Y cómo puede cortársele a un inquilino el gas y la electricidad?
Manolo tuvo una expresión casi cómica.
– De una manera muy sencilla. Colocando en la denuncia la palabra desafecto… El eterno sistema, ya sabes.
Marta, cuya expresión era ahora seria, preguntó:
– Pero ¿y si la denuncia está justificada? Quiero decir, ¿si esos denunciados eran rojos de verdad?
Manolo miró con fijeza a Marta:
– Por favor, Marta. En Auditoría quedé harto de esa palabrita…
Esther procuró amenizar la cuestión. Se puso de parte de su marido.
– Manolo lleva razón -dijo-. Pensando en el futuro, es preferible que defienda ahora a los débiles, para que todo el mundo sepa a qué atenerse con él.
Marta parecía sentirse incómoda y Manolo intentó explicarse. Lo normal era que los fuertes abusasen, aprovechándose de la situación.
– Querida Marta, un día me dijiste que, gracias a Dios, en España ya no se hacia política; en mi despacho te darías cuenta de que eso no es verdad… Muchos alcaldes, o ex cautivos, o ex combatientes, se atreven a talar árboles sin permiso; o a instalar un matadero clandestino; o a poner en la leche el cincuenta por ciento de agua… Naturalmente, en todo esto ha influido la guerra europea. Algunos artículos empiezan a escasear y ello ha despertado la ambición -marcó una pausa y añadió-: Es una verdadera epidemia, te lo aseguro. Como el Gobernador no acierte a parar esto, dentro de seis meses media población vivirá del robo.
Marta se escandalizó mucho más de lo que se escandalizara por dentro al ver el árbol de Navidad.
– No lo entiendo -dijo-. Mi impresión es que todo el mundo procura ganarse lícitamente el pan.
Manolo apuntó con el índice a Marta, como siempre que alguien hacía un comentario que era acertado sólo a medias.
– En muchos casos así es. Pero luego hay los aprovechados. El dinero fácil tienta, ¿sabes, Marta?
Ignacio, que escuchaba particularmente interesado -recordaba los comentarios de Ana María sobre "los viajes que su padre realizaba a Madrid"-, inquirió:
– ¿Y quiénes son los aprovechados?
Manolo se acarició la barbilla.
– Los hay de dos clases -explicó-. Los que cuentan con mucho dinero; y los que disponen de un teléfono oficial… -Observando que Marta ponía cara de pocos amigos, se dirigió a ella y añadió-: Lo siento, Marta, pero es el pan nuestro de cada día.
Marta protestó. Estaba convencida de que en todo caso "se trataba de incidentes aislados" y de que la buena fe de la mayor parte de los españoles sepultaría todo intento anómalo o de malsano egoísmo.
Manolo negó con la cabeza.
– No te hagas ilusiones, Marta. Y no olvides que tengo algunos años más que tú. Nuestra raza es peligrosa, créelo. Existen personas íntegras como el Gobernador, y como el profesor Civil, y como tu madre… Pero existen también personas que están siempre a la que salta. Y esas personas han encontrado la fórmula: la Sociedad Anónima. Es decir, fundan Sociedades Anónimas, en las que unos ponen el dinero y los otros el teléfono oficial…
Ignacio se echó para atrás en el sillón.
– ¡Vaya, vaya! -exclamó-. Conque ¡ésas tenemos!
Esther, viendo el semblante dolido de Marta, le dijo, mirando con simpatía a la muchacha: